Seamos una única familia: Homilía del Papa Francisco en la Misa de Clausura del Encuentro Mundial de las Familias en Dublín (26/08/2018)

El Papa Francisco presidió este 26 de agosto la celebración eucarística en el Parque Phoenix, uno de los parques urbanos más grandes europeos. Son más de 700 hectáreas situadas en 3 kilómetros al noroeste del centro de Dublín.  En el Sagrario se apreció la cruz papal, que conmemora la histórica misa del Papa Juan Pablo II el 29 de septiembre del 1979. Mons Diarmuid Martin, arzobispo de Dublín, hizo alusión a esta cruz en sus palabras de bienvenida al Pontífice. Le dijo que esta cruz es un símbolo para Irlanda, para la Iglesia irlandesa. Al inicio de la celebración, el Papa Francisco pronunció un breve mensaje de perdón ante los casos de abuso existentes en la Iglesia. En su homilía, el Papa recordó que san Pablo nos dice que el matrimonio es una participación en el misterio de la fidelidad eterna de Cristo a su esposa, la Iglesia. Pero esta enseñanza, afirmó, aunque magnífica, tal vez pueda parecer a alguno una “palabra dura”. Porque vivir en el amor, como Cristo nos ha amado, supone la imitación de su propio sacrificio, implica morir a nosotros mismos para renacer a un amor más grande y duradero. Reproducimos a continuación el texto completo de su homilía traducido al español:

Acto penitencial

Ayer estuve reunido con ocho personas sobrevivientes de abuso de poder, de conciencia y sexuales.

Recogiendo lo que ellos me han dicho, quisiera poner delante de la misericordia del Señor estos crímenes y pedir perdón por ellos.

Pedimos perdón por los abusos en Irlanda, abusos de poder y de conciencia, abusos sexuales por parte de miembros cualificados de la Iglesia. De manera especial pedimos perdón por todos los abusos cometidos en diversos tipos de instituciones dirigidas por religiosos y religiosas y otros miembros de la Iglesia. Y pedimos perdón por los casos de explotación laboral a que fueron sometidos tantos menores.

Pedimos perdón por las veces que, como Iglesia, no hemos brindado a los sobrevivientes de cualquier tipo de abuso compasión, búsqueda de justicia y verdad, con acciones concretas. Pedimos perdón.

Pedimos perdón por algunos miembros de la jerarquía que no se hicieron cargo de estas situaciones dolorosas y guardaron silencio. Pedimos perdón.

Pedimos perdón por los chicos que fueron alejados de sus madres y por todas aquellas veces en las cuales se decía a muchas madres solteras que trataron de buscar a sus hijos que les habían sido alejados, o a los hijos que buscaban a sus madres, decirles que "era pecado mortal". ¡Esto no es pecado mortal, es cuarto mandamiento! Pedimos perdón.

Que el Señor mantenga y acreciente este estado de vergüenza y de compunción, y nos dé la fuerza para comprometernos en trabajar para que nunca más suceda y para que se haga justicia. Amén.

Homilía

«Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

En la conclusión de este Encuentro Mundial de las Familias, nos reunimos como familia en torno a la mesa del Señor. Agradecemos al Señor por tantas bendiciones recibidas en nuestras familias. Queremos comprometernos a vivir plenamente nuestra vocación para ser, según las conmovedoras palabras de santa Teresa del Niño Jesús, “el amor en el corazón de la Iglesia”.

En este momento precioso de comunión de unos con otros y con el Señor, es bueno hacer un alto para considerar la fuente de todas las cosas buenas que hemos recibido. Jesús revela el origen de estas bendiciones en el Evangelio de hoy, cuando habla a sus discípulos. Muchos de ellos estaban trastornados, confusos y también enojados, debatiendo sobre aceptar sus “palabras duras”, tan contrarias a la sabiduría de este mundo. En respuesta, el Señor les dice directamente: «Las palabras que les he dicho son espíritu y vida» (Jn 6, 63).

Estas palabras, con su promesa del don del Espíritu Santo, desbordan de vida para nosotros que las acogemos desde la fe. Ellas indican la fuente última de todo el bien que hemos experimentado y celebrado aquí en estos días: el Espíritu de Dios, que sopla constantemente vida nueva en el mundo, en los corazones, en las familias, en los hogares y en las parroquias. Cada nuevo día en la vida de nuestras familias y cada nueva generación trae consigo la promesa de un nuevo Pentecostés, un Pentecostés doméstico, una nueva efusión del Espíritu, el Paráclito, que Jesús nos envía como nuestro Abogado, nuestro Consolador y Aquel que verdaderamente nos da valentía.

¡Cuánta necesidad tiene el mundo de este aliento que es don y promesa de Dios! Como uno de los frutos de esta celebración de la vida familiar, pueden regresar a sus hogares y convertirse en fuente de ánimo para los demás, para compartir con ellos “las palabras de vida eterna” de Jesús. Sus familias de hecho son tanto un lugar privilegiado como un importante medio para difundir esas palabras como “buena noticia” para cada uno, especialmente para aquellos que desean dejar el desierto y la “casa de esclavitud” (cf. Jos 24, 17) para ir hacia la tierra prometida de la esperanza y de la libertad.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos dice que el matrimonio es una participación en el misterio de la fidelidad eterna de Cristo a su esposa, la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Sin embargo esta enseñanza, aunque magnífica, tal vez pueda parecer a alguno una “palabra dura”. Porque vivir en el amor, como Cristo nos ha amado (cf. Ef 5, 2), implica la imitación de su propio sacrificio, implica morir a nosotros mismos para renacer a un amor más grande y más duradero. Ese amor que solo puede salvar al mundo de la esclavitud del pecado, del egoísmo, de la codicia y de la indiferencia hacia las necesidades de los menos afortunados. Este es el amor que hemos conocido en Jesucristo. Él se ha encarnado en nuestro mundo por medio de una familia y a través del testimonio de las familias cristianas en cada generación tiene el poder de derribar toda barrera para reconciliar al mundo con Dios y hacer de nosotros lo que desde siempre estamos destinados a ser: una única familia humana que vive unida en la justicia, en la santidad, en la paz.

La tarea de dar testimonio de esta Buena Noticia no es fácil. Sin embargo, los desafíos que los cristianos hoy tienen delante son, a su manera, no menos difíciles de los que debieron afrontar los primeros misioneros irlandeses. Pienso en San Columbano, que con su pequeño grupo de compañeros llevó la luz del Evangelio a las tierras europeas en una época de oscuridad y decadencia cultural. Su extraordinario éxito misionero no estaba basado en métodos tácticos o planes estratégicos, no, sino en una humilde y liberadora docilidad a las sugerencias del Espíritu Santo. Fue su testimonio cotidiano de fidelidad a Cristo y entre ellos lo que conquistó los corazones que deseaban ardientemente una palabra de gracia y lo que contribuyó al nacimiento de la cultura europea. Ese testimonio permanece como una fuente perenne de renovación espiritual y misionera para el pueblo santo y fiel de Dios.

Naturalmente, siempre habrá personas que se opondrán a la Buena Noticia, que “murmurarán” contra sus “palabras duras”. Pero, como San Columbano y sus compañeros, que afrontaron aguas congeladas y mares tempestuosos para seguir a Jesús, no nos dejemos mal influenciar o desanimar ante la mirada fría de la indiferencia o los vientos borrascosos de la hostilidad.

Sin embargo, reconozcamos humildemente que, si somos honestos con nosotros mismos, también nosotros podemos encontrar duras las enseñanzas de Jesús. ¡Qué difícil es perdonar siempre a quienes nos hieren! ¡Qué desafío es siempre el de acoger al migrante y al extranjero! ¡Qué doloroso es soportar la desilusión, el rechazo, la traición! Qué incómodo es proteger los derechos de los más frágiles, de los que aún no han nacido o de los más ancianos, que parecen molestar nuestro sentido de libertad.

Sin embargo, es justamente en esas circunstancias en las que el Señor nos pregunta: «¿También ustedes se quieren marchar?» (Jn 6, 67). Con la fuerza del Espíritu que nos anima y con el Señor siempre a nuestro lado, podemos responder: «Nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (v. 69). Con el pueblo de Israel, podemos repetir: «También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios» (Jos 24,18).

Con los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, cada cristiano es enviado para ser un misionero, un “discípulo misionero” (cf. Evangelii gaudium, 120). La Iglesia en su conjunto está llamada a “salir” para llevar las palabras de vida eterna a las periferias del mundo. Que nuestra celebración de hoy pueda confirmar a cada uno de ustedes, padres y abuelos, niños y jóvenes, hombres y mujeres, religiosos y religiosas, contemplativos y misioneros, diáconos y sacerdotes y obispos, para compartir la alegría del Evangelio. ¡Que puedan compartir el Evangelio de la familia como alegría para el mundo!

Al prepararnos a retomar cada uno su propio camino, renovemos nuestra fidelidad al Señor y a la vocación a la que nos ha llamado a cada uno de nosotros. Haciendo nuestra la oración de San Patricio, repitamos cada uno con alegría: “Cristo dentro de mí, Cristo detrás de mí, Cristo junto a mí, Cristo debajo de mí, Cristo sobre mí”. [Lo repite en gaélico] Con la alegría y la fuerza conferida por el Espíritu Santo, digámosle con confianza: «Señor, ¿a iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).