En el signo sencillo del pesebre se manifiesta el misterio de la fe: Meditación del Papa Francisco en la Celebración de la Palabra celebrada en Greccio (01/12/2019)

En el signo sencillo del pesebre se manifiesta el misterio de la fe: Meditación del Papa Francisco en la Celebración de la Palabra celebrada en Greccio (01/12/2019)

El Papa Francisco se dirigió por segunda vez, este 1º. de diciembre, tras la visita privada que realizó en 2016, al Santuario franciscano de Greccio, para recogerse frente al fresco medieval que conmemora la primera representación de la Natividad.

Esta vez, además, el Santo Padre presentó y firmó la Carta Apostólica sobre el significado y el valor del pesebre, y realizó una breve reflexión. Durante la Celebración de la Palabra en la iglesia del Santuario, el Santo Padre Francisco dijo, entre otras cosas que “en este signo, sencillo y maravilloso del pesebre, que la piedad popular ha acogido y transmitido de generación en generación, se manifiesta el gran misterio de nuestra fe: Dios nos ama hasta el punto de compartir nuestra humanidad y nuestra vida”. Transcribimos a continuación, el texto completo de su meditación, traducido del italiano:

Palabras del Papa Francisco a los Hermanos de Greccio

El mensaje más grande de Francisco es el testimonio. Esa frase: “Prediquen el Evangelio, si fuera necesario también con las palabras”. No se trata de hacer proselitismo, de convencer. Los últimos, los pecadores… El testimonio. Él se hizo de la tierra, como dice el Libro del Génesis, Él se hizo tierra, somos tierra… Se enamoró de nuestra tierra… EL testimonio del amor de Jesús… La pobreza, la humildad… Gracias.

Meditación del Papa Francisco en la Celebración de la Palabra

¡Cuántos pensamientos llenan la mente en este lugar santo! Y sin embargo, frente a la roca de estos montes tan queridos por San Francisco, lo que estamos llamados a realizar es, sobre todo, redescubrir la sencillez.

El pesebre, que por primera vez San Francisco realizó en este pequeño espacio, a imitación de la estrecha cueva de Belén, habla por sí mismo. Aquí no es necesario multiplicar las palabras, porque la escena que se pone ante nuestros ojos expresa la sabiduría que necesitamos para captar lo esencial.

Frente al pesebre descubrimos qué importante es para nuestra vida, tan agitada a menudo, encontrar momentos de silencio y de oración. El silencio, para contemplar la belleza del rostro del Niño Jesús, el Hijo de Dios nacido en la pobreza de un establo. La oración, para expresar el “gracias” asombrado frente a este inmenso don de amor que se nos da.

En este signo, sencillo y admirable, del pesebre, que la piedad popular ha acogido y transmitido de generación en generación, se manifiesta el gran misterio de nuestra fe: Dios nos ama hasta el punto de compartir nuestra humanidad y nuestra vida. Nunca nos deja solos; nos acompaña con su presencia oculta, pero no invisible. En toda circunstancia, en la alegría como en el dolor, Él es el Emmanuel, Dios con nosotros.

Como los pastores de Belén, acojamos la invitación a ir a la gruta, para ver y reconocer el signo que Dios nos ha dado. Entonces nuestro corazón estará lleno de alegría, y podremos llevarla donde haya tristeza; estará colmado de esperanza, para compartir con quien la ha perdido.

Identifiquémonos en María, que puso a su Hijo en el pesebre, porque no había lugar en una casa. Con ella y con San José, su esposo, mantengamos la mirada vuelta hacia el Niño Jesús. Que su sonrisa, que estalla en la noche, disperse la indiferencia y abra los corazones a la alegría de quien se siente amado por el Padre que está en el cielo.