La música contemporánea debe encontrar lo sagrado

La Feria Musical Umbra se abrió este año con un momento de reflexión sobre la relación entre arte y trascendencia. El sábado 10 de septiembre desde las 10.30 hasta las 17 en el aula magna de la Universidad para extranjeros de Perugia tuvo lugar el «Colloquium: Música y Fe», moderado por el compositor y crítico musical del periódico L'Osservatore Romano Marcello Filotei. Los trabajos fueron inaugurados y presididos por el presidente del Consejo pontificio para la cultura. Entre los participantes; los compositores Salvatore Sciarrino y Giorgio Battistelli; los musicólogos Quirino Principe y Giovanni Carli Ballola; el filósofo de la música Giovanni Guanti; y el director del «New College Choir» de Oxford, Edward Higginbottom.
 
Flaubert usaba una imagen vigorosa para definir la situación del arte de los sonidos: «¡Nosotros con frecuencia golpeamos en un caldero agrietado una música que hace bailar a los osos y, en cambio, desearíamos conmover a las estrellas!». Es un poco lo que ocurre a veces en la liturgia, sobre todo en estos últimos tiempos. Y es injusto acusar a la reforma del Concilio Vaticano II porque en la Sacrosanctum Concilium (nn. 112-121) se presentaban indicaciones significativas, a partir de la afirmación básica: «La música es parte integrante de la liturgia, con mayor delicadeza la oración, fomenta la unanimidad; y el repertorio acumulado durante los siglos constituye un valioso patrimonio que se ha de conservar».
 
Las directrices concretas, después, recorrían capítulos que no eran sólo para compartir, sino para llevar a cabo en plenitud: la función de las scholae cantorum, la seria formación musical del clero y de los agentes pastorales, el papel del canto gregoriano, la exaltación del órgano como instrumento príncipe del culto católico (y también protestante) y el diálogo con la contemporaneidad.
 
Este último capítulo, que es decisivo, lamentablemente a menudo se apartó de manera impropia y apresurada; sin embargo es en sí necesario, como lo ha confirmado la gran herencia de la tradición. Por poner sólo un ejemplo, piénsese de hecho en la impresionante innovación (y quizá entonces también escandalizadora) introducida por la polifonía respecto a la pureza monódica del canto gregoriano. Pero esto sucedía a un alto nivel con autores de gran originalidad y preparación, y es lo que falta en nuestros días. La música contemporánea con su nueva gramática debe encontrarse con lo sagrado -que tiene cánones, textos y temas propios-, para una intersección que permita un nuevo florecimiento.
 
Ciertamente el camino es arduo y largo, tanto por el divorcio que sucedió entre culto y música de calidad, como por la secularización y el alejamiento radical de la sociedad de toda visión religiosa, la autoreclusión de la liturgia en formas descontadas o superficialmente innovadoras o incluso simple copia del pasado. Por lo tanto, el compromiso es necesario y serio precisamente para impedir aquello de lo que, ya en el siglo VI, alertaba un original escritor cristiano como Casiodoro, de quien leemos en sus Institutiones: «Si seguimos cometiendo injusticia, Dios nos dejará sin la música».