Catequesis del Papa Francisco: En las pruebas, Dios vela con nosotros (01/05/2019)

Catequesis del Papa Francisco: En las pruebas, Dios vela con nosotros (01/05/2019)

En su catequesis de este 1º. de mayo, el Santo Padre recordó que el Padre Nuestro comienza de manera serena: nos hace desear que el gran plan de Dios se cumpla entre nosotros.

Luego mira a la vida y nos pregunta qué necesitamos cada día: el “pan cotidiano”. Luego la oración se dirige a nuestras relaciones interpersonales, a menudo contaminadas por el egoísmo: pedimos el perdón y nos comprometemos a darlo. Pero es con esta penúltima invocación – precisó el Pontífice – que nuestro diálogo con el Padre celestial entra, por así decirlo, en el corazón del drama, es decir, en el terreno de la confrontación entre nuestra libertad y las insidias del maligno. Reproducimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre el “Padre Nuestro”, llegando ahora a la penúltima invocación: «No nos abandones en la tentación» (Mt 6, 13). Otra versión dice: “No nos dejes caer en tentación”. El “Padre Nuestro” comienza de manera serena: nos hace desear que el gran proyecto de Dios pueda cumplirse en medio de nosotros. Después echa una mirada a la vida, y nos hace pedir sobre lo necesitamos cada día: el “pan cotidiano”. Después la oración se dirige a nuestras relaciones interpersonales, a menudo contaminadas por el egoísmo: pedimos el perdón y nos comprometemos a darlo. Pero es con esta penúltima invocación que nuestro diálogo con el Padre celestial entra, por así decirlo, en el corazón del drama, esto es en el terreno de la confrontación entre nuestra libertad y las insidias del maligno.

Como se sabe, la expresión original griega contenida en los Evangelios es difícil de traducir de manera exacta, y todas las traducciones modernas se quedan un poco cortas. Sin embargo, podemos converger sobre un elemento de manera unánime; como sea que se comprenda el texto, debemos excluir que sea Dios el protagonista de las tentaciones que aparecen en el camino del hombre. Como si Dios estuviera al acecho para tender insidias y trampas a sus hijos. Una interpretación de este tipo contrasta ante todo con el texto mismo, y está lejos de la imagen de Dios que Jesús nos ha revelado. No olvidemos: el “Padre Nuestro” inicia con “Padre”. Y un padre no pone trampas a sus hijos. Los cristianos no están tratando con un Dios envidioso, en competencia con el hombre, o que se divierte en ponerlo a prueba. Estas son las imágenes de muchas divinidades paganas. Leemos en la Carta de Santiago apóstol: «Ninguno, cuando sea tentado, diga: “He sido tentado por Dios”; porque Dios no puede ser tentado por el mal y no tienta a nadie» (1, 13). Todo lo contrario: el Padre no es el autor del mal, a ningún hijo que pide un pescado le da una serpiente (cf. Lc 11, 11) – como Jesús enseña – y cuando el mal se aparece en la vida del hombre, combate a su lado, para que pueda ser liberado. Un Dios que siempre combate por nosotros, no en contra nuestra. ¡Es el Padre! Es en este sentido que nosotros oramos el “Padre Nuestro”.

Estos dos momentos – la prueba y la tentación – han estado misteriosamente presentes en la vida de Jesús mismo. En esta experiencia el Hijo de Dios se ha hecho completamente nuestro hermano, de una manera que toca casi el escándalo. Y son justamente estos pasajes evangélicos los que nos demuestran que las invocaciones más difíciles del “Padre Nuestro”, las que cierran el texto, ya han sido escuchadas: Dios no nos ha dejado solos, sino que en Jesús se manifiesta como el “Dios-con-nosotros” hasta las últimas consecuencias. Está con nosotros cuando nos da la vida, está con nosotros en las derrotas, cuando pecamos, pero siempre está con nosotros, porque es padre y no puede abandonarnos.

Si somos tentados de hacer el mal, negando la fraternidad con los demás y deseando un poder absoluto sobre todo y todos, Jesús ya combatió por nosotros esta tentación: lo atestiguan las primeras páginas de los Evangelios. Justo después de haber recibido el bautismo de Juan, en medio de la multitud de pecadores, Jesús se retira al desierto y es tentado por Satanás. Satanás estaba presente. Mucha gente dice: “Pero, ¿para qué hablar del diablo que es una cosa anticuada? El diablo no existe”. Mira lo que te enseña el Evangelio: Jesús se enfrentó con el diablo, fue tentado por Satanás. Pero Jesús rechaza toda tentación y sale victorioso. El Evangelio de Mateo tiene una nota interesante que cierra el duelo entre Jesús y el Enemigo: «Entonces el diablo lo dejó y he aquí que los ángeles se acercaron y lo servían» (4, 11).

Pero aún en el tiempo de la prueba suprema Dios no nos deja solos. Cuando Jesús se retira a orar en Getsemaní, su corazón es invadido por una angustia indecible – así lo dice a los discípulos – y Él experimenta la soledad y el abandono. Solo, con la responsabilidad de todos los pecados del mundo sobre la espalda; solo, con una angustia indecible. La prueba es tan lacerante que ocurre algo inesperado. Jesús no mendiga nunca amor para sí mismo, sin embargo en esa noche siente su alma triste hasta la muerte, y entonces pide la cercanía de sus amigos: «¡Quédense aquí y velen conmigo!» (Mt 26, 38). Como sabemos, los discípulos, cargados por un letargo causado por el miedo, se adormecieron. En el tiempo de la agonía, Dios pide al hombre que no lo abandone, y el hombre en cambio se duerme. En el tiempo en que el hombre conoce su prueba, Dios en cambio vela. En los momentos más feos de nuestra vida, en los momentos más sufrientes, en los momentos más angustiantes, Dios vela con nosotros, Dios lucha con nosotros, está siempre cerca de nosotros. ¿Por qué? Porque es Padre. Así iniciamos la oración: “Padre Nuestro”. Y un padre no abandona a sus hijos. Esa noche de dolor de Jesús, de lucha, es el último sello de la Encarnación: Dios desciende a encontrarnos en nuestros abismos y en las tribulaciones que salpican la historia.

Es nuestro consuelo en la hora de la prueba: saber que ese valle, desde que Jesús lo atravesó, no está ya desolado, sino está bendito por la presencia del Hijo de Dios. ¡Él no nos abandonará jamás!

Aleja entonces de nosotros, oh Dios, el tiempo de la prueba y de la tentación. Pero cuando llegue para nosotros este tiempo, Padre Nuestro, muéstranos que no estamos solos. Tú eres el Padre. Muéstranos que el Cristo ya ha tomado sobre sí también el peso de esa cruz. Muéstranos que Jesús nos llama a llevarla con Él, abandonándonos confiados a tu amor de Padre. Gracias.