Catequesis del Papa Francisco: El Espíritu nos mueve a salir de nuestro egoísmo (06/06/2018)

En la 9na. semana del Tiempo Ordinario, pleno verano en Roma, el Papa Francisco presidió la tradicional Audiencia General en la Plaza de San Pedro este 6 de junio y prosiguió con su ciclo de catequesis sobre el Sacramento de la Confirmación. La lectura del Evangelio fue tomada del libro de San Juan, que narra el episodio en que Jesús sopla sobre los discípulos y les da el Espíritu Santo. Siguiendo con la reflexión sobre este Sacramento, el Santo Padre consideró en esta catequesis los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en quienes lo reciben, llevándolos a ser, a su vez, un don para los demás. El Sacramento de la Confirmación vincula a la Iglesia Universal, extendida por toda la tierra, involucrando activamente a los confirmados en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, teniendo todos la responsabilidad de santificarnos los unos a los otros, de cuidar de los demás “para el crecimiento de la Iglesia”. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando la reflexión sobre el Sacramento de la Confirmación, consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a convertirse, a su vez, en un don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el Obispo nos da la unción con el óleo dice: “Recibe el Espíritu Santo que te es dado en don”. Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y hace fructificar, para que podamos darlo a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y tener las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para darlas a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo, entonces, descentralizarnos de nuestro yo para abrirnos al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: somos un instrumento de ese don para los demás.

Completando en los bautizados la semejanza con Cristo, la Confirmación los une más fuertemente como miembros vivos al cuerpo místico de la Iglesia (cf. Ritual de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través del aporte de todos los que forman parte de ella. Algunos piensan que en la Iglesia hay patrones: el Papa, los obispos, los curas y después están los demás. No: ¡la Iglesia somos todos!. Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de cuidarnos unos de otros. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. Debemos de hecho pensar en la Iglesia como en un organismo vivo, compuesto de personas que conocemos y con quienes caminamos, y no como una realidad abstracta y lejana. La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que hoy estamos en esta plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La Confirmación vincula a la Iglesia universal esparcida por toda la tierra, pero involucrando activamente a los confirmados en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, encabezada por el Obispo, que es el sucesor de los Apóstoles.

Y por esto el Obispo es el ministro originario de la Confirmación (cf. Lumen Gentium, 26), porque él inserta en la Iglesia al confirmado. El hecho de que, en la Iglesia latina, este Sacramento sea ordinariamente conferido por el Obispo pone evidencia su «efecto de unir más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo, a los que lo reciben» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1313).

Y esta incorporación eclesial está bien representada por el signo de la paz que concluye el ritual de la crismación. El Obispo dice, de hecho, a cada confirmado: «La paz sea contigo». Recordando el saludo de Cristo a los discípulos en la tarde de Pascua, lleno del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 19-23), – hemos escuchado – estas palabras iluminan un gesto que «expresa la comunión eclesial con el Obispo y con todos los fieles» (cf. CIC, 1301). Nosotros, en la Confirmación, recibimos el Espíritu Santo y la paz: esa paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: cada uno piense en su propia comunidad parroquial, por ejemplo. Está la ceremonia de la Confirmación y después nos damos la paz: el Obispo la da al confirmado, y después en la Misa, la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero ¿después qué sucede? Salimos y empezamos a hablar mal de los demás, a “despellejar” a los demás. Empiezan las habladurías. Y las habladurías son guerras. ¡Esto no va! Si hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, debemos ser hombres y mujeres de paz, y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo! ¡Qué trabajo tiene con nosotros con este hábito de las habladurías! Piensen bien: las habladurías no son una obra del Espíritu Santo, no son una obra de la unidad de la Iglesia. Las habladurías destruyen lo que Dios hace. ¡Por favor, acabemos con el chismorreo!

La Confirmación se recibe solo una vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo. No terminaremos jamás de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen perfume de una vida santa, inspirada en la fascinante simplicidad del Evangelio.

Ninguno recibe la Confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar al crecimiento espiritual de los demás. Sólo así, abriéndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrarnos con nuestros hermanos, podemos de verdad crecer y no solo engañarnos de hacerlo. Cuanto recibimos como don de Dios debe ser de hecho donado – el don es para donar – para que sea fecundo, y no en cambio enterrarlo con motivo en miedos egoístas, como enseña la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30).  También la semilla, cuando tenemos la semilla en la mano, no es para ponerla allí, en el armario, dejarla ahí: es para sembrarla. El don del Espíritu Santo debemos darlo a la comunidad. Exhorto a los  confirmados a no “enjaular” al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. Que el Espíritu Santo nos conceda a todos nosotros el coraje apostólico para comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras, a todos los que encontramos en nuestro camino. Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: las que edifican. No las palabras de las habladurías que destruyen. Por favor, cuando salgan de la iglesia piensen que la paz recibida es para darla a los demás: no para destruirla con el chismorreo. No olviden esto.