En la próxima fiesta del evangelista que la tradición señala también como pintor, San Lucas (18 de octubre), en el Centro Arte y Cultura de la Obra de Santa María del Fiore, en Florencia, se celebrará un evento singular: una jornada de estudio querida por una comunidad monástica para reflexionar sobre el arte que ha realizado al servicio de la liturgia. Titulada «Arte sacro contemporáneo. Vida originaria y espiritualidad», la jornada parte de la construcción de una iglesia como expresión de la vida de esta comunidad cristiana aún joven, la cual se inserta en la tradición benedictina. Se trata de la Iglesia de la Transfiguración, en Orleans, Massachusetts; se llama Community of Jesus, y fue fundada por dos mujeres estadounidenses entre 1958-1970.
 
Lo extraordinario de la vida de esta comunidad, en la que se centra la jornada de estudio, es el excepcional interés de sus miembros por el arte y la arquitectura: un componente tradicional del carácter benedictino. Pero, en este caso, dicho interés es sorprendente, dado que la Community of Jesus nace en el ámbito de la Reforma del siglo XVI y la mayoría de sus miembros provienen del protestantismo, de forma que la enfatización artística y la asunción de la identidad monástica resultan opciones no «naturales», como serían en una comunidad católica-romana u ortodoxa, sino sobrenaturales, indicadas por el mismo Espíritu, por el que los miembros de esa Comunidad se sienten llamados a orar y a trabajar juntas.
 
La historia que surge de este itinerario inusual —una historia de nuestros días, tal vez un signo de nuestros tiempos— invita por tanto a reflexionar sobre el vínculo entre el arte realizado para el lugar de culto y la vida espiritual de los creyentes que en él se reúnen; es decir, sobre la relación no sólo íntima, sino también inseparable entre el arte hecho al servicio de la liturgia cristiana y el manantial vital de la fe de los cristianos, Cristo mismo, el Verbo de Dios hecho carne. Verbo y carne: la historia de esta comunidad reformada, atenta a la Escritura y a la predicación, pero que quiere expresar su propia espiritualidad también de forma visual y plástica, abre fascinantes perspectivas ecuménicas, y parece confirmar la aseveración de Benedicto XVI según la cual hoy más que nunca, en la civilización de la imagen, la imagen sagrada puede «expresar mucho más que la palabra misma, dado que es muy eficaz su dinamismo de comunicación y de transmisión del mensaje evangélico».