La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida: Primera predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa (27/02/2015) - 2. ¿Cómo responder a las nuevas exigencias?

2. ¿Cómo responder a las nuevas exigencias?

Naturalmente no somos los primeros en plantearnos el problema. Para no remontarnos todavía más atrás, recordemos el establecimiento, en 1972, del "Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos" (RICA) que propone una especie de camino catecumenal para el bautismo de los adultos. En algunos países con religión mixta, donde muchas personas piden el bautismo siendo adultos, esta herramienta ha demostrado ser muy eficaz.

¿Pero qué hacer con la masa de cristianos ya bautizados que viven como cristianos sólo de nombre y no de hecho, completamente ajenos a la Iglesia y a la vida sacramental? La respuesta a este problema ha surgido más de Dios mismo que de la iniciativa humana. Y son los movimientos eclesiales, grupos laicales y comunidades parroquiales renovadas, aparecidas después del Concilio. La contribución conjunta de todas estas realidades, a pesar de la gran variedad de estilos y la composición numérica, es que ellas son el contexto y el instrumento que permite a muchas personas adultas tomar una decisión personal por Cristo, tomarse en serio su bautismo, convertirse en sujetos activos de la Iglesia.

San Juan Pablo II veía en estos movimientos y comunidades parroquiales vivas "los signos de una nueva primavera de la Iglesia". En la Novo millennio ineunte escribía:

"Tiene gran importancia para la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu". (2)

De la misma forma se ha expresado, en varias ocasiones, Benedicto XVI. En la homilía de la Misa crismal del Jueves Santo de 2012, ha dicho:

"Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en momentos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo".

3. Porqué el evangelio llena de alegría el corazón y la vida del creyente.

Pero ahora volvamos a la carta del papa Francisco. Comienza con las palabras que han inspirado el título del documento: "La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús". Existe un vínculo entre el encuentro personal con Jesús y experimentar la alegría del Evangelio. La alegría del Evangelio, se experimenta sólo mediante el establecimiento de una relación íntima, de persona a persona, con Jesús de Nazaret.

Si no queremos que las palabras sean sólo palabras, tenemos que plantearnos a este punto una pregunta: ¿por qué el Evangelio sería una fuente de alegría? ¿La expresión es solamente un eslogan cómodo, o corresponde a la verdad? Más aún, ¿por qué el Evangelio se llama así: euangelion, o sea buena noticia, noticia bella, gozosa? La mejor manera para descubrirlo es partir desde el momento en el cual esta palabra aparece por primera vez en el Nuevo Testamento y precisamente en la boca de Jesús. Marcos al inicio de su Evangelio resume en pocas palabras el mensaje fundamental que Jesús iba predicando en las ciudades y pueblos en donde iba, después de su bautismo en el Jordán:

"Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 14-15).

A primera vista se diría que esta no es precisamente una noticia "gozosa", una noticia alegre; suena más bien como una llamada de atención severa, un llamamiento austero al cambio. En este sentido este viene propuesto al inicio de la Cuaresma, en el Evangelio del primer domingo, y se acompaña con el rito de las cenizas en la cabeza: "¡Convertíos y creed en el Evangelio!". Por eso es vital entender el verdadero sentido de este inicio del Evangelio.

Antes de Jesús, convertirse significaba siembre "volver atrás", (como indica el mismo término usado en hebreo, para indicar esta acción, o sea el término shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una renovada observancia de la ley. Dice el Señor por boca del profeta Zacarías: "convertíos a mi [...], volved de vuestro camino perverso" (Zc 1, 3-4; cfr. también Jr 8, 4- 5).Convertirse tiene por lo tanto un significado principalmente ascético, moral y penitencial que se actúa cambiando la conducta de la propia vida. La conversión es vista como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación llegará a vosotros.

Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los labios de Juan el Bautista (cfr. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús este significado cambia: no porque Jesús se divertía cambiando el sentido de las palabras, sino porque con él cambió la realidad. El significado moral pasa a un segundo plano (al menos en el inicio de la predicación), respecto a un significado nuevo, hasta ahora desconocido. Convertirse no significa más volver hacia atrás; significa más bien hacer un salto hacia adelante y entrar mediante la fe en el Reino de Dios que vino en medio de los hombres. Convertirse es tomar la decisión llamada "decisión del momento" delante de la realización de las promesas de Dios.

"Convertíos y creed" no significan dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, o sea, creed; ¡convertíos creyendo! Lo afirma también santo Tomás de Aquino: "Prima conversio fit per fidem", la primera conversión consiste en creer. (3) Conversión y salvación se han intercambiado el lugar. No más: pecado – conversión – salvación ("Convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros"), sino más bien: pecado – salvación – conversión ("Convertíos porque sois salvados; porque la salvación ha venido a vosotros"). Los hombres no han cambiado, no son ni mejores ni peores que antes, es Dios el que ha cambiado y, en la plenitud del tiempo, ha enviado a su Hijo para que recibiéramos la adopción como hijos (cfr. Ga 4, 4).

Muchas parábolas evangélicas no hacen que reiterar este gozoso anuncio inicial. Una es la del banquete. Un rey hizo un banquete para las bodas de su hijo; en la hora establecida envió a sus siervos a llamar a los enviados (cfr. Mt 22, 1 ss.). Estos no había pagado antes el precio como se hace en las comidas sociales; no, el banquete es gratuito. Se trata solamente de aceptar o rechazar la invitación.Otra es la parábola de la oveja perdida. Jesús la concluye con las palabras: "Así, les dijo que hay más alegría delante de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte". (Lc 15,10). Pero, ¿en qué consiste la conversión de la oveja? Quizás en que ella haya regresado al rebaño por si misma? No, es el pastor que ha ido a buscarla y la ha llevado al rebaño cargada en su espalda.

San Pablo, en la carta a los romanos (3, 21 ss.), será el anunciador indómito de esta extraordinaria novedad evangélica, después que Jesús le hizo pasar esta experiencia dramática en su vida.Así recuerda el hecho que cambió el curso de su vida::

"Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, [ser circunciso, judío, irreprensible por lo que se refiere a la observancia de la ley], lo tengo por pérdida, a causa de Cristo.Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe" (Flp 3, 7-9).

Por esto el Evangelio se llama Evangelio y es fuente de alegría. Nos habla de un Dios que, por pura gracia, ha venido a nuestro encuentro en su Hijo Jesús. Un Dios que "amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Jn 3, 16).

Muchos recuerdan del Evangelio casi solo la frase de Jesús: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mt 16, 24) y se convencen de que el Evangelio es sinónimo de sufrimiento y de negación de sí, y no de alegría. Pero profundicemos el discurso: "me siga" ¿dónde? ¿Al Calvario, a la muerte de cruz? No, en el Evangelio, esto constituye la penúltima etapa, nunca la última. Me siga, a través de la cruz, a la resurrección, a la vida, ¡a la alegría sin fin!