Criterios evangélicos para una teología de la acogida: Palabras del Papa Francisco en el Congreso de la Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridional (21/06/2019)

Criterios evangélicos para una teología de la acogida: Palabras del Papa Francisco en el Congreso de la Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridional (21/06/2019)

Este 21 de junio, el Santo Padre en su intervención conclusiva en el Congreso de la Pontificia Facultad Teológica de Italia Meridional en Nápoles, delineó los “criterios evangélicos” para poder hacer teología después de su Constitución Apostólica publicada en 2017, con el cual ha querido dar un nuevo impulso para la renovación de la teología para una Iglesia en salida.

Sobre todo, el Papa dijo que en un contexto como el del Mediterráneo la teología más adecuada para vivir y obrar es “una teología de la acogida” que tiene como criterios y elementos el “kerigma, el diálogo, el discernimiento, la colaboración y la red, que traducen el modo en el cual el Evangelio ha sido vivido y anunciado por Jesús y con el cual puede ser también hoy transmitido por sus apóstoles”. Compartimos a continuación el texto completo de su discurso, traducido del italiano:

Queridos estudiantes y profesores, queridos hermanos Obispos y Sacerdotes, Señores Cardenales:

Me alegra encontrarme hoy con ustedes y tomar parte en este Congreso. Intercambio de corazón el saludo del querido hermano el Patriarca Bartolomé, un gran precursor de la Laudato si’ – precursor desde hace años –, que quiso contribuir a la reflexión con su mensaje personal. Gracias a Bartolomé, hermano amado.

El Mediterráneo es desde siempre lugar de tránsito, de intercambio, y a veces también de conflictos. Conocemos tantos. Este lugar hoy nos pone una serie de cuestiones, a menudo dramáticas. Si pueden traducir en algunas preguntas que nos fijamos en el encuentro interreligioso de Abu Dhabi: ¿cómo custodiarnos mutuamente en la única familia humana? ¿Cómo alimentar una convivencia tolerante y pacífica que se traduzca en fraternidad auténtica? ¿Cómo hacer prevalecer en nuestras comunidades la acogida del otro y de quien es diferente a nosotros porque pertenece a una tradición religiosa y cultural distinta a la nuestra? ¿Cómo las religiones pueden ser caminos de fraternidad en lugar de muros de separación? Estas y otras cuestiones piden ser interpretadas a muchos niveles, y piden un compromiso generoso de escucha, de estudio y de confrontación para promover procesos de liberación, de paz, de fraternidad y de justicia. Debemos convencernos: se trata de iniciar procesos, no de hacer definiciones de espacios, ocupar espacios… Iniciar procesos.

Una teología de la acogida y del diálogo

En el transcurso de este Congreso primero han analizado contradicciones y dificultades en el espacio del Mediterráneo, y después se preguntaron sobre mejores soluciones. A este respecto, preguntan qué teología sea la adecuada para el contexto en que viven y trabajan. Diré que la teología, particularmente en tal contexto, está llamada a ser una teología de acogida y a desarrollar un diálogo sincero con las instituciones sociales y civiles, con los centros universitarios y de investigación, con los líderes religiosos y con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para la construcción en la paz de una sociedad inclusiva y fraterna y también para la custodia de la creación.

Cuando en el Proemio de la Veritatis gaudium se menciona la profundización del kerygma y el diálogo como criterios para renovar los estudios, se intenta decir que éstos están al servicio del camino de una Iglesia que cada vez más pone en el centro la evangelización. No la apologética, no los manuales – como hemos escuchado –: evangelizar. Al centro está la evangelización, que no quiere decir proselitismo. En el diálogo con las culturas y las religiones, la Iglesia anuncia la Buena Noticia de Jesús y la práctica del amor evangélico que Él predicaba como una síntesis de toda la enseñanza de la Ley, de las visiones de los Profetas y de la voluntad del Padre. El diálogo es ante todo un método de discernimiento y de anuncio de la Palabra de amor que se dirige a cada persona y que en el corazón de cada uno quiere hacer morada. Sólo en la escucha de esta Palabra y en la experiencia del amor que ella comunica se puede discernir la actualidad del kerygma. El diálogo, así de intenso, es una forma de acogida.

Me gustaría reiterar que «el discernimiento espiritual no excluye los aportes de las sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas y morales. Pero las trasciende. Y tampoco le bastan las sabias normas de la Iglesia. Recordemos siempre que el discernimiento es una gracia – un don –. El discernimiento, en suma, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, “que conozcan, al único verdadero Dios, y a aquél que ha enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 170).

Las escuelas de teología se renuevan con la práctica del discernimiento y con un modo de proceder dialogal capaz de crear un correspondiente clima espiritual y de práctica intelectual. Se trata de un diálogo tanto en la exposición de los problemas, como en la investigación conjunta de los caminos de solución. Un diálogo capaz de integrar el criterio vivo de la Pascua de Jesús con el movimiento de la analogía, que lee en la realidad, en la creación y en la historia nexos, signos y referencias teologales. Esto implica la asunción hermenéutica del misterio del camino de Jesús que lo lleva a la cruz y a la resurrección y al don del Espíritu. Asumir esta lógica de Jesús y pascual es indispensable para comprender cómo la realidad histórica y creada es interrogada por la revelación del misterio del amor de Dios. De ese Dios que en la historia de Jesús de manifiesta ― cada vez y dentro de cada contradicción ― más grande en el amor y en la capacidad de recuperarse del mal.

Ambos movimientos son necesarios, complementarios: un movimiento desde abajo hacia lo alto que puede dialogar, con sentido de escucha y discernimiento, con toda instancia humana e histórica, teniendo en cuenta todo el espesor de lo humano; y un movimiento de lo alto hacia abajo ― donde “lo alto” es Jesús alzado en la cruz ― que permiten al mismo tiempo, discernir los signos del Reino de Dios en la historia y comprender de manera profética los signos del anti-Reino que desfiguran el alma y la historia humana. Es un método que permite ― en una dinámica constante ― confrontarse con toda instancia humana y acoger qué luces cristianas iluminan las llagas de la realidad y qué energías del Espíritu del Crucificado Resucitado está suscitando, de vez en vez, aquí y ahora.

El modo de proceder dialogal es el camino para llegar ahí donde se forman los paradigmas, los modos de escuchar, los símbolos, las representaciones de las personas y de los pueblos. Llegar ahí ― como “etnógrafos espirituales” del alma de los pueblos, digamos ― para poder dialogar en profundidad y, si es posible, contribuir a su desarrollo con el anuncio del Evangelio del Reino de Dios, cuyo fruto es la maduración de una fraternidad cada vez más dilatada e inclusiva. Diálogo y anuncio del Evangelio que pueden ocurrir de modos delineados por Francisco de Asís en la Regla no escrita, justamente al día siguiente de su viaje al oriente mediterráneo: «Un modo es que no hagamos luchas o disputas, sino que estemos sujetos a toda creatura humana por amor de Dios y confesemos ser cristianos» (XVI: FF 43). Entonces hay después un segundo modo en que, siempre dóciles a los signos y las acciones del Señor Resucitado y a su Espíritu de paz, se anuncia la fe cristiana como manifestación en Jesús del amor de Dios por todos los hombres. Me impacta mucho ese consejo de Francisco a los hermanos: “Prediquen el Evangelio, si fuese necesario también con las palabras”. ¡Es el testimonio!

Esta docilidad al Espíritu implica un estilo de vida y de anuncio sin espíritu de conquista, sin voluntad de proselitismo – ¡esta es la peste! – y sin un intento agresivo de refutación. Una modalidad que entra en diálogo “desde dentro” con los hombres y con sus culturas, sus historias, sus diferentes tradiciones religiosas; una modalidad que, coherentemente con el Evangelio, comprende también el testimonio hasta el sacrificio de la vida, como demuestran los luminosos ejemplos de Charles de Foucauld, de los monjes de Tibhirine, del Obispo de Oran Pierre Claviere y de tantos hermanos y hermanas que, con la gracia de Cristo, han sido fieles con mansedumbre y humildad y han muerto con el nombre de Jesús en los labios y lal misericordia en el corazón. Y aquí pienso en la no violencia como horizonte y saber del mundo, a la cual la teología debe mirar como elemento constitutivo propio. Nos ayudan aquí los escritos y las prácticas de Martin Luther King y Lanza del Vasto y de otros “artesanos” de la paz. Nos ayuda y anima la memoria del Beato Giustino Russolillo, que fue estudiante de esta Facultad, y de Don Peppino Diana, el joven párroco asesinado por la camorra, que también estudió aquí. Y aquí me gustaría mencionar un síndrome peligroso, que es el “síndrome de Babel”. Nosotros pensamos que el “síndrome de Babel” es la confusión que se origina en el no entender lo que el otro dice. Este es el primer paso. Pero el verdadero “síndrome de Babel” es el de no escuchar lo que el otro dice y creer que yo sé lo que el otro piensa y lo que el otro va a decir. ¡Esta es la peste!

Ejemplos de diálogo para una teología de la acogida

El “diálogo” no es una fórmula mágica, pero ciertamente la teología es ayudada en su renovación cuando lo asume seriamente, cuando es animado y favorecido entre sus docentes y estudiantes, como también con las otras formas del saber y con las otras religiones, sobretodo el Judaísmo y el Islam. Los estudiantes de teología deberían ser educados en el diálogo con el Judaísmo y con el Islam para comprender las raíces comunes y las diferencias de nuestras identidades religiosas, y contribuir así más eficazmente a la edificación de una sociedad que aprecia la diversidad y favorece el respeto, la fraternidad y la convivencia pacífica.

Educar a los estudiantes en esto. Yo estudié en el tiempo de la teología decadente, de la escolástica decadente, en el tiempo de los manuales. Entre nosotros hacíamos una broma, todas las tesis teológicas se probaban con este esquema, un silogismo: 1º. Las cosas parecen ser así. 2º. El catolicismo siempre tiene la razón. 3º. Ergo… Entonces una teología de tipo defensivo, apologética, cerrada en un manual. Bromeábamos así, pero eran las cosas que se nos presentaban en aquel tiempo de la escolástica decadente.

Buscar una convivencia pacífica dialogal. Con los musulmanes estamos llamados a dialogar para construir el futuro de nuestras sociedades y de nuestras ciudades; estamos llamados a considerarlos socios para construir una convivencia pacífica, incluso cuando se verifican episodios perturbadores a manos de grupos fanáticos enemigos del diálogo, como la tragedia de la pasada Pascua en Sri Lanka. Ayer el Cardenal de Colombo me dijo esto: “Después de que hice lo que debía hacer, recordé que un grupo de gente, cristianos, quería ir al barrio de los musulmanes para matarlos. Invité al Imán conmigo, en el coche, y juntos fuimos ahí para convencer a los cristianos de que somos amigos, que aquéllos son extremistas, que no son de los nuestros”. Esta es una actitud de cercanía y de diálogo. Formar a los estudiantes en el diálogo con los judíos implica educarlos en el conocimiento de su cultura, de su modo de pensar, de su lengua, para comprender y vivir mejor nuestra relación en el plano religioso. en las facultades teológicas y en las universidades eclesiásticas deben animarse los cursos de lengua y cultura árabe y judía, y el conocimiento recíproco entre estudiantes cristianos, judíos y musulmanes.

Me gustaría dar dos ejemplos concretos de cómo el diálogo que caracteriza una teología de la acogida puede ser aplicado a los estudios eclesiásticos. Ante todo el diálogo puede ser un método de estudio, además de la enseñanza. Cuando leemos un texto, dialogamos con él y con el “mundo” del que es expresión; y esto es válido también para los textos sagrados, como la Biblia, el Talmud o el Corán. A menudo, después, interpretamos un determinado texto en diálogo con otros de la misma época o de épocas distintas. Los textos de las grandes tradiciones monoteístas en cualquier caso son el resultado de un diálogo. Se pueden dar casos de textos que con escritos para responder a preguntas sobre cuestiones importantes de la vida propuestas por textos que los han precedido. También esta es una forma de diálogo.

El segundo ejemplo es que el diálogo se puede realizar como hermenéutica teológica en un tiempo y un lugar específico. en nuestro caso: el Mediterráneo al inicio del tercer milenio. No es posible leer realísticamente tal espacio si no es en diálogo y como un puente ― histórico, geográfico, humano ― entre Europa, África y Asia. Se trata de un espacio en que la ausencia de paz ha producido múltiples desequilibrios regionales, mundiales, y su pacificación, a través de la práctica del diálogo, podría en cambio contribuir grandemente a iniciar procesos de reconciliación y de paz. Giorgio La Pira nos diría que se trata, para la teología, de contribuir a construir en todo la cuenca mediterránea una “gran tienda de paz”, donde puedan convivir en el respeto recíproco los distintos hijos del padre común Abraham. No olvidar al padre común.

Una teología de la acogida y una teología de la escucha

El diálogo como hermenéutica teológica presupone e implica la escucha consciente. Esto significa también escuchar la historia y la experiencia de los pueblos que se encuentran en el espacio mediterráneo para poder descifrar los acontecimientos que conectan el pasado con el hoy y para poder captar las heridas junto con las potencialidades. Se trata en particular de captar el modo en que las comunidades cristianas y singulares existencias proféticas han sabido ― incluso recientemente ― encarnar la fe cristiana en contextos a veces de conflicto, de minoría y de convivencia plural con otras tradiciones religiosas.

Tal escucha debe ser profundamente interna a las culturas y a los pueblos también por otro motivo. El Mediterráneo es justamente el mar del mestizaje – si no entendemos el mestizaje, no entenderemos nunca el Mediterráneo – un mar geográficamente cerrado con respecto a los océanos, pero culturalmente siempre abierto al encuentro, al diálogo y a la recíproca inculturación. Sin embargo hay una necesidad de narraciones renovadas y compartidas que ― a partir de la escucha de las raíces y del presente ― hablen al corazón de las personas, narraciones en que sea posible reconocerse de manera constructiva, pacífica y generadora de esperanza.

La realidad multicultural y pluri-religiosa de nuevo Mediterráneo se forma con tales narraciones, en el diálogo que nace de la escucha de las personas y de los textos de las grandes religiones monoteístas, y sobre todo en la escucha de los jóvenes. Pienso en los estudiantes de nuestras facultades de teología, en los de las universidades “laicas” o de otras inspiraciones religiosas. «Cuando la Iglesia ― y podemos agregar, la teología ― abandona los esquemas rígidos y se abre a una escucha disponible y atenta de los jóvenes, esta empatía la enriquece, porque “permite a los jóvenes dar a la comunidad el propio aporte, ayudándola a captar sensibilidades nuevas y a plantearse preguntas inéditas”» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 65). A captar sensibilidades nuevas: este es el desafío.

La profundización del kerygma se hace con la experiencia del diálogo que nace de la escucha y que genera comunión. Jesús mismo anunció el reino de Dios dialogando con todo tipo y categoría de personas del Judaísmo de su tiempo: con los escribas, los fariseos, los doctores de la ley, los publicanos, los doctos, los sencillos, los pecadores. A una mujer samaritana Él reveló, en la escucha y en el diálogo, el don de Dios y su propia identidad: le abrió el misterio de su comunión con el Padre y de la sobreabundante plenitud que de esta comunión nace. Su divina escucha del corazón humano abre este corazón a acoger a su vez la plenitud del Amor y la alegría de la vida. No se pierde nada con dialogar. Siempre se gana. En el monólogo, todos perdemos, todos.

Una teología interdisciplinaria

Una teología de la acogida que, como método interpretativo de la realidad, adopta el discernimiento y el diálogo sincero necesita de teólogos que sepan trabajar en conjunto y de forma interdisciplinaria, superando el individualismo en el trabajo intelectual. Necesitamos teólogos – hombres y mujeres, presbíteros, laicos y religiosos – que, con una raíz histórica y eclesial y, al mismo tiempo, abiertos a las inagotables novedades del Espíritu, sepan huir a las lógicas autorreferenciales, competitivas y, de hecho, cegadoras que a menudo existen también en nuestras instituciones académicas y ocultas, muchas veces, entre las escuelas teológicas.

En este camino continuo de salida de sí y de encuentro con el otro, es importante que los teólogos sean hombres y mujeres de compasión – subrayo esto: que sean hombres y mujeres de compasión –, tocados por la vida oprimida de muchos, de las esclavitudes de hoy, de las llagas sociales, de las violencias, de las guerras y de las enormes injusticias que sufren tantos pobres que viven en las orillas de este “mar común”. Sin comunión y sin compasión, constantemente alimentadas por la oración – esto es importante: se puede hacer teología solamente “de rodillas” –, la teología no sólo pierde el alma, sino pierde la inteligencia y la capacidad de interpretar cristianamente la realidad. Sin compasión, sacada del Corazón de Cristo, los teólogos se arriesgan a ser tragados por la condición del privilegio de quien se coloca prudentemente fuera del mundo y no comparte nada arriesgado con la mayoría de la humanidad. La teología de laboratorio, la teología pura y “destilada”, destilada como el agua, el agua destilada, que no sabe a nada.

Me gustaría dar un ejemplo de cómo la interdisciplinariedad que interpreta la historia puede ser una profundización del kerygma y, si es animada desde la misericordia, puede abrirse a la trans-disciplinariedad. Me refiero en particular a todas las actitudes agresivas y guerreras que han marcado el modo de habitar el espacio mediterráneo de pueblos que se decían cristianos. Aquí se cuentan ya sea las actitudes y las prácticas coloniales que tanto han plasmado el imaginario y las políticas de tales pueblos, o las justificaciones de todo tipo de guerra, o todas las persecuciones realzadas en nombre de una religión o de una pretendida pureza racial o doctrinal. Estas persecuciones también nosotros las hemos hecho. Recuerdo, en el Cantar de Roldan, después de haber vencido en la batalla, los musulmanes eran puestos en fila, todos, frente a la piscina del bautismo, en la pila bautismal. Había uno con la espada, allí. Y le hacían escoger: ¡o te bautizas o ciao! No puedes ir a otro lado. O el bautismo o la muerte. Nosotros hicimos esto. Con respecto a esta compleja y dolorosa historia, el método del diálogo y de la escucha, guiado por el criterio evangélico de la misericordia, puede enriquecer mucho el conocimiento y la relectura interdisciplinaria, haciendo emerger también, en contraste, las profecías de paz que el Espíritu no ha dejado de suscitar.

La interdisciplinariedad como criterio para la renovación de la teología y de los estudios eclesiásticos implica el compromiso de revisitar y volver a interrogar continuamente las tradiciones. ¡Revisitar las tradiciones! Y volver a interrogar. De hecho, la escucha como teólogos cristianos no ocurre a partir de la nada, sino de un patrimonio teológico que ― justamente dentro del espacio mediterráneo ― tiene sus raíces en las comunidades del Nuevo Testamento, en la rica reflexión de los Padres y en múltiples generaciones de pensadores y testigos. Es esa tradición viva que llega hasta nosotros la que puede contribuir a iluminar y descifrar muchas cuestiones contemporáneas. Con la condición de que sea releída con una sincera voluntad de purificación de la memoria, o sea sabiendo discernir cuánto ha sido vehículo de las intención original de Dios, revelada en el Espíritu de Jesucristo, y cuánto ha sido infiel a tal intención misericordiosa y salvífica. No olvidemos que la tradición es una raíz que nos da vida: nos transmite la vida para que podamos crecer y florecer, dar fruto. Muchas veces pensamos en la tradición como en un museo. ¡No! la semana pasada, o la anterior, leí una cita de Gustav Mahler que decía: “La tradición es la garantía del futuro, no la guardiana de las cenizas”. ¡Es hermoso! Vivamos la tradición como un árbol que vive, crece. Ya en el siglo quinto Vincenzo de Lérins lo había entendido bien: el crecimiento de la fe, de la tradición, con estos tres criterios: annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate. ¡Es la tradición! ¡Sin tradición no puedes crecer! La tradición para crecer, como las raíces para el árbol.

Una teología en red

La teología después de Veritatis gaudium es una teología en red, en el contexto del Mediterráneo, en solidaridad con todos los “náufragos” de la historia. En la tarea teológica que nos espera recordemos a San Pablo y el camino del cristianismo de los orígenes que une al oriente con el occidente. Aquí, muy cerca de donde Pablo desembarcó, no se puede no recordar que los viajes del Apóstol fueron marcados por evidentes crisis, como en el naufragio el centro del Mediterráneo (Hch 27, 9ss). Naufragio que hace pensar en lo de Jonás. Pero Pablo no huye, y puede incluso pensar que Roma es su Nínive. Puede pensar en corregir la actitud derrotista de Jonás, rescatando su huida. Ahora que el cristianismo occidental ha aprendido de muchos errores y crisis del pasado, puede volver a sus fuentes esperando poder dar testimonio de la Buena Noticia a los pueblos de oriente y del occidente, del norte y del sur. La teología ― teniendo la mente y el corazón fijos en el «Dios misericordioso y piadoso» (cf. Gn 4,2) ― puede ayudar a la Iglesia y a la sociedad civil a retomar el camino en compañía de tantos náufragos, animando a las poblaciones del Mediterráneo a rechazar toda tentación de reconquista y de cerrazón de identidad. Ambas nacen, se alimentan y crecen del miedo. La teología no se puede hacer en un ambiente de miedo.

El trabajo de las facultades teológicas y de las universidades eclesiásticas contribuye a la edificación de una sociedad justa y fraterna, en que el cuidado de la creación y la construcción de la paz son el resultado de la colaboración entre instituciones civiles, eclesiales e interreligiosas. Se trata antes que todo de un trabajo en la “red evangélica”, o sea en comunión con el Espíritu de Jesús que es Espíritu de paz, Espíritu de amor al trabajo en la creación y en el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad de toda raza, cultura y religión. Como el lenguaje usado por Jesús para hablar del Reino de Dios, así, de manera análoga, la interdisciplinariedad y el hacer red quieren favorecer el discernimiento de la presencia del Espíritu del Resucitado en la realidad. A partir de la comprensión de la Palabra de Dios en su contexto mediterráneo original es posible discernir los signos de los tiempos en contextos nuevos.

La teología después “Veritatis gaudium” en el contexto del Mediterráneo

He subrayado mucho Veritatis gaudium. Quiero agradecer públicamente aquí, porque está presente, a Mons. Zani, que fue uno de los artífices de este documento. ¡Gracias! ¿Cuál es entonces la tarea de la teología después de Veritatis gaudium en el contexto del Mediterráneo? Entonces, ¿cuál es la tarea? Ésta debe sintonizarse con el Espíritu de Jesús Resucitado, con su libertad de ir por el mundo y de llegar a las periferias, también las del pensamiento. A los teólogos espera la tarea de favorecer siempre nuevamente el encuentro de las culturas con las fuentes de la Revelación y de la Tradición. Las antiguas arquitecturas del pensamiento, las grandes síntesis teológicas del pasado son minas de sabiduría teológica, pero no se pueden aplicar mecánicamente a las cuestiones actuales. Se trata de atesorarlas para buscar nuevos caminos. Gracias a Dios, las fuentes primigenias de la teología, esto es la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, son inagotables y siempre fecundas; por ello se puede y se debe trabajar en la dirección de un “Pentecostés teológico”, que permita a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo escuchar “en su propia lengua” una reflexión cristiana que responda a su búsqueda de sentido y de vida plena. Para que esto curra son indispensables algunos presupuestos.

Ante todo, se requiere partir del Evangelio de la misericordia, esto es del anuncio hecho por Jesús mismo y de los contextos originales de la evangelización. La teología nace en medio de seres humanos concretos, encontrados con la mirada y el corazón de Dios, que va en su búsqueda con amor misericordioso. También hacer teología es un acto de misericordia. Me gustaría repetir aquí, en esta ciudad donde no hay sólo episodios de violencia, sino que conserva tantas tradiciones y tantos ejemplos de santidad ― además de una obra maestra de Caravaggio sobre las obras de misericordia y el testimonio del santo médico Giuseppe Moscati ― quisiera repetir lo que escribí a la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina: «Que también los buenos teólogos, como los buenos pastores, huelan a pueblo y a camino y, con su reflexión, viertan óleo y vino sobre las heridas de los hombres. ¡Que la teología sea expresión de una Iglesia que es “hospital de campo”, que vive su misión de salvación y de curación del mundo! La misericordia no es sólo una actitud pastoral, sino que es la sustancia misma del Evangelio de Jesús. Los animo a estudiar cómo, en las distintas disciplinas ― la dogmática, la moral, la espiritualidad, el derecho y así sucesivamente ― pueda reflejarse la centralidad de la misericordia. Sin misericordia, nuestra teología, nuestro derecho, nuestra pastoral, corren el riesgo de colapsarse en la mezquindad burocrática o en la ideología, que por su naturaleza quiere domesticar el misterio».[1] La teología, por el camino de la misericordia, se defiende de la domesticación del misterio.

En segundo lugar, es necesario asumir seriamente la historia en el seno de la teología, como espacio abierto al encuentro con el Señor. «La capacidad de vislumbrar la presencia de Cristo y el camino de la Iglesia en la historia nos hacen humildes, y nos alejan de la tentación de refugiarnos en el pasado para evitar el presente. Y esta ha sido la experiencia de muchos estudiosos, que han comenzado, no digo ateos, pero un poco agnósticos, y han encontrado a Cristo. Porque la historia no se podía entender sin esta fuerza».[2]

Es necesaria la libertad teológica. sin la posibilidad de experimentar caminos nuevos no se crea nada nuevo, y no se deja espacio a la novedad del Espíritu del Resucitado: «A cuantos sueñan una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecer una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que tal variedad ayuda a manifestar y a desarrollar mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 40). Esto significa también una adecuada recisión de la ratio studiorum. Sobre la libertad de reflexión teológica haré una distinción. Entre los estudiosos, se necesita avanzar con libertad; después, en última instancia, será el magisterio quien dirá alguna cosa, pero no se puede hacer una teología sin esta libertad. Pero en la predicación al Pueblo de Dios, por favor, ¡no hieran la fe del pueblo de Dios con cuestiones en disputa! Que las cuestiones en disputa se queden entre los teólogos. Es su tarea. Pero al Pueblo de Dios se necesita dar la sustancia que alimente la fe y que no la relativice.

En fin, es indispensable dotarse de estructuras ligeras y flexibles, que manifiesten la prioridad dada a la acogida y al diálogo, al trabajo inter y trans-disciplinario y en red. Los estatutos, la organización interna, el método de enseñanza, la ordenación de los estudios deberían reflejar la fisonomía de la Iglesia “en salida”. Todo debe ser orientado en los horarios y en los modos para favorecer lo más posible la participación de aquéllos que desean estudiar teología: además de los seminaristas y los religiosos, también los laicos y las mujeres, lo mismo laicas que religiosas. En particular, la contribución que las mujeres están dando y pueden dar a la teología es indispensable y su participación debe ser entonces apoyada, como se hace en esta Facultad, donde hay una buena participación de mujeres como docentes y como estudiantes.

Que este lugar bellísimo, sede de la Facultad dedicada a San Luis, del que hoy es la fiesta, sea símbolo de una belleza en el compartir, abierta a todos. Sueño Facultades teológicas donde se viva la convivencia de las diferencias, donde se practique una teología del diálogo y de la acogida; donde se experimente el modelo del poliedro del saber teológico en lugar de una esfera estática y desencarnada. Donde la investigación teológica exista para promover un comprometido pero convincente proceso de inculturación.

Conclusión

Los criterios del Proemio de la Constitución Apostólica Veritatis gaudium son criterios evangélicos. El kerygma, el discernir, la colaboración, la red – yo agregaría también la parresia, que ha sido citada como criterio, que es la capacidad de estar al límite, junto con la hypomoné, el tolerar, estar al límite para avanzar – son elementos y criterios que traducen el modo con el que el Evangelio ha sido vivido y anunciado por Jesús y con los que puede ser hoy transmitido por sus discípulos.

La teología después de Veritatis gaudium es una teología kerygmática, una teología del discernimiento, de la misericordia y de la acogida, que se pone en diálogo con la sociedad, las culturas y las religiones para la construcción de la convivencia pacífica de personas y pueblos. El Mediterráneo es matriz histórica, geográfica y cultural de la acogida kerymática practicada con el diálogo y con la misericordia. De esta búsqueda teológica Nápoles es ejemplo y laboratorio especial. ¡Buen trabajo!

[1] Carta al Gran Canciller de la “Pontificia Universidad Católica Argentina” en el centenario de la Facultad de Teología, 3 marzo 2015.

[2] Discurso a los participantes en el congreso de la Asociación de profesores de Historia de la Iglesia, 12 enero 2019.