Jesús es la verdadera luz del mundo: Homilía del Papa Francisco durante la Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (06/01/2019)

Jesús es la verdadera luz del mundo: Homilía del Papa Francisco durante la Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (06/01/2019)

Este 6 de enero, Solemnidad de la Epifanía, “la manifestación del Señor a todas las naciones”; el Papa Francisco presidió la Santa Misa a las 10 de la mañana en la Basílica de San Pedro, a la que asistieron miles de fieles y peregrinos.

“De esta manera se revela la hermosa realidad de la venida de Dios para todos: cada nación, lengua y población es acogida y amada por Él. El símbolo de esto es la luz, que alcanza e ilumina todo”, explicó el Pontífice en su homilía haciendo especial hincapié en la figura de los tres Reyes magos de Oriente, quienes en una actitud abierta a las sorpresas de Dios, salieron a buscar al Mesías siguiendo la luz de la estrella: “Lo encontraron, pero no donde ellos pensaban. No en el palacio real de Jerusalén, sino en una humilde morada en Belén”. Reproducimos a continuación, el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Epifanía: la palabra indica la manifestación del Señor, quien, como dice san Pablo en la segunda lectura (cf. Ef 3, 6), se revela a todas las gentes, representadas hoy por los Magos. Se revela así la bellísima realidad de Dios venido para todos: toda nación, lengua y pueblo es acogido y amado por Él. Símbolo de esto es la luz, que todo alcanza e ilumina.

Ahora, si nuestro Dios se manifiesta para todos, sin embargo produce sorpresa cómo se manifiesta. En el Evangelio se narra un ir y venir entorno al palacio del rey Herodes, precisamente mientras Jesús es presentado como rey: «¿Dónde está el que ha nacido, el Rey de los judíos?» (Mt 2, 2), preguntan los Magos. Lo encontrarán, pero no donde pensaban: no está en el palacio real de Jerusalén, sino en una humilde morada de Belén. La misma paradoja emergía en Navidad, cuando el Evangelio hablaba del censo de toda la tierra en tiempos del emperador Augusto y del gobernador Quirino (cf. Lc 2, 2). Pero ninguno de los poderosos de entonces se dio cuenta de que el Rey de la historia nacía en ese tiempo. E incluso, cuando Jesús, a los treinta años, se manifiesta públicamente, precedido por Juan el Bautista, el Evangelio ofrece otra solemne presentación del contexto, enumerando a todos los “grandes” de entonces, poder secular y espiritual: Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanias, los sumos sacerdotes Anás y Caifás. Y concluye: «La Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto» (Lc 3, 2). Por tanto, no sobre alguno de los grandes, sino sobre un hombre que se había retirado en el desierto. He aquí la sorpresa: Dios no sale a la palestra del mundo para manifestarse.

Escuchando esa lista de personajes ilustres, podría venir la tentación de “girar la luz” hacia ellos. Podríamos pensar: habría sido mejor si la estrella de Jesús se hubiese aparecido en Roma sobre el monte Palatino, desde el que Augusto reinaba sobre el mundo; todo el imperio se habría hecho cristiano enseguida. O también, si hubiese iluminado el palacio de Herodes, éste podría haber hecho el bien, en vez del mal. Pero la luz de Dios no va a aquellos que brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra. Es siempre grande la tentación de confundir la luz de Dios con las luces del mundo. ¡Cuántas veces hemos seguido los seductores resplandores del poder y de la fama, convencidos de prestar un buen servicio al Evangelio! Pero así hemos girado la luz hacia la parte equivocada, porque Dios no estaba allí. Su luz tenue brilla en el amor humilde. ¡Cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia! Pero nosotros no somos el sol de la humanidad. Somos la luna que, a pesar de sus sombras, refleja la luz verdadera, el Señor. La Iglesia es el mysterium lunae y el Señor es la luz de mundo (cf. Jn 9, 5). Él, no nosotros.

La luz de Dios va a quien la acoge. Isaías en la primera lectura (cf. 60, 2) nos recuerda que la luz divina no impide que las tinieblas y la oscuridad cubran la tierra, pero resplandece en quien está dispuesto a recibirla. Por eso el profeta dirige una invitación, que interpela a cada uno: «Levántate, revístete de luz» (60, 1). Es necesario levantarse, es decir sobreponerse al propio ser sedentario y disponerse a caminar. De lo contrario se permanece detenido, como los escribas consultados por Herodes, que sabían bien dónde había nacido el Mesías, pero no se movieron. Y después es necesario revestirse de Dios que es la luz, cada día, hasta que Jesús se convierta en nuestro vestido cotidiano. Pero para usar el vestido de Dios, que es sencillo como la luz, es necesario primero despojarse de los vestidos pomposos. De otro modo seríamos como Herodes, que en lugar de la luz divina prefirió las luces terrenas del éxito y del poder. Los Magos, en cambio, realizan la profecía, se levantan para ser revestidos de luz. Sólo ellos ven la estrella en el cielo: no los escribas, ni Herodes, nadie en Jerusalén. Para encontrar a Jesús hay que hacer un itinerario distinto, hay que tomar un camino alternativo, el suyo, el camino del amor humilde. Y hay que mantenerlo. De hecho, el Evangelio de este día concluye diciendo que los Magos, una vez que encontraron a Jesús, «se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2,12). Otro camino, distinto al de Herodes. Un camino alternativo al mundo, como el que han recorrido todos los que en Navidad estuvieron con Jesús: María y José, los pastores. Ellos, como los Magos, han dejado sus moradas y se han convertido en peregrinos por los caminos de Dios. Porque sólo quien deja los propios apegos mundanos para ponerse en camino encuentra el misterio de Dios.

Vale también para nosotros. No basta saber dónde nació Jesús, como los escribas, si no llegamos a ese dónde. No basta saber que Jesús nació, como Herodes, si no lo encontramos. Cuando su dónde se convierte en nuestro dónde, su cuándo en nuestro cuándo, su persona en nuestra vida, entonces las profecías se cumplen en nosotros. Entonces Jesús nace dentro y se convierte en Dios vivo para mí. Hoy, hermanos y hermanas, estamos invitados a imitar a los Magos. Ellos no discuten, no, caminan; no se quedan mirando, sino que entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, sino que se postran ante Él, que es el centro; no se quedan fijos en sus planes, sino que disponen a tomar otros caminos. En sus gestos hay un contacto estrecho con el Señor, una apertura radical a Él, un involucramiento total con Él. Con Él utilizan el lenguaje del amor, la misma lengua que Jesús, siendo todavía un infante, ya habla. De hecho los Magos van al Señor no para recibir, sino para dar. Preguntémonos: ¿En Navidad hemos llevado algún regalo a Jesús, para su fiesta, o nos hemos intercambiado regalos sólo entre nosotros?

Si hemos ido al Señor con las manos vacías, hoy podemos remediarlo. El Evangelio reporta de hecho, por así decirlo, una pequeña lista de regalos: oro, incienso y mirra. El oro, considerado el elemento más precioso, recuerda que a Dios se le da el primer lugar. Se le adora. Pero para hacerlo es necesario privarnos nosotros mismos del primer puesto y creernos necesitados, no autosuficientes. Luego está el incienso, que simboliza la relación con el Señor, la oración, que como un perfume sube hasta Dios (cf. Sal 141, 2). Pero, como el incienso para perfumar necesita quemarse, así la oración necesita “quemar” un poco de tiempo, gastarlo para el Señor. Y hacerlo de verdad, no solo con palabras. A propósito de hechos, ahí está la mirra, ungüento que será utilizado para envolver con amor el cuerpo de Jesús bajado de la cruz (cf. Jn 19, 39). El Señor agradece que cuidemos los cuerpos probados por el sufrimiento, de su carne más débil, de quien se ha quedado atrás, de quien sólo puede recibir sin dar nada material a cambio. ¡Es preciosa a los ojos de Dios la misericordia hacia quien no tiene algo para restituir, la gratuidad! Es preciosa a los ojos de Dios la gratuidad. En este tiempo de Navidad que llega a su fin, no perdamos la ocasión de hacer un bello regalo a nuestro Rey, que vino para todos, no sobre los escenarios fastuosos del mundo, sino sobre la pobreza luminosa de Belén. Si lo hacemos, su luz resplandecerá sobre nosotros.