Con fe y alegría sean constructores de futuro: Palabras del Papa Francisco durante la vigilia con los jóvenes en Madagascar (07/09/2019)

Con fe y alegría sean constructores de futuro: Palabras del Papa Francisco durante la vigilia con los jóvenes en Madagascar (07/09/2019)

“Que la luz de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a este pueblo de jóvenes que ella ama, que también la busca haciendo silencio en el corazón, aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones; y le implora para que no se apague la esperanza”.

Así lo dijo el Papa Francisco a los jóvenes de Madagascar, este 7 de septiembre, durante la Vigilia en el Centro Diocesano de Soamandrakizay, en Antananarivo, Madagascar. El discípulo de Jesús — precisó el Papa — si quiere crecer en su amistad, no puede quedar quieto, quejándose o mirándose a sí mismo. Debe moverse, debe actuar, comprometerse, seguro de que el Señor lo apoya y lo acompaña. Ofrecemos a continuación el texto completo pronunciado por el Papa Francisco, traducido al español:

Le agradezco, Monseñor, por sus palabras de bienvenida. Gracias a ustedes, queridos jóvenes que han venido de todas partes de esta hermosa isla, a pesar de los esfuerzos y dificultades que esto representa para muchos de ustedes. Sin embargo ¡están aquí! Me da mucha alegría poder vivir con ustedes esta vigilia a la que el Señor Jesús nos invita. Gracias por los cantos y por las danzas tradicionales que han realizado con gran entusiasmo — ¡no se equivocaron quienes me dijeron que tienen una alegría y un entusiasmo extraordinarios!

Gracias, Rova Sitraka y Vavy Elyssa, por haber compartido con todos nosotros su camino de búsqueda entre aspiraciones y desafíos. ¡Qué hermoso encontrar a dos jóvenes con una fe viva, en movimiento! Jesús nos deja el corazón siempre en búsqueda, nos pone en camino y en movimiento. El discípulo de Jesús, si quiere crecer en su amistad, no debe quedarse inmóvil, quejándose y mirándose a sí mismo. Debe moverse, actuar, comprometerse, seguro de que el Señor lo apoya y lo acompaña.

Por eso me gusta ver a cada joven como uno que busca. ¿Se acuerdan de la primera pregunta que Jesús dirige a los discípulos a la orilla del Jordán? La primera pregunta era: «¿Qué buscan?» (Jn 1, 38). El Señor sabe que estamos buscando esa «felicidad para la cual fuimos creados» y que «el mundo no nos podrá quitar» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 1; 177). Cada uno lo manifiesta de diversas maneras, pero en el fondo siempre están buscando esa felicidad que nadie nos podrá quitar.

Como dijiste tú, Rova. En tu corazón, tenías desde hace mucho tiempo el deseo de visitar a las personas encarceladas. Comenzaste a ayudar a un sacerdote en su misión y, poco a poco, te has comprometido cada vez más hasta que esta se convirtió en tu misión personal. Descubriste que tu vida era misionera. Esta búsqueda de fe ayuda a hacer mejor, más evangélico, el mundo en el que vivimos. Y lo que hiciste por los demás te transformó, cambió tu forma de ver y de juzgar a las personas. Te hizo más justa y más humana. Comprendiste y descubriste cómo el Señor se comprometió contigo, dándote una felicidad que el mundo no te podrá quitar (cf. ibíd., 177).

Rova, en tu misión aprendiste a renunciar a los adjetivos y a llamar a las personas por su nombre, como hace el Señor con nosotros. Él no nos llama por nuestro pecado, por nuestros errores, por nuestras equivocaciones, por nuestras limitaciones, sino que lo hace por nuestro nombre; cada uno es precioso a sus ojos. El demonio, en cambio, aunque sabe nuestros nombres, prefiere llamarnos y reclamarnos continuamente por nuestros pecados y nuestros errores; y de esta forma nos hace sentir que, no importa lo que hagamos, nada puede cambiar, todo seguirá igual. El Señor no actúa así. El Señor nos recuerda siempre cuan preciosos somos ante sus ojos, y nos confía una misión.

Rova, aprendiste a conocer no sólo las cualidades, sino también las historias que se esconden detrás de cada rostro. Dejaste a un lado la crítica rápida y fácil, que siempre paraliza, para aprender algo que a muchas personas les puede llevar años descubrir. Te diste cuenta que, en muchas de las personas que están en prisión, no había maldad, sino malas elecciones. Erraron el camino, y lo saben, pero ahora quieren recomenzar.

Esto nos recuerda uno de los regalos más hermosos que la amistad con Jesús puede ofrecer. «Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que tú te puedas alejar, junto a ti está el Resucitado, que te llama y te espera para volver a empezar» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 2) y para confiarte una misión. Es el regalo que Él nos invita a todos nosotros a descubrir y a celebrar hoy.

Todos sabemos, incluso por experiencia personal, que se puede errar y correr detrás de ilusiones que nos hacen promesas y nos encantan con una felicidad aparente, una alegría rápida, fácil e inmediata, pero que al final dejan el corazón, la mirada y el alma a mitad de camino. ¡Estén atentos a esos que les prometen caminos fáciles y después los dejan a medio camino! Esas ilusiones que, cuando somos jóvenes, nos seducen con promesas que nos anestesian, nos quitan la vitalidad, la alegría, nos vuelven dependientes y nos encierran en un círculo aparentemente sin salida y lleno de amargura.

Una amargura, no sé si sea verdad… pero está el riesgo para ustedes de pensar: “Es así… nada puede cambiar y nadie puede hacer nada”. Sobre todo cuando no se dispone de lo mínimo necesario para combatir día a día; cuando las oportunidades efectivas para estudiar no son suficientes; o para aquellos que se dan cuanta que su futuro está bloqueado por causa de la falta de trabajo, de la precariedad, de las injusticias sociales…, y que entonces son tentados a rendirse. ¡Estén atentos ante esta amargura! ¡Estén atentos!

El Señor es el primero en decir: no, este no es el camino. Él está vivo y quiere que también tú estés vivo, compartiendo todos tus dones y carismas, tus búsquedas y capacidades (cf. ibíd., 1). El Señor nos llama por nuestro nombre y nos dice: “¡Sígueme!” No para hacernos correr detrás de ilusiones, sino para transformar a cada uno de nosotros en discípulos-misioneros aquí y ahora. Es el primero en desmentir todas las voces que buscan adormecerlos, domesticarlos, anestesiarlos o hacerlos callar para que no busquen nuevos horizontes. Con Jesús, siempre hay nuevos horizontes. Quiere transformarnos a todos y hacer de nuestra vida una misión. Pero nos pide una cosa: nos pide no tener miedo de ensuciarnos las manos, no tener miedo de ensuciarnos las manos.

A través de ustedes, el futuro entra en Madagascar y en la Iglesia. El Señor es el primero en confiar en ustedes y los invita también a ustedes a tener confianza en ustedes mismos, a tener confianza en sus habilidades y capacidades, que son muchas. Los invita a tener valor, unidos a Él para escribir la página más hermosa de su vida, para superar la apatía y ofrecer, como Rova, una respuesta cristiana a los muchos problemas que deben enfrentar. Es el Señor quien los invita a ser los constructores del futuro (cf. ibíd., 174). ¡Ustedes serán constructores del futuo! Los invita a traer la contribución que sólo ustedes pueden dar, con la alegría y la frescura de su fe. A cada uno de ustedes – a ti, a ti, a ti, a ti,… – les pregunto y los invito a preguntarse: El Señor, ¿puede contar contigo? Tu pueblo malgache, ¿puede contar contigo? Tu patria, Madagascar, ¿puede contar contigo?

Pero el Señor no quiere aventureros solitarios. El nos confía una misión, sí, pero no nos manda solos al frente de batalla.

Como bien ha dicho Vavy Elyssa, es imposible ser un discípulo misionero solo: necesitamos de los demás para vivir y compartir el amor y la confianza que el Señor nos da. El encuentro personal con Jesús es insustituible, pero no de manera solitaria sino en comunidad. Seguramente, cada uno de nosotros puede hacer grandes cosas; sí; ¡pero juntos podemos soñar y comprometernos con cosas inimaginables! Vavy lo dijo claramente. Estamos invitados a descubrir el rostro de Jesús en el rostro de los demás: celebrando la fe en familia, creando lazos de fraternidad, participando en la vida de un grupo o de un movimiento y animándonos a trazar un camino común vivido en solidaridad. Así podemos aprender a descubrir y discernir los caminos que el Señor nos invita a recorrer, los horizontes que Él tiene para ustedes. ¡Nunca aislarse o querer hacerlo solos! Es una de las peores tentaciones que podemos tener.

En comunidad, o sea juntos, podemos aprender a reconocer los pequeños milagros cotidianos, así como los testimonios de lo hermoso que es seguir y amar a Jesús. Y esto a menudo de forma indirecta, como en el caso de tus padres, Vavy, que, a pesar de pertenecer a dos tribus diversas, cada una con sus usos y costumbres, gracias a su amor recíproco pudieron superar todas las pruebas y las diferencias, y mostrarte un hermoso camino por el cual caminar. Un camino que se confirma cada vez que te dan los frutos de la tierra para ofrecerlos en el altar. ¡Cuánta falta hacen estos testimonios! O como tu tía y las catequistas y los sacerdotes que los han acompañado y sostenido en el proceso de fe. Todo ha contribuido a generar y animar tu “sí”. Todos somos importantes, todos, todos somos necesarios y nadie puede decir: “no te necesito”. Nadie puede decir: “Yo no te necesito” o “no formas parte de este proyecto de amor que el Padre soñó al crearnos”.

Somos una gran familia – estoy por terminar, tranquilos, porque hace frío… [ríen] – y podemos descubrir, queridos jóvenes, que tenemos una Madre: la protectora de Madagascar, la Virgen María. Siempre me ha impactado la fuerza del “sí” de María cuando era joven –era joven como ustedes. La fuerza de ese “hágase en mí según tu palabra” que le dijo al ángel. No era un “sí” como diciendo: “bueno, vamos a ver qué pasa”. No. María no conocía la expresión: “Vamos a ver qué pasa”. Dijo “sí”, sin vueltas. Es el “sí” de los que quieren comprometerse y están dispuestos a arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin otra seguridad que la certeza de saber que son portadores de una promesa. Aquella muchacha de Nazaret, hoy es la Madre que vela por sus hijos que caminan por la vida muchas veces cansados, necesitados, pero que desean que la luz de la esperanza no se apague. Esto es lo que queremos para Madagascar, para cada uno de ustedes y de sus amigos: que la luz de la esperanza no se apague. Nuestra Madre mira a este pueblo de jóvenes que ella ama, que la buscan también haciendo silencio en el corazón aunque haya mucho ruido, conversaciones y distracciones a lo largo del camino; y le suplican para que la esperanza no se apague (cf. Christus vivit, 44-48).

A ella quiero confiar la vida de todos y cada uno de ustedes, de sus familias y de sus amigos para que nunca les falte la luz de la esperanza y Madagascar pueda ser cada vez más la tierra que el Señor soñó. Que ella los acompañe y los proteja siempre.

Y por favor no se olviden de orar por mí.