Purificar el corazón de la hipocresía y el legalismo: Ángelus del 02/09/2018

“La autenticidad de nuestra obediencia a la Palabra de Dios, contra cualquier contaminación mundana o formalismo legalista” fue el tema sobre el que el Papa Francisco reflexionó en el Ángelus de este 2 de septiembre. Para ello, comentó el Evangelio según San Marcos, en el que los escribas y los fariseos – explica – acusan a los discípulos de Jesús de no seguir los preceptos rituales según las tradiciones e intentan afectar la fiabilidad y la autoridad de Jesús como Maestro. Ante esto – continuó explicando el Papa – Jesús quiere sacudir a los escribas y fariseos del error en el que cayeron, es decir, derrocar la voluntad de Dios descuidando sus mandamientos para observar las tradiciones humanas. “La reacción de Jesús es severa” dijo el Papa, “porque está en juego lo grande”: la verdad de la relación entre el hombre y Dios, la autenticidad de la vida religiosa. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo retomamos la lectura del Evangelio de Marcos. En el pasaje de hoy (cf Mc 7, 1-8.14-15.21-23), Jesús enfrenta un tema importante para todos nosotros los creyentes: la autenticidad de nuestra obediencia a la Palabra de Dios, contra toda contaminación mundana o formalismo legalista. El relato se abre con la objeción que los escribas y los fariseos dirigen a Jesús, acusando a sus discípulos de no seguir los preceptos rituales según las tradiciones. De este modo, los interlocutores intentaban golpear la fiabilidad y la autoridad de Jesús como Maestro porque decían: “Pero este maestro deja que los discípulos no cumplan las prescripciones de la tradición”. Pero Jesús responde fuerte y contesta diciendo: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos de hombres”» (vv. 6-7). Así dice Jesús. ¡Palabras claras y fuertes! Hipócrita es, por así decirlo, uno de los adjetivos más fuertes que Jesús usa en el Evangelio y lo pronuncia dirigiéndose a los maestros de la religión: doctores de la ley, escribas… “Hipócrita”, dice Jesús.

Jesús de hecho quiere sacudir a los escribas y a los fariseos del error en que han caído, y ¿cuál es este error? El de trastornar la voluntad de Dios, descuidando sus mandamientos para observar las tradiciones humanas. La reacción de Jesús es severa porque es grande lo que está en juego: se trata de la verdad de la relación entre el hombre y Dios, de la autenticidad de la vida religiosa. El hipócrita es un mentiroso, no es auténtico.

También hoy el Señor nos invita a huir del peligro de dar más importancia a la forma que a la substancia. Nos llama a reconocer, siempre de nuevo, lo que es el verdadero centro de la experiencia de fe, esto es el amor de Dios y el amor al prójimo, purificándola de la hipocresía del legalismo y del ritualismo.

El mensaje del Evangelio hoy se refuerza también por la voz del Apóstol Santiago, que nos dice en síntesis cómo debe ser la verdadera religión es «visitar a los huérfanos y a las viudas en los sufrimientos y no dejarse contaminar por este mundo» (v. 27).

 “Visitar a los huérfanos y a las viudas” significa practicar la caridad hacia el prójimo a partir de las personas más necesitadas, más frágiles, más en los márgenes. Son las personas de las que Dios tiene cuidado de manera especial y nos pide hacer otro tanto.

 “No dejarse contaminar por este mundo” no quiere decir aislarse y cerrarse a la realidad. No. También aquí no debe ser una actitud exterior sino interior, de substancia: significa vigilar para que nuestro modo de pensar y de actuar no esté contaminado por la mentalidad mundana, o sea por la vanidad, por la avaricia, por la soberbia. En realidad, un hombre o una mujer que vive en la vanidad, en la avaricia, en la avaricia y al mismo tiempo cree y se hace ver como religioso e incluso llega a condenar a los demás, es un hipócrita.

Hagamos un examen de conciencia para ver cómo acogemos la Palabra de Dios. El domingo la escuchamos en la Misa. Si la escuchamos de manera distraída o superficial, no nos servirá mucho. Debemos, en cambio, acoger la Palabra con mente y corazón abiertos, como un terreno bueno, de manera que sea asimilada y dé fruto en la vida concreta. Jesús dice que la Palabra de Dios es como el grano, es una semilla que debe crecer en las obras concretas. Así la Palabra misma nos purifica el corazón y las acciones y nuestra relación con Dios y con los demás es liberado de la hipocresía.

El ejemplo y la intercesión de la Virgen María nos ayuden a honrar siempre al Señor con el corazón, dando testimonio de nuestro amor por Él en las elecciones concretas para el bien de los hermanos.