8vo. Domingo Ordinario

8vo. Domingo Ordinario

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Vas a iniciar este rato de encuentro con el Señor. Y en la oración hay que dejarle a Dios que sea Dios y que obre en nosotros. Él nos trasmite su plan en su Palabra. Hemos de entrar totalmente en su mensaje, para comprender qué quiere Dios nosotros, antes que buscar lo que yo quiero de Dios.

Es necesario que evitemos todo el ruido y distracciones. Es el tiempo más importante, porque el Señor nos va a decir su Palabra y manifestar su voluntad...

Invoquemos al Espíritu que es el artífice de lo que Dios quiere hacer en cada uno de nosotros. Digamos como María: Hágase en mí según tu Palabra.

Recita suavemente la plegaria: Veni, Sancte Spirítus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 6, 39-45

Texto bíblico

Jesús expresa gráficamente y con lenguaje popular como deben ser sus discípulos. En este texto quedan señaladas cuatro características:

  • un ciego no es un buen guía;
  • el discípulo no es más que su maestro;
  • y la viga en el ojo propio es mayor que la basura en el ojo ajeno;
  • todo árbol debe ser podado para que dé buenos frutos.

¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (v. 39)

Estas palabras, cuando las pronunció Jesús, iban dirigidas contra los fariseos. Para Jesús, tales personajes son guías ciegos del pueblo. Pretenden enseñar cuando ellos mismos estaban cerrados a la más grande revelación de Dios, que se manifestaba en Jesús de Nazaret. ¿Cómo van a enseñar el camino correcto si ellos mismo están practicando una religiosidad desviada?

El discípulo de Jesús no puede ser ciego. Pues, tiene en su mano toda la luz que el mismo Jesús nos dejó en su doctrina y en su actuación, que los textos bíblicos nos han transmitidos y que la Iglesia nos enseña a interpretarlos correctamente.

El Maestro auténtico es Jesús. Y siempre para todos los cristianos los Evangelios constituyen la primera y más importante referencia para saber cómo pensar y cómo actuar. No hay discípulo mayor que el Maestro. Jesús es la fuente y El mismo es la Palabra auténtica.

El discípulo de Jesús es reconocido por su misericordia y por sus obras. Para guiar a otros hace falta lucidez, ver las cosas claras. Para dejarse guiar es preciso tener confianza. El maestro cristiano más enseña con sus obras que con sus palabras.

Hipócrita, saca primera la viga de tu ojo (v. 42)

El discípulo de Jesús, al cumplir su vocación de enseñar a los demás, ha de cuidar no caer en la hipocresía, Es decir. Ver los defectos de los demás y creerse él mismo un santo o un perfecto.

La corrección entraña peligro. Y este peligro se manifiesta al querer medir con diferente medida al prójimo y a uno mismo. Sabemos que, en general, somos más sagaces para descubrir los fallos de los otros que los propios. El cristiano tiene que estar alerta para no incurrir en este fallo.

Al cristiano, que ejerce su misión de profeta (catequista, predicador, etc.), le toca corregir las desviaciones doctrinales y fácticas de aquellos a los que evangeliza. Y aquí surge también el peligro de la hipocresía, Si quiere que sus educandos vivan mejor la enseñanza de Jesús y de la Iglesia, él mismo debe ser el primero en hacerlo. Cae en una contradicción, pues por un lado quiere que los alumnos eviten el mal y hagan el bien, pero en sí mismo no es capaz de ir corrigiendo lo que está incorrecto.

Cada árbol se conoce por sus frutos (v. 44)

La hipocresía se va corrigiendo cuando hay armonía entre la conciencia (actitudes interiores) y la acción exterior. Hay que evitar (nos pide Jesús) la “doble cara”, es decir: pensar y sentir correctamente y, en consecuencia, actuar según tales criterios.

Los fariseos y los escribas pensaban que una obra era buena si estaba en consonancia con la ley. No importaba mucho qué se pensaba interiormente. Basaban la bondad de una acción por el cumplimiento estricto de las indicaciones que daba la ley o sus múltiples interpretaciones y normas. Por eso, Jesús les fustiga: sepulcros blanqueados (Mt, 23, 29 y todo el capítulo 23).

¿Cuándo es bueno el corazón, la conciencia del hombre? Sólo cuando el hombre está totalmente transformado por Jesús, el Maestro. Cuando la Palabra de Jesús es asimilada por la interioridad de cada uno, cuando los criterios para orientar los valores y las acciones están de acuerdo con el amor y la misericordia de Dios, manifestadas en la actuación de Jesús.

La conversión constante, sin desmayar, es el camino para ir configurando el interior y el exterior de cada cristiano. No se puede comenzar la conversión sólo proponiéndose hacer actos externos, aun siendo buenas obras. No es tampoco el arrepentimiento (la actuación estrictamente personal) el que hace buena a la persona, sino el don de Dios, la misericordia y la gracia del Señor, que nos anima a volver a su casa y a su amistad. Como lo propone Lucas en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32).

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¿Qué fallos y logros encuentro en mí de acuerdo a lo que Palabra nos ha expuesto?

¿Soy severo o condescendiente al juzgar al prójimo?

En mi actuación, ¿me dejo llevar por los demás o por mis impulsos? ¿Trato de reeducar mi conciencia con criterios evangélicos y no actuar porque así hacen los demás?

¿Fundamento mi vida espiritual principalmente en actos externos: rezos, tareas, programas, etc., pero no pongo mayor interés en la formación de mi conciencia con criterios evangélicos?

¿Agradezco al Señor, siendo consciente que es Él quien me inspira y anima en la respuesta a su voluntad?

¿En qué puntos concretos debo insistir para una mejor formación de mi persona, de acuerdo al Evangelio?

Señor, gracias porque Tú eres el primero y el más interesado en mi crecimiento como hijo tuyo. Tú eres el que me da tu gracia para responder generosamente a tu invitación.

Haz que sepa corresponder a tu gran solicitud conmigo. Que esté siempre abierto al don de tu Amor y misericordia.

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Contempla

A Jesús, sincero y recto en su pensar y en su actuar. Inflexible en su modo de ser y de obrar, aunque le costó la sentencia y la muerte.

A mí mismo, tan débil e hipócrita, pues pienso y sé lo que el Señor y los hermanos me piden, pero actúo de otro modo.

Haz el propósito sincero para trabajar durante esta semana para que desaparezca la hipocresía de tu conducta y para que fundamentes tu vida espiritual en actitudes, valores y criterios evangélicos y no te dejes llevar por las corrientes de moda o por lo que digan o hagan los demás.

Actúa