Las notas y las voces maravillosas de los Ex Cathedra — el conjunto vocal e instrumental de Birmingham dirigido por Jeffrey Skidmore, y por primera vez en Italia en el Teatro Cucinelli de Solomeo con ocasión del festival musical de Umbría — han encantado al numeroso público con un refinado repertorio de música de las reducciones jesuitas y de las misiones de América Latina compuesta por artistas del calibre de Araujo, Salazar, Padilla y del pratense Domenico Zipoli. Pocas horas antes, en la iglesia de San Francisco de Trevi, un original diálogo musical entre órgano y clavicémbalo, también con fragmentos de Zipoli, llenó de alegría el corazón del auditorio. Las notas felices y armoniosas del clavicémbalo casaban perfectamente con las más profundas del órgano, sugiriendo un diálogo entre placeres de la vida, superficiales pero jocosos, y profundidad espiritual, igualmente necesaria para el ser humano.
 
Es mérito de la Sagra Musicale Umbra — cita que cada año se revela más interesante e importante en el panorama de la música sacra y de la música tout court —; haber permitido a un público cada vez más amplio conocer estas rarezas tan extraordinarias. Composiciones que, además del placer de escucharlas, suscitan intensos estímulos intelectuales, precisamente por esa mezcla armoniosa e irresistible entre tonalidades y técnicas de matriz europea, y por el uso de las lenguas habladas por los indios (como el chiquitano, el náhuatl y el quechua), alternadas y entremezcladas con el latín litúrgico.
 
Hoy, que hablamos continuamente de multiculturalismo, entendiéndolo a menudo como un revoltijo sin sentido de culturas folclóricas mal asimiladas, tenemos mucho que aprender de este extraordinario experimento de multiculturalismo verdadero, que se basa en la creación de nuevo arte, nueva cultura, que nacen del contacto innovador entre tradiciones diversas. El sentido profundo de todo esto procede de la fe, de esa apasionada fuerza de evangelización que animaba a los misioneros y a los músicos. Permitiendo crear auténticamente lo nuevo en cuanto que acompaña — y al mismo tiempo suscita — la renovación total de la vida de un pueblo. Existe un proyecto, un diseño único al que todos miran, con el que todos colaboran, y no una aproximación relativista de jirones culturales distintos e incomunicables.
 
Suscita además una admiración casi incrédula la capacidad de los misioneros de enseñar a los indios una música tan diferente de sus tradiciones — interpretada con instrumentos desconocidos y cantada con nuevos modos —; con una paciencia y un entusiasmo capaces de suscitar en ellos una pasión que persiste. Porque los misioneros estaban convencidos de que la música era un camino para llegar a Dios, un camino de evangelización como la palabra o la imagen, tal vez hasta más intensa, y no escatimaban esfuerzos para enseñarla y hacerla amar. Los éxitos, testimoniados por estos bellísimos textos musicales, todavía en gran parte interpretados y amados en América Latina, no se han hecho esperar.
 
De ahí que surja la reflexión sobre la pobreza de mucha música litúrgica de hoy que, en el esfuerzo de modernizarse y acercarse a los gustos de un pueblo musicalmente cada vez menos cultivado, decaiga frecuentemente en ritmos que recuerdan cancioncillas y no llevan a una tensión religiosa. Es música de entretenimiento, de cantar a coro para sentirse juntos, no música que acerca a Dios, que permite tocar al fiel — aunque sea iletrado— el poder y el misterio del Creador. Tenían más valentía los misioneros de los siglos XVII y XVIII: la audición de las maravillosas músicas de la Sagra Musicale Umbra nos enseña que hay que osar más, que es necesario proponer a los seres humanos una vía de ascenso, pero rica en ganancias espirituales, en lugar de abandonarse al inmediato favor de un público que ya no está formado para abrir sus oídos a fin de acercarse a Dios.