Dios “nacido de mujer” para plenitud de nuestra humanidad: Homilía del Papa Francisco en el “Te Deum” de acción de gracias por el fin de año (31/12/2018)

Dios “nacido de mujer” para plenitud de nuestra humanidad: Homilía del Papa Francisco en el “Te Deum” de acción de gracias por el fin de año (31/12/2018)

La tarde de este 31 de diciembre en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco presidió las primeras vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, liturgia a la que siguió la exposición del Santísimo Sacramento, el canto del tradicional himno del Te Deum de agradecimiento por la conclusión del año civil y la Bendición Eucarística.

Al término de la celebración, el Papa se dirigió a la Plaza de San Pedro para detenerse en oración ante el Pesebre. En su homilía el Obispo de Roma puso de manifiesto que al final del año, la Palabra de Dios nos acompaña con dos versículos del apóstol Pablo que representan dos expresiones concisas y densas, como síntesis del Nuevo Testamento, que da sentido a un momento “crítico”, como suele ser un cambio de año. Compartimos a continuación el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Al finalizar el año, la Palabra de Dios nos acompaña con estos dos versículos del apóstol Pablo (cf. Gal 4, 4-5). Son expresiones concisas y densas: una síntesis del Nuevo Testamento que da sentido a un momento “crítico” como es siempre un cambio de año.

La primera expresión que nos impacta es «plenitud de los tiempos». Ésta asume una resonancia particular en estas horas finales de un año solar, en que aún más sentimos la necesidad de algo que llene de significado el transcurrir del tiempo. Algo o, mejor, alguien. Y este “alguien” ha venido, Dios lo mandó: es «su Hijo», Jesús. Hemos celebrado hace poco su nacimiento: nació de una mujer, la Virgen María; nació bajo la Ley, un niño judío, sometido a la Ley del Señor. Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede ser esto el signo de la «plenitud de los tiempos»? Es cierto, para ese momento es casi invisible e insignificante, pero al paso de poco más de treinta años, ese Jesús emanará una fuerza inaudita, que dura todavía y durará por toda la historia: la fuerza del Amor. Es el amor el que da plenitud a todo, también al tiempo; y Jesús es el “concentrado” de todo el amor de Dios en un ser humano.

San Pablo dice claramente porqué el Hijo de Dios ha nacido en el tiempo, cuál es la misión que el Padre le dio para que cumpliera: nació «para rescatar». Esta es la segunda palabra que impacta: rescatar, esto es hacer salir de una condición de esclavitud y restituir a la libertad, a la dignidad y a la libertad propia de hijos. La esclavitud que el apóstol tiene en mente es la de la «Ley», entendida como conjunto de preceptos que observar, una Ley que ciertamente educa al hombre, es pedagógica, pero no lo libera de la condición de pecador, por el contrario, por así decirlo lo “clava” a esta condición, impidiéndole alcanzar la libertad de hijo.

Dios mandó al mundo a su Hijo Unigénito para erradicar del corazón del hombre la esclavitud antigua del pecado y así restituirle su dignidad. Del corazón humano de hecho – como enseña Jesús en el Evangelio (cf. Mc 7, 21-23) – salen todas las intenciones malvadas, las iniquidades que corrompen la vida y las relaciones.

Y aquí debemos detenernos, detenernos a reflexionar con dolor y arrepentimiento por qué, todavía durante este año que llega a su fin, muchos hombres y mujeres han vivido y viven en condiciones de esclavitud, indignas de personas humanas.

También en nuestra ciudad de Roma hay hermanos y hermanas que, por distintos motivos, se encuentran en este estado. Pienso, en particular, en cuantos viven sin una morada. Son más de diez mil. En el invierno su situación es particularmente dura. Son todos hijos e hijas de Dios, pero diversas formas de esclavitud, en ocasiones muy complejas, los han llevado a vivir al límite de la dignidad humana. También Jesús nació en una condición similar, pero no por casualidad o por un incidente: quiso nacer así, para manifestar el amor de Dios por los pequeños y los pobres, y así sembrar en el mundo la semilla del Reino de Dios, Reino de justicia, de amor y de paz, donde ninguno es esclavo, sino todos son hermanos, hijos del único Padre.

La Iglesia que está en Roma no quiere ser indiferente a las esclavitudes de nuestro tiempo, y mucho menos simplemente observarlas y asistirlas, sino quiere ser dentro de esta realidad, cercana a estas personas y a estas situaciones. Cercanía, materna.

Esta forma de la maternidad de la Iglesia me gusta animarla mientras celebramos la divina maternidad de la Virgen María. Contemplando este misterio, reconocemos que Dios «nació de mujer» para que nosotros pudiésemos recibir la plenitud de nuestra humanidad, «la adopción como hijos». De su abajamiento hemos sido elevados. De su pequeñez ha venido nuestra grandeza. De su fragilidad, nuestra fuerza. De su hacerse siervo, nuestra libertad.

¿Qué nombre dar a todo esto, sino Amor? Amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, a quien esta tarde la santa madre Iglesia eleva en todo el mundo su himno de alabanza y agradecimiento.