No tengan miedo de acoger a los otros: Homilía del Papa Francisco en la Misa de apertura del Encuentro de Organismos de Acogida (15/02/2019)

No tengan miedo de acoger a los otros: Homilía del Papa Francisco en la Misa de apertura del Encuentro de Organismos de Acogida (15/02/2019)

“Cristo sigue extendiendo su mano para salvarnos y permitir el encuentro con Él, un encuentro que nos salva y devuelve la alegría de ser sus discípulos”. Así lo dijo el Papa Francisco la tarde de este 15 de febrero, en la celebración Eucarística en la Fraterna Domus de Sacrofano, la Asociación de Voluntarios del Servicio Social Cristiano, ubicado en la provincia de Roma, a 19 km del Vaticano.

Con esta Santa Misa se inauguró el Encuentro de los Organismos de Acogida titulado: “Libres del miedo”, organizado por la Fundación Migrantes, la Caritas italiana y el Centro Astalli, del 15 al 17 de febrero. En su homilía, el Santo Padre comentando las lecturas bíblicas escogidas para esta celebración, dijo que estas se pueden resumir en una sola frase: “No tengan miedo”. Compartimos a continuación, el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

La riqueza de las lecturas escogidas para esta celebración eucarística puede ser resumida en una sola frase: “No tengan miedo”.

El fragmento del Libro del Éxodo nos ha presentado a los Israelitas junto al Mar Rojo, aterrorizados por el hecho de que el ejército del Faraón los ha seguido y está por alcanzarlos. Muchos piensan: era mejor quedarse en Egipto y vivir como esclavos en lugar de morir en el desierto. Pero Moisés invita al pueblo a no tener miedo, porque el Señor está con ellos: «Sean fuertes y verán la salvación del Señor, que hoy actuará por ustedes» (Ex 14, 13). El largo viaje a través del desierto, necesario para llegar a la Tierra prometida, comienza con esta primera gran prueba. Israel es llamado a mirar más allá de la adversidad del momento, a superar el miedo y poner de nuevo plena confianza en la acción salvífica y misteriosa del Señor.

En la página del Evangelio de Mateo (14, 22-33), los discípulos se turban y gritan por el miedo al ver al Maestro que camina sobre las aguas, pensando que es un fantasma. En la barca agitada por el fuerte viento, no son capaces de reconocer a Jesús; pero Él les asegura: «Valor, soy yo, ¡no tengan miedo!» (v. 27). Pedro, con una mezcla de desconfianza y entusiasmo, pide a Jesús una prueba: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas» (v. 28). Jesús lo llama. Pedro da algunos pasos, pero después la violencia del viento lo atemoriza de nuevo y comienza a hundirse. Mientras lo aferra para salvarlo, el Maestro lo reprende: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (v. 31).

A través de estos episodios bíblicos, el Señor nos habla hoy y nos pide dejar que Él nos libere de nuestros miedos. “Libres del miedo” es justamente el tema escogido para su encuentro. “Libres del miedo”. El miedo es el origen de la esclavitud: los israelitas preferían convertirse en esclavos por miedo. Es también el origen de toda dictadura, porque sobre el miedo del pueblo crece la violencia de los dictadores.

Frente a la maldad y la fealdad de nuestro tiempo, también nosotros, como el pueblo de Israel, somos tentados a abandonar nuestro sueño de libertad. Tenemos legítimo miedo frente a situaciones que parecen sin camino de salida. Y no bastan las palabras humanas de un líder o de un profeta para sentirnos seguros, cuando no alcanzamos a sentir la presencia de Dios y no somos capaces de abandonarnos a su providencia. Así, nos encerramos en nosotros mismos, en nuestras frágiles seguridades humanas, en el círculo de personas amadas, en nuestra rutina aseguradora. Y finalmente renunciamos al viaje hacia la Tierra prometida para regresar a la esclavitud de Egipto.

Este replegarse en nosotros mismos, signo de desconfianza, acrecienta nuestro temor hacia “los demás”, los desconocidos, los marginados, los forasteros – que por otra parte son los privilegiados del Señor, como leemos en Mateo 25. Y esto se nota particularmente hoy, frente al arribo de migrantes y refugiados que tocan a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es legítimo, también porque falta la preparación para este encuentro. Lo decía el año pasado, en ocasión de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «No es fácil entrar en la cultura de los demás, ponerse en los zapatos de gente tan diferente a nosotros, comprender los pensamientos y las experiencias. Y así, a menudo, renunciamos al encuentro con el otro y alzamos barreras para defendernos». Renunciar a un encuentro no es humano.

Estamos llamados en cambio a superar el miedo de abrirnos al encuentro. Y para hacer esto no bastan justificaciones racionales y cálculos estadísticos. Moisés dice al pueblo frente al Mar Rojo, con un enemigo aguerrido que lo presiona a sus espaldas: «No tengan miedo», porque el Señor no abandona a su pueblo, sino actúa misteriosamente en la historia para realizar su plan de salvación. Moisés habla así simplemente porque confía en Dios.

El encuentro con el otro, entonces, es también encuentro con Cristo. Nos lo ha dicho Él mismo. Es Él quien toca a nuestra puerta hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, encarcelado, pidiendo ser encontrado y asistido. Y si tuviéramos aún alguna duda, ahí está su palabra clara: «En verdad les digo: todo lo que han hecho a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo han hecho a mí» (Mt 25, 40).

Puede comprenderse en este sentido también el ánimo del Maestro a sus discípulos: «Valor, soy yo, ¡no tengan miedo!» (Mt 14, 27). Es verdaderamente Él, aunque nuestros ojos tengan trabajo en reconocerlo: con los vestidos rotos, con los pies sucios, con el rostro deformado, el cuerpo llagado, incapaz de hablar nuestra lengua… También nosotros, como Pedro, podemos ser tentados de poner a Jesús a prueba y pedirle una señal. Y tal vez, después de algún paso titubeante hacia Él, permanecer nuevamente víctimas de nuestros miedos. ¡Pero el Señor no nos abandona! Aunque seamos hombres y mujeres “de poca fe”, Cristo continúa tendiendo su mano para salvarnos y permitir el encuentro con Él, un encuentro que nos salva y nos restituye la alegría de ser sus discípulos.

Si esta es una válida clave de lectura de nuestra historia de hoy, entonces debemos comenzar a agradecer que nos dé la ocasión de este encuentro, o sea con los “otros” que tocan a nuestras puertas, ofreciéndonos la posibilidad de superar nuestros miedos para encontrar, acoger y asistir a Jesús en persona.

Y quien ha tenido la fuerza de dejarse liberar del miedo, quien ha experimentado la alegría de este encuentro está llamado hoy a anunciarlo sobre los techos, abiertamente, para ayudar a otros a hacer lo mismo, predisponiéndose al encuentro con Cristo y su salvación.

Hermanos y hermanas, se trata de una gracia que trae consigo una misión, fruto de confianza completa en el Señor, que es para nosotros la única verdadera certeza. Por esto, como individuos y como comunidad, estamos llamados a hacer nuestra la oración del pueblo redimido: «Mi fuerza y mi canto es el Señor, en Él está mi salvación» (Ex 15, 2).

Palabras al término de la Misa

Antes de despedirme quiero agradecer a cada uno de ustedes por todo lo que hacen: el pequeño paso… Pero el pequeño paso hace el gran camino de la historia.

¡Adelante! ¡No tengan miedo, tengan valor!

Que el Señor los bendiga. Gracias.