Demos vuelta al modelo de desarrollo: Video mensaje del Papa Francisco al encuentro sobre el Pacto Educativo Global (15/10/2020)

Este 15 de octubre a las 14:30 (Hora de Roma), tuvo lugar un encuentro, en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, sobre el Pacto Educativo Global. Durante esta iniciativa presentada por Alessandro Gisotti, vicedirector editorial del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede, se proyectó un video mensaje del Papa Francisco y otro de la Directora General de la UNESCO, Audrey Azoulay, junto con testimonios y experiencias internacionales, que buscan mirar más allá de la pandemia con creatividad.

“Es hora de mirar hacia adelante con valentía y esperanza. Que nos sostenga la convicción de que en la educación se encuentra la semilla de la esperanza: una esperanza de paz y de justicia. Una esperanza de belleza, de bondad; una esperanza de armonía social”, afirmó el Papa en su video mensaje, cuyo texto reproducimos a continuación, así como el video, traducido al español:

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando los invité a iniciar este camino de preparación, participación y planificación de un pacto educativo global, no podíamos jamás imaginar la situación en la que se desarrollaría: el COVID ha acelerado y amplificado muchas de las urgencias y emergencias que habíamos constatado y ha revelado muchas otras. A las dificultades sanitarias se sumaron después las económicas y sociales. Los sistemas educativos de todo el mundo han sufrido la pandemia tanto a nivel escolar como académico.

En todas partes se ha buscado activar una respuesta rápida a través de plataformas educativas informáticas, que han mostrado no sólo una marcada disparidad en las oportunidades educativas y tecnológicas, sino también, que debido al confinamiento y muchas otras carencias existentes, muchos niños y adolescentes se han quedado atrás en el proceso natural de desarrollo pedagógico. Según algunos datos recientes de organismos internacionales, se habla de una “catástrofe educativa” — es un poco fuerte, pero se habla de “catástrofe educativa” —, ante los aproximadamente diez millones de niños que podrían verse obligados a abandonar la escuela a causa de la crisis económica generada por el coronavirus, aumentando una brecha educativa ya alarmante (con más de 250 millones de niños en edad escolar excluidos de cualquier actividad formativa).

Ante esta realidad dramática, sabemos que las medidas sanitarias necesarias serán insuficientes si no van acompañadas de un nuevo modelo cultural. Esta situación ha hecho crecer la conciencia de que se debe realizar un cambio al modelo de desarrollo. Para que respete y proteja la dignidad de la persona humana, éste deberá partir de las oportunidades que la interdependencia mundial ofrece a la comunidad y a los pueblos, cuidando nuestra casa común y protegiendo la paz. La crisis que atravesamos es una crisis global, que no se puede reducir o limitar a un solo ámbito o sector. Es general. El COVID ha permitido reconocer de forma global que lo que está en crisis es nuestro modo de entender la realidad y de relacionarnos entre nosotros.

En tal contexto, vemos que no son suficientes las recetas simplistas ni los vanos optimismos. Conocemos el poder transformador de la educación: educar es apostar y dar al presente la esperanza que rompe los determinismos y fatalismos con los que el egoísmo del fuerte, el conformismo del débil y la ideología del utópico quieren imponerse muchas veces como único camino posible.[1]

Educar es siempre un acto de esperanza que invita a la co-participación y a la transformación de la lógica estéril y paralizante de la indiferencia en otra lógica distinta, que sea capaz de acoger nuestra pertenencia común. Si los espacios educativos hoy se ajustan a la lógica de la sustitución y de la repetición y son incapaces de generar y mostrar nuevos horizontes, en los que la hospitalidad, la solidaridad intergeneracional y el valor de la trascendencia fundamenten una nueva cultura, ¿no estaremos faltando a la cita con este momento histórico?

También somos conscientes de que un camino de vida necesita una esperanza basada en la solidaridad, y que cualquier cambio requiere un itinerario educativo, para construir nuevos paradigmas capaces de responder a los desafíos y emergencias del mundo contemporáneo, de comprender y encontrar soluciones a las exigencias de cada generación y de hacer florecer la humanidad de hoy y de mañana.

Creemos que la educación es una de las formas más eficaces para humanizar el mundo y la historia. La educación es ante todo una cuestión de amor y responsabilidad que se transmite en el tiempo de generación en generación.

La educación, entonces, se propone como el antídoto natural ante la cultura individualista, que a veces degenera en un verdadero culto al yo y en la primacía de la indiferencia. Nuestro futuro no puede ser la división, el empobrecimiento de las facultades de pensamiento e imaginación, de escucha, de diálogo y de comprensión mutua. Nuestro futuro no puede ser este.

Hoy es necesario un nuevo periodo de compromiso educativo, que involucre a todos los componentes de la sociedad. Escuchemos el grito de las nuevas generaciones, que saca a la luz la exigencia y, al mismo tiempo, la oportunidad estimulante de un renovado camino educativo, que no mire hacia otro lado favoreciendo graves injusticias sociales, violaciones de derechos, profundas pobrezas y descartes humanos.

Se trata de un itinerario integral, en el que se vaya al encuentro de aquellas situaciones de soledad y desconfianza hacia el futuro que generan entre los jóvenes depresión, adicciones, agresiones, odio verbal, fenómenos de “bullying”. Un camino compartido, en el que no se permanezca indiferentes ante la plaga de la violencia y el abuso de menores, el fenómeno de las niñas esposas y de los niños soldados, el drama de los menores vendidos y esclavizados. A esto se une el dolor por los “sufrimientos de nuestro planeta, provocados por una explotación sin inteligencia y sin corazón, que ha generado una grave crisis medioambiental y climática.

En la historia existen momentos en los que es necesario tomar decisiones fundamentales, que dan no sólo una impronta a nuestra forma de vida, sino especialmente una determinada posición ante posibles escenarios futuros. En la actual situación de crisis sanitaria —cargada de desánimo y desconcierto— consideramos que este es el momento de firmar un pacto educativo global para y con las jóvenes generaciones, que involucre a las familias, las comunidades, las escuelas y universidades, las instituciones, las religiones, los gobernantes, a la humanidad entera, en la formación de personas maduras.

Hoy se nos pide la parresia necesaria para ir más allá de visiones extrínsecas de los procesos educativos, para superar las simplificaciones excesivas aplanadas sobre la utilidad, sobre el resultado (estandarizado), sobre la funcionalidad y la burocracia que confunden educación con instrucción y terminan por atomizar nuestras culturas; más bien se nos pide buscar una cultura integral, participativa y poliédrica. Necesitamos la valentía para generar procesos que asuman conscientemente la fragmentación existente y los contrastes que de hecho llevamos con nosotros; la valentía para recrear el tejido de relaciones a favor de una humanidad capaz de hablar el lenguaje de la fraternidad. El valor de nuestras prácticas educativas no será medido simplemente por la superación de pruebas estandarizadas, sino por la capacidad de incidir en el corazón de una sociedad y dar vida a una nueva cultura. Un mundo diferente es posible y requiere que aprendamos a construirlo, y esto involucra a toda nuestra humanidad, tanto personal como comunitaria.

Hacemos un llamado de manera particular, en todas partes del mundo, a los hombres y las mujeres de la cultura, de la ciencia y del deporte, a los artistas, a los trabajadores de los medios de comunicación, para que ellos también firmen este pacto y, con su testimonio y su trabajo, se hagan promotores de los valores del cuidado, la paz, la justicia, el bien, la belleza, la acogida del otro y la fraternidad. «No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Debemos ser parte activa en la rehabilitación y el apoyo de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de expresar nuestro ser hermanos, de ser otros buenos samaritanos que tomen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de fomentar odios y resentimientos» (Carta enc. Fratelli tutti, 77). Un proceso plural y poliédrico capaz de involucrarnos a todos en respuestas significativas, donde la diversidad y los enfoques sepan armonizarse en la búsqueda del bien común. Capacidad para crear una armonía: esto es lo que necesitamos, hoy.

Por estos motivos nos comprometemos personalmente y en conjunto:

— A poner en el centro de todo proceso educativo formal e informal a la persona, su valor, su dignidad, para hacer surgir su propia especificidad, su belleza, su unicidad y, al mismo tiempo, su capacidad de estar en relación con los demás y con la realidad que la rodea, rechazando esos estilos de vida que favorecen la difusión de la cultura del descarte.

— Segundo: A escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes a quienes transmitimos valores y conocimientos, para construir juntos un futuro de justicia y de paz, una vida digna para cada persona.

— Tercero: A fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.

— Cuarto: A ver en la familia el primero e indispensable sujeto educador.

— Quinto: A educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables y marginados.

— Sexto: A comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, de entender la política, de entender el crecimiento y el progreso, para que estén verdaderamente al servicio del hombre y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral.

— Séptimo: A custodiar y cultivar nuestra casa común, protegiéndola de la explotación de sus recursos, adoptando estilos de vida más sobrios y buscando el aprovechamiento integral de energías renovables y respetuosas del ambiente humano y natural según los principios de subsidiariedad y solidaridad y de la economía circular.

Queridos hermanos y hermanas, con valentía queremos comprometernos, en fin, para dar vida, en nuestros países de origen, a un proyecto educativo, invirtiendo nuestras mejores energías dando inicio a procesos creativos y transformadores en colaboración con la sociedad civil. En este proceso, un punto de referencia es la doctrina social que, inspirada en las enseñanzas de la Revelación y el humanismo cristiano, se ofrece como una base sólida y una fuente viva para encontrar los caminos a seguir en la actual situación de emergencia.

Tal inversión formativa, basada en una red de relaciones humanas y abiertas, deberá asegurar a todos el acceso a una educación de calidad, a la altura de la dignidad de la persona humana y de su vocación a la fraternidad. Es hora de mirar hacia adelante con valentía y esperanza. Por tanto, que nos sostenga la convicción de que en la educación se encuentra la semilla de la esperanza: una esperanza de paz y de justicia. Una esperanza de belleza, de bondad; una esperanza de armonía social.

Recordemos, hermanos y hermanas, que las grandes transformaciones no se construyen en el escritorio. Hay una “arquitectura” de la paz en la que intervienen las diversas instituciones y personas de una sociedad, cada una según su propia competencia, pero sin excluir a nadie (cf. ibíd., 231). Así debemos avanzar: todos juntos, cada uno como es, pero siempre mirando juntos hacia adelante, hacia esta construcción de una civilización de la armonía, de la unidad, donde no haya lugar para esta terrible pandemia de la cultura del descarte. Gracias.


[1] cf. M. De Certeau, Lo straniero o l’unione nella differenza, Vita e Pensiero, Milán 2010, 30.