El grito silencioso de los marginados: Palabras del Papa Francisco en su visita al Hospital de Zimpeto, en Mozambique (06/09/2019)

El grito silencioso de los marginados: Palabras del Papa Francisco en su visita al Hospital de Zimpeto, en Mozambique (06/09/2019)

Este 6 de septiembre por la mañana, el Papa Francisco saludó a todas las personas que laboran en el Hospital de Zimpeto, así como a todos los presentes, especialmente a aquellas mujeres enfermas de SIDA/VIH.

El hospital abrió sus puertas en junio de 2018. Recibido y acompañado por el fundador de la Comunidad de Sant'Egidio Andrea Riccardi, el Papa Francisco entró en el hospital que está a 19 kilómetros de la nunciatura. Los niños lo saludaron con una danza y un canto tradicional y luego el Pontífice develó una placa conmemorativa y escuchó a la coordinadora nacional del proyecto “Dream”, Cacilda Massango, quien recordó que aquí los enfermos “reciben medicinas gratuitas, tratamientos de salud, alimentos, pero sobre todo dignidad y amistad”. Reproducimos a continuación el texto completo del saludo del Papa, traducido al español:

Queridos hermanos y hermanas:

Muchas gracias por la calurosa y fraterna acogida; también por las palabras de Cacilda. Gracias por tu vida y testimonio, expresión de que este Centro de salud polivalente “San Egidio” de Zimpeto es la manifestación del amor de Dios, siempre dispuesto a soplar vida y esperanza donde abunda la muerte y el dolor.

Saludo cordialmente a los responsables, a los trabajadores de la salud, a los enfermos y a sus familiares, y a todos los presentes. Al ver cómo curan y acogen con competencia, profesionalismo y amor a tantas personas enfermas, en particular a enfermos de SIDA/HIV, especialmente mujeres y niños, recuerdo la parábola del Buen Samaritano.

Todos los que han pasado por aquí, todos los que vienen con desesperación y angustia, son como ese hombre tirado al borde del camino. Y, aquí, ustedes no han pasado de largo, no han seguido su camino como lo hicieron otros — el levita y el sacerdote —. Este centro nos muestra que hubo quienes se detuvieron y sintieron compasión, que no cedieron a la tentación de decir “no hay nada por hacer”, “es imposible combatir esta plaga”, y se animaron a buscar soluciones. Ustedes, como lo ha expresado Cacilda, han escuchado ese grito silencioso, apenas audible, de infinidad de mujeres, de tantos que vivían con vergüenza, marginados, juzgados por todos. Por eso han sumado a esta casa, donde el Señor vive con los que están al costado del camino, a los que padecen cáncer, tuberculosis, y a centenares de desnutridos, especialmente niños y jóvenes.

Así todas las personas que de diversas maneras participan de esta comunidad sanitaria se vuelven expresión del Corazón de Jesús para que nadie piense «que su grito se ha perdido en el vacío [...], son un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia — que es necesaria y providencial en un primer momento —, sino que exige esa “atención amante”, que honra al otro como persona y busca su bien» (Mensaje en la II Jornada Mundial de los pobres, 18 noviembre 2018, n. 3). Escuchar este grito les ha hecho entender que no bastaba con un tratamiento médico, ciertamente necesario; por eso han mirado la integralidad de la problemática, para restituir la dignidad de mujeres y niños, ayudándolos a proyectar un futuro mejor.

En este amplio campo que se les ha ido abriendo por escuchar de manera constante, también han experimentado su limitación, la carencia de medios de toda índole. El programa, que han desarrollado y que los ha conectado con otros lugares del mundo, es un ejemplo de humildad por haber reconocido los propios límites, y de creatividad para trabajar en redes. El empeño gratuito y voluntario de tantas personas de diversas profesiones que, durante años, han prestado su valiosa tarea para formar trabajadores locales, tiene en sí mismo un enorme valor humano y evangélico.

Al mismo tiempo, es asombroso constatar cómo esta escucha de los más frágiles, de los pobres, los enfermos, nos pone en contacto con otra parte del mundo frágil: pienso en «los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rm 8, 22)» (Carta enc. Laudato si’, 2). Como en esas esculturas del arte makonde — las llamadas ujamaa con varias figuras enlazadas entre sí donde prevalece la unión y la solidaridad sobre el individuo —, tenemos que darnos cuenta que somos todos parte de un mismo tronco. Ustedes han sabido percibirlo, y esa escucha los ha llevado a buscar modos sustentables en la procura de energía, también de acopio y reserva de agua; sus opciones de bajo impacto ambiental son un modelo virtuoso, un ejemplo a seguir ante la urgencia del deterioro del planeta.

El texto del Buen Samaritano concluye dejando al sufriente en la “posada”, entregándole algo de la paga y prometiéndole el resto a su vuelta. Mujeres como Cacilda, y como esos aproximadamente 100,000 niños que pueden escribir una nueva página de la historia libres de HIV/SIDA, así como de tantos otros anónimos que hoy sonríen porque fueron curados con dignidad en su dignidad, son parte de la paga que el Señor les ha dejado: regalos de presencias que, saliendo de la pesadilla de la enfermedad, sin ocultar su condición, transmiten la esperanza a muchas personas, contagian ese “yo sueño” a tantos que necesitan que los recojan del borde camino. La otra parte la retribuirá el Señor “cuando Él vuelva”, y eso los tiene que llenar de alegría: cuando nosotros nos vayamos, cuando vuelvan a la tarea cotidiana, cuando nadie les aplauda ni los considere, sigan recibiendo a los que llegan, salgan a buscarlos heridos y derrotados en las periferias. No olvidemos que sus nombres, escritos en el cielo, tienen al lado una inscripción: estos son los benditos de mi Padre. Renueven los esfuerzos y permitan que aquí se siga “pariendo” la esperanza. Aquí se pare la esperanza.

Dios los bendiga, queridos enfermos y familiares, y a cuantos los asisten con mucho cariño y los animan a continuar. Que Dios los bendiga.