La Sixtina no es una pieza de museo

Conjugar una tradición única en el mundo con la vocalidad moderna. Este es el principal desafío que debe afrontar la Capilla Musicale Pontificia «Sixtina», según el maestro Massimo Palombella, que la dirige desde hace un año. «Las adquisiciones técnicas del siglo XVIII deben ser conocidas por quien hace este trabajo; hay que insertar gradualmente el repertorio contemporáneo. La historia de la música no se ha acabado y no se acabará jamás. No se puede ignorar la escuela francesa del siglo XVIII con todo aquello que nos ha dado, de Messiaen a Ravel, de Faurè a Poulenc o Duruflé».
 
¿De donde han partido para realizar este proyecto?
 
En primer lugar hemos intensificado los ensayos, ahora se ensaya cuatro veces por semana. Tenemos un punto de partida ecxelente. Los cantores son veinte, empleados a tiempo indeterminado por la Santa Sede, de un elevadísimo nivel artístico. Entre ellos, algunos han sido niños cantores, también porque cuando se incorpora un nuevo elemento de igual calidad se prefiere a quien ya ha adquirido las principales características del modo de cantar de la Capilla Sixtina. Sobre estas bases es necesario construir un futuro que junte una tradición de cantablidad y declamación del texto, que caracteriza a la Sixtina, con aquello que la vocalidad del siglo XVIII nos ha legado positivamente.
 
¿Es decir?
 
La precisión de la entonación, en especial, favorecida por lo que hoy científicamente conocemos, por ejemplo sobre la entonación de las tercias y de las quintas. La atención a la articulación interna del texto y a su declamación, especialmente sobre el modo de afrontar vocales y consonantes. La claridad del fraseo al cual atenerse de modo absoluto y escrupoloso tanto para expresar la idea de la frase musical como para la correcta declamación. Por último el mantenimiento de la entonación durante la articulación del texto.
 
Para hacer esto se puede hacer referencia también a lo que se realiza en el mundo en relación a la vocalidad.
 
Es necesario salir de una implícita autorreferencia de la Capilla y mirar alrededor. Los ingleses, como los alemanes y también la tardía escuela francesa, tienen mucho que enseñarnos acerca de la precisión de la entonación, de la articulación del texto y del fraseo. Podemos no compartir su modo de cantar, que de hecho no pertenece a la tradición «latina» de canto, pero se ha de reconocer que esas actitudes son coherentes en su elección estética y eso, como músicos, hemos de alabarlo. De otro modo corremos el riesgo de hacer de nuestra comprensión estética la única posible. Los cd de Palestrina grabados por el Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia dirigido por Roberto Gabbiani, por ejemplo, realizan una interpretación que podemos no compartir por diferentes motivos, pero hay que reconocer honradamente una clara coherencia interna, una búsqueda maníaca de la precisión de la entonación. En esencia, es necesario tener la honradez de reconocer una precisa «elección estética» que se ha de apreciar y asumir como modelo metodológico (lo mismo se puede decir para Westminster Abbey, Tallis Scholars y otros grupos). En sustancia, sin una sana confrontación no existe auténtico crecimiento cultural-artístico y se corre el peligro de erigir como modelo segmentos de historia que pueden, por el contrario, representar —considerados en una amplio arco histórico y una debida comprensión sinóptica— momentos de decadencia.
 
Así pues, ¿método científico y tradición ejecutiva antigua?
 
La Sixtina debe tener un repertorio amplísimo que abarque todo lo que ha caracterizado su historia. En concierto, de mod especial, debe ejecutar lo que ninguna otra capilla musical puede hacer. Nosotros podemos cantar obras que Palestrina escribió para nosotros. Si vamoy a dar un concierto no podemos proponer lo que propondría un coro de parroquia, sino que debemos programas piezas polifónicas de cinco voces o más. Este repertorio antiguo debe ser lo «ordinario» de la Capilla, debe hacerse así continuamente y debe llegar a ser un corpus importante. Por esto el pasado mes de agosto hicimos un libro de estudio que contiene motetes, ofertorios y composiciones latinas de Palestrina, en pocas palabras, la identidad de la Capilla. Y este repertorio se debe utilizar también continuamente en las celebraciones. Especialmene los ofertorios.
 
¿Cuáles en particular?
 
Precisamente los de Palestrina, el único compositor que musicó todos los ofertorios del año litúrgico. Por eso nosotros, en cada celebración papal, cantamos un ofertorio palestriniano. Y lo debemos hacer con las características que nos distinguen desde siempre: canto «en voz», nunca en falsete, que sirve para llenar los grandes espacios en los que estamos llamados a cantar, y perfecta declamación del texto, para garantizar la comprensibilidad de la Palabra. Es un deber; y si no lo hacemos nosotros, no lo hace nadie.
 
¿Y luego?
 
Con esto va unida también una apertura absoluta al repertorio internacional. En Inglaterra, en Estados Unidos, en Francia y en Alemania hay una importante producción de música litúrgica contemporánea. Estas cosas se deben metabolizar gradualmente, para que la Sixtina sea un punto de referencia internacional, que exprese en su actividad la catolicidad de la Iglesia. Está en prensa con este fin un libro de estudio en el que se insertarán piezas de repertorio que van desde el inicio del siglo XVIII hasta hoy. No sé todavía cómo los colocaremos en las celebraciones o en conciertos, pero estoy seguro de que hace bien a los cantores frecuentar autores como Duruflé, Schnitzel, Fauré, Perosi, Refice, Molfino, Bettinelli, Bianchi, Poulenc, Dupré, Gorecki, Lauridsen, Stanford y muchos otros. Debemos hacerlo para evitar que la Capilla musical pontificia se convierta en una pieza de museo.