El enfermo es mucho más el protocolo clínico: Palabras del Papa a los miembros de la Sociedad Internacional de Ginecología Oncológica (11/09/2020)

El enfermo es mucho más el protocolo clínico: Palabras del Papa a los miembros de la Sociedad Internacional de Ginecología Oncológica (11/09/2020)

El Papa Francisco recibió al mediodía de este 11 de septiembre, en el Aula Pablo VI, a los participantes en la reunión anual de la International Gynecologic Cancer Society.

Al darles su cálida bienvenida, saludó especialmente a las antiguas pacientes, que “favorecen el intercambio y el apoyo mutuo”, conscientes de la importancia de crear vínculos de solidaridad entre los enfermos con patologías graves, los parientes y los profesionales de la salud. Algo que se vuelve aún más valioso, dijo el Pontífice, “cuando se enfrenta a enfermedades que pueden poner en peligro o perjudicar seriamente la fertilidad y la maternidad”. Transcribimos a continuación el texto de su discurso, traducido del italiano:

Señoras y señores, ¡buenos días!

Les doy mi cordial bienvenida y les agradezco esta visita con ocasión de la Reunión anual de la International Gynecologic Cancer Society. Me brinda la oportunidad de conocer y apreciar el compromiso de su Asociación en favor de las mujeres que enfrentan enfermedades tan difíciles y complejas. Agradezco por el saludo a su Presidente, el Prof. Roberto Angioli, que ha promovido esta iniciativa.

Me alegra recibir a las representantes de diversas asociaciones, sobre todo entre las antiguas pacientes, que favorecen el intercambio y el apoyo mutuo. En su valioso servicio, son muy conscientes de la importancia de crear lazos de solidaridad entre los enfermos con patologías graves, involucrando a los familiares y a los trabajadores de la salud, en una relación de ayuda mutua. Esto se vuelve aún más valioso cuando se enfrentan enfermedades que pueden poner seriamente en riesgo, o perjudicar, la fertilidad y la maternidad. En estas situaciones, que inciden profundamente en la vida de la mujer, es indispensable cuidar, con gran sensibilidad y respeto, la condición — psicológica, relacional y espiritual — de cada paciente.

Por eso, no puedo más que alentar su compromiso por considerar tales dimensiones de una atención integral, incluso en los casos en los que el tratamiento es esencialmente paliativo. En esta perspectiva, resulta muy útil involucrar a personas que sean capaces de compartir el camino curativo, dando una contribución de confianza, de esperanza, de amor. Todos sabemos — y también se ha demostrado — que vivir buenas relaciones ayuda y sostiene a los enfermos a lo largo de todo el camino de la cura, reavivando o aumentando en ellos la esperanza. Es precisamente la cercanía del amor la que abre las puertas a la esperanza, y también a la curación.

La persona enferma es siempre y mucho más que el protocolo — ¡mucho más! — en el que se enmarca desde un punto de vista clínico – y que se debe realizar –. Prueba de ello es el hecho de que cuando el enfermo ve reconocida su singularidad — su experiencia puede confirmarlo — crece aún más la confianza en el equipo médico y en un horizonte positivo.

Es mi deseo, y no dudo que también el suyo, que todo esto no permanezca sólo como la expresión de un ideal, sino que encuentre cada vez más espacio y reconocimiento dentro de los sistemas de salud. A menudo se afirma justamente, que la relación, el encuentro con el personal de salud, es parte de la cura. ¡Qué gran beneficio ofrece a los enfermos tener la oportunidad de abrir su corazón libremente y confiar su condición y situación! También la posibilidad de llorar con confianza. Esto abre horizontes y ayuda a la curación. O por lo menos, a soportar bien la enfermedad terminal.

Sin embargo, en lo concreto, ¿cómo desarrollar esta gran necesidad al interior de la organización hospitalaria, fuertemente condicionada por las exigencias de funcionalidad? Permítanme expresar tristeza y preocupación con respecto al riesgo, bastante difundido, de dejar la dimensión humana del cuidado de las personas enfermas a la “buena voluntad” del médico individual, en lugar de considerarla — como es — parte integral de la actividad de curación ofrecida por las estructuras de salud.

No hay que permitir que la economía entre de forma tan prepotente en el mundo de la salud, al punto de penalizar aspectos esenciales como la relación con los enfermos. En este sentido, son dignas de elogio las diversas asociaciones sin fines de lucro que colocan a los pacientes en el centro, respaldando sus exigencias y legítimas peticiones y dando voz también a quienes, debido a la fragilidad de su condición personal, económica y social, no pueden hacerse oír.

Ciertamente, la investigación requiere un fuerte compromiso económico, esto es verdad. Sin embargo, creo que se puede encontrar un equilibrio entre los diversos factores. El primer lugar debe ser reconocido a las personas, en este caso las mujeres enfermas, pero también — no lo olvidemos — al personal que trabaja cotidianamente en estrecho contacto con ellas, para que pueda trabajar en condiciones adecuadas, y para que también pueda tener el tiempo de descanso para recobrar las fuerzas para poder seguir adelante.

Los animo a difundir en el mundo los valiosos resultados de sus estudios e investigaciones, en favor de las mujeres a las que prestan atención. Ellas, a pesar de sus dificultades, nos recuerdan aspectos de la vida que a veces olvidamos, como la precariedad de nuestra existencia, la necesidad el uno del otro, la insensatez de vivir concentrados sólo en sí mismo, la realidad de la muerte como parte de la vida misma. La condición de enfermedad recuerda esa actitud decisiva para el ser humano que es confiarse: confiarse al otro hermano y hermana, y al Otro con mayúscula que es nuestro Padre celestial. Y recuerda también el valor de la cercanía, del hacerse prójimo, como nos enseña Jesús en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37). ¡Cuánto, cuánto cura una caricia en el momento oportuno! Ustedes lo saben mejor que yo.

Queridos amigos, les deseo lo mejor para su trabajo. Sobre ustedes y sobre sus familias, sobre sus asociados y sobre aquellas a las que cuidan invoco la bendición de Dios. Los bendigo a todos ustedes. A todos, cada uno con su propia fe, su propia tradición religiosa. Pero Dios es el Único para todos. Los bendigo a todos. Invoco la bendición de Dios, fuente de esperanza, de fortaleza y de paz interior. Les aseguro mi oración y — ¡dicen que los curas siempre piden! — yo termino pidiéndoles que oren por mí, porque lo necesito. Gracias.