Catequesis del Papa Francisco: El Espíritu: Autor de la diversidad, Creador de la unidad (30/05/2018)

La unción con el Santo Crisma es una señal visible del don invisible. Un carácter indeleble que nos configura más plenamente con Jesús y nos da la gracia para difundir por el mundo el buen olor de Cristo. Lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General de este 30 de mayo, prosiguiendo con su ciclo de catequesis dedicadas al Sacramento de la Confirmación. Deseo hoy, precisó el Santo Padre, evidenciar la íntima relación que existe entre este Sacramento con toda la iniciación cristiana. Uno sólo es el Espíritu, recordó el Santo Padre, pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. “El único Espíritu – precisó el Pontífice – distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo es el Creador de la unidad”. Compartimos a continuación, el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el tema de la Confirmación o Crismación, deseo hoy resaltar la «íntima relación de este Sacramento con toda la iniciación cristiana» (Sacrosanctum Concilium, 71).

Antes de recibir la unción espiritual que confirma y refuerza la gracia del Bautismo, los que van a ser confirmados son llamados a renovar las promesas hechas un día por sus padres y padrinos. Ahora son ellos mismos quienes profesan la fe de la Iglesia, dispuestos a responder «creo» a las preguntas dirigidas por el Obispo; dispuestos, en particular, a creer «en el Espíritu Santo, que es Señor de la vida, y que hoy, por medio del Sacramento de la Confirmación, les es conferido de un modo especial, como ya fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés» (Rito de Confirmación, n. 26).

Porque la venida del Espíritu Santo requiere corazones reunidos en oración (cf. Hch 1, 14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el Obispo, con las manos extendidas sobre los que se van a confirmar, suplica a Dios que infunda en ellos su Santo Espíritu Paráclito. Uno sólo es el Espíritu (cf. 1 Cor 12, 4) pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la Confirmación, nn. 28-29). Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que trae el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11, 2), estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para el cumplimiento de su misión. También San Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22). El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas, pero del mismo modo hace la armonía, es decir la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros los cristianos.

Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del Bautismo se comunica a través de la imposición de las manos (cf. Hch 8, 15-17; 19, 5-6; Hb 6, 2). A este gesto bíblico, para expresar mejor la efusión del Espíritu que impregna a quienes la reciben, pronto se agregó una unción con óleo perfumado, llamado crisma[1], mantenida en uso hasta hoy, tanto en Oriente como en Occidente. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289).

El óleo – el crisma – es sustancia terapéutica y cosmética que entrando en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; por estas cualidades fue asumido por el simbolismo bíblico y litúrgico para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra y penetra al bautizado, embelleciéndolo con carismas. El Sacramento es conferido mediante la unción con el crisma en la frente, efectuada por el Obispo con la imposición de la mano y mediante las palabras: «Recibe el sello del Espíritu Santo que te es dado como don» [2]. El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es su sello visible.

Al recibir en la frente la señal de la cruz con óleo perfumado, el confirmado recibe entonces una impronta espiritual indeleble, el “carácter” que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracia para difundir entre los hombres el “buen perfume” (cf. 2 Cor 2, 15).

Escuchemos la invitación de San Ambrosio a los recién confirmados. Dice así: «Recuerda que has recibido el sello espiritual […] y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, te ha confirmado Cristo Señor y ha puesto en tu corazón como prenda al Espíritu» (De mysteriis 7, 42: CSEL 73, 106; cf. CIC, 1303). El Espíritu es un don inmerecido, que se recibe con gratitud, haciendo espacio a su inagotable creatividad. Es un don para ser guardado con cuidado, para secundar con docilidad, dejándose moldear, como la cera, por su ardiente caridad, «para reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy» (Exhort. ap. Gaudete et Exsultate, 23).


[1] Este es un pasaje de la oración para la bendición del crisma: «Ahora te pedimos, oh Padre: santifica con tu bendición este óleo, don de tu providencia; imprégnalo con la fuerza de tu Espíritu y del poder que emana de Cristo, de cuyo santo nombre se llama Crisma al óleo que consagra a los sacerdotes, los reyes, los profetas y los mártires. […] Que esta unción los penetre y los santifique, para que libres de la corrupción original, y consagrados templo de tu gloria, exhalen el perfume de una vida santa» (Bendición del óleo, n. 22)

[2] La fórmula “recibe el Espíritu Santo” – “el don del Espíritu Santo” aparece en Jn 20, 22, Hch 2, 38 y 10, 45-47