Catequesis del Papa Francisco: Que Dios nos conceda el don de las lágrimas (12/02/2020)

Catequesis del Papa Francisco: Que Dios nos conceda el don de las lágrimas (12/02/2020)

Uno de los primeros monjes, Efrén el sirio, dice que “un rostro lavado por las lágrimas es de una belleza indescriptible”. Es “la belleza del arrepentimiento, la belleza del llanto, la belleza de la contrición”. Es un “gran regalo de Dios” y es “una gracia que debemos pedir”.

Son algunas de las enseñanzas del Papa en la catequesis de este 12 de febrero, meditando sobre la segunda de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». El Papa realizó algunas distinciones: hay quienes se afligen porque se han equivocado: “esto es orgullo”. En cambio hay quienes lo hacen por el bien omitido, y ese llanto es fruto de “la traición a la relación con Dios”. «¡Bendito sea Dios si llegan estas lágrimas!», exclamó el Obispo de Roma. Compartimos a continuación, el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos emprendido el viaje en las Bienaventuranzas y hoy nos detendremos en la segunda: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

En la lengua griega en la que está escrito el Evangelio, esta bienaventuranza se expresa con un verbo que no está en pasivo – de hecho los bienaventurados no sufren este llanto – sino en el activo: “se afligen”; lloran, pero por dentro. Se trata de una actitud que se ha convertido en central en la espiritualidad cristiana y que los padres del desierto, los primeros monjes de la historia, llamaban “penthos”, es decir, un dolor interior que abre a una relación con el Señor y con el prójimo; a una renovada relación con el Señor y con el prójimo.

Este llanto, en las Escrituras, puede tener dos aspectos: el primero es por la muerte o el sufrimiento de alguien. El otro aspecto son las lágrimas por el pecado – por el propio pecado –, cuando el corazón sangra por el dolor de haber ofendido a Dios y al prójimo.

Se trata entonces de querer al otro de tal manera que nos unamos a él o ella hasta compartir su dolor. Hay personas que permanecen distantes, un paso atrás; en cambio es importante que los otros se abran brecha en nuestros corazones.

He hablado a menudo del don de las lágrimas, y de lo precioso que es.[1] ¿Se puede amar fríamente? ¿Se puede amar por función, por deber? Ciertamente no. Hay algunos afligidos a los que consolar, pero a veces también hay consolados a los que afligir, a los que despertar, que tienen un corazón de piedra y han desaprendido a llorar. También hay que despertar a la gente que no sabe conmoverse del dolor de los demás.

El luto, por ejemplo, es un camino amargo, pero puede ser útil para abrir los ojos a la vida y al valor sagrado e insustituible de cada persona, y en ese momento nos damos cuenta de qué breve es el tiempo.

Hay un segundo significado de esta paradójica felicidad: llorar por el pecado.

Aquí es necesario distinguir: hay quien se enoja porque se ha equivocado. Pero esto es orgullo. En cambio hay quien llora por el mal hecho, por el bien omitido, por la traición a la relación con Dios. Este es el llanto por no haber amado, que brota de tener en el corazón la vida de los demás. Aquí se llora porque no se corresponde al Señor que nos quiere tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; éste es el sentido del pecado. Estos dicen: “He herido a quien amo”, y esto les duele hasta las lágrimas. ¡Bendito sea Dios si llegan estas lágrimas!

Este es el tema de los propios errores que hay que afrontar, difícil pero vital. Pensemos en el llanto de San Pedro, que lo llevará a un amor nuevo y mucho más verdadero: es un llanto que purifica, que renueva. Pedro miró a Jesús y lloró: su corazón fue renovado. A diferencia de Judas, que no aceptó que se había equivocado y, pobrecillo, se suicidó. Entender el pecado es un don de Dios, es una obra del Espíritu Santo. Nosotros, solos, no podemos entender el pecado. Es una gracia que debemos pedir. Señor, que entienda el mal que he hecho o que puedo hacer. Este es un don muy grande y después de entendido esto, viene el llanto del arrepentimiento.

Uno de los primeros monjes, Efrén el Sirio dice que un rostro lavado con lágrimas es indeciblemente hermoso (cf. Discurso ascético). ¡La belleza del arrepentimiento, la belleza del llanto, la belleza de la contrición! Como siempre la vida cristiana tiene en la misericordia su mejor expresión. Sabio y bendito es aquel que acoge el dolor ligado al amor, porque recibirá el consuelo del Espíritu Santo que es la ternura de Dios que perdona y corrige. Dios siempre perdona: no olvidemos esto. Dios siempre perdona, incluso los pecados más feos, siempre. El problema está en nosotros, que nos cansamos de pedir perdón, nos encerramos en nosotros mismos y no pedimos el perdón. Este es el problema; pero Él está ahí para perdonar.

Si tenemos siempre presente que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 103, 10), vivimos en la misericordia y en la compasión, y aparece en nosotros el amor. Que el Señor nos conceda amar en abundancia, de amar con la sonrisa, con la cercanía, con el servicio y también con el llanto.


[1] cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 76; Discurso a los jóvenes de la Universidad S. Tomás, Manila, 18 enero 2015; Homilía del Miércoles de Cenizas, 18 febrero 2015.