La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida: Primera predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa (27/02/2015)

El Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, comenzó sus reflexiones de Cuaresma el pasado viernes 27 de febrero en la capilla Redemptoris mater, mientras el Santo Padre concluía en la Casa del Divino Maestro de Ariccia sus Ejercicios Espirituales con la Curia romana.

El P. Cantalamessa inició con una reflexión sobre la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco y la compartimos a continuación, en su totalidad y traducida del italiano:

Me gustaría aprovechar la ausencia del Santo Padre, en esta primera meditación de Cuaresma, para proponer una reflexión sobre su Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), que no me habría atrevido a hacer en su presencia. No se tratará, por supuesto, de un comentario sistemático, sino sólo de reflexionar juntos y asumir algunos de sus puntos clave.

1. El encuentro personal con Jesús de Nazaret

Escrita al concluir el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, la exhortación presenta tres polos de interés que se entrelazan entre sí: el sujeto, el objeto y el método de la evangelización: quién debe evangelizar, qué se debe evangelizar, cómo se debe evangelizar. Sobre el sujeto evangelizador, el Papa dice que se compone de todos los bautizados:

"En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28, 19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados" (n. 120).

Esta afirmación no es nueva. La había expresado el beato Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, San Juan Pablo II en la Christifideles laici; Benedicto XVI había insistido sobre el papel especial reservado en ella para la familia.(1) Incluso antes de esto, la llamada universal a evangelizar había sido proclamada por el decreto Apostolicam actuasitatem del Concilio Vaticano II. Una vez he escuchado a un laico americano comenzar así una intervención evangelizadora: "Dos mil quinientos obispos, reunidos en el Vaticano, me han escrito para que venga a anunciaros el Evangelio". Todos, por supuesto, tenían curiosidad por saber quién era este hombre. Y entonces él, que también era un hombre lleno de humor, explicó que los dos mil quinientos obispos eran los que estaban reunidos en el Vaticano para el Concilio Vaticano II y habían escrito el documento sobre el apostolado de los laicos. Él tenía toda la razón: ese documento no estaba dirigida a todos y nadie; estaba dirigido a todos los bautizados, y él lo tomó con razón como dirigido personalmente a él.

No es, por lo tanto, en este punto donde se tiene que buscar la novedad de la EG del papa Francisco. Él no hace más que reiterar lo que sus predecesores habían inculcado en varias ocasiones. La novedad debe buscarse en otra parte, en el llamamiento que dirige a los lectores al comienzo de la carta, y que constituye, creo, el corazón de todo el documento:

"Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él" (EG, n. 3).

Esto quiere decir que el objetivo final de la evangelización no es la transmisión de una doctrina, sino el encuentro con una persona, Jesucristo. La posibilidad de un encuentro cara a cara depende del hecho de que Jesús, resucitado, está vivo y quiere caminar al lado de cada creyente, así como realmente andaba con los dos discípulos en el camino a Emaús; es más, como estaba en sus corazones cuando regresaban a Jerusalén, después de recibirlo en el pan partido.

En el lenguaje católico "el encuentro personal con Jesús" nunca ha sido un concepto muy familiar. En lugar de encuentro "personal", se prefería la idea del encuentro eclesial, que se lleva a cabo, es decir, a través de los sacramentos de la Iglesia. La expresión tenía, para nuestros oídos católicos, unas resonancias vagamente protestantes. El Papa no piensa evidentemente a un encuentro personal que sustituye al eclesial; sólo quiero decir que el encuentro eclesial debe ser también un encuentro libre, querido, espontáneo, no puramente nominal, legal o consuetudinario.

Para entender lo que significa tener un encuentro personal con Jesús, debemos echar un vistazo, por somero que sea, a la historia de la Iglesia. ¿Cómo se convertían en cristianos en los tres primeros siglos de la Iglesia? Con todas las diferencias de un individuo a otro y de un lugar a otro, esto ocurría después de una larga iniciación, el catecumenado, y era el resultado de una decisión personal, incluso también arriesgada por la posibilidad del martirio.

Las cosas cambiaron cuando el cristianismo se convirtió, inicialmente en una religión tolerada (edicto de Constantino en el 313) y después, en poco tiempo, en la religión favorecida, cuando no incluso la impuesta. A principios del siglo V, el emperador Teodosio II emitió una ley según la cual sólo los bautizados podían acceder a los cargos públicos. A esto se sumó el hecho de las invasiones bárbaras que en breve tiempo cambiaron por completo la disposición política y religiosa del imperio. Europa Occidental se convirtió en un conjunto de reinos bárbaros, con una población en algunos casos arriana, en la mayoría pagana.

En las regiones del antiguo imperio (sobre todo en oriente y en Italia centro meridional) ser cristianos ya no era una decisión del individuo, sino de la sociedad, más aún ahora que el bautismo se administraba casi siempre a los niños. En cuanto a los reinos bárbaros, en su interior regía la costumbre que la población seguía la decisión del jefe. Cuando, en la noche de Navidad del 498 o 499, el rey de los francos Clodoveo se hizo bautizar en Reims por el obispo de San Remigio, todo su pueblo lo siguió. (Esta es la razón por la que Francia ha tenido el título de "Hija primogénita de la Iglesia"). Así comenzó la práctica del bautismo en masa; mucho antes de la Reforma protestante estaba en marcha la norma: "Cuius regio eius et religio": la religión del rey es también la del reino.

En esta situación, el énfasis no se pone más en el momento y la forma en que uno llega a ser cristiano, es decir, sobre cómo llegar a la fe, sino sobre las exigencias morales de la misma fe, sobre el cambio de costumbres; en otras palabras, sobre la moral. La situación, sin embargo, fue menos grave de lo que pueda parecernos hoy, ya que, con todas las contradicciones que sabemos, sin embargo, la familia, la escuela, la cultura y poco a poco también la sociedad ayudaban, casi espontáneamente, a absorber la fe. Por no hablar de que, desde el comienzo de la nueva situación, nacieron formas de vida, como la vida monástica y luego las diversas órdenes religiosas, en las que el bautismo era vivido en toda su radicalidad y la vida cristiana era el resultado de una decisión personal, a menudo heroica.

Esta situación llamada "de cristiandad" ha cambiado radicalmente y no es este el caso para detenerse a ilustrar los tiempos y las formas del cambio. Sólo tenemos que saber que ya no es como en los siglos pasados en los que se formaron la mayoría de nuestras tradiciones y de nuestra propia mentalidad. El advenimiento de la modernidad, comenzada con el humanismo, acelerada por la Revolución Francesa y la Ilustración, la emancipación del Estado de la Iglesia, la exaltación de la libertad individual y la autodeterminación y para finalizar la secularización radical en la que ha derivado, han cambiado profundamente la situación de la fe en la sociedad.

De ahí la urgencia de una nueva evangelización, es decir, de una evangelización que se mueva a partir de bases diferentes a las tradicionales, y teniendo en cuenta la nueva situación. Se trata básicamente de crear las oportunidades para que los hombres de hoy puedan tomar, en el nuevo contexto, la decisión personal libre y madura que los cristianos adoptaban al inicio cuando recibían el bautismo y que les convertía en cristianos reales y no sólo nominales.