6to. Domingo Ordinario

6to. Domingo Ordinario

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Vas a iniciar este tiempo de encuentro con el Señor, con Palabra encarnada, que es el Hijo Jesús. Momentos importantes para escuchar al Señor su proyecto y plan sobre ti y sobre tu actuación.

Recuerda que la Palabra de Dios no sólo enseña los caminos de nuestro recorrido desde la fe, sino que también realiza aquello que dice. Y las palabras de Jesús nos indican que mayor es la transformación interior y espiritual que la Palabra efectúa con el que tiene fe.

Invoca al Espíritu, para que disponga tu ánimo, atención y actitud, para la escucha y la interiorización de la Palabra.

Ora suavemente: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 6, 17-26

Contexto

Lucas inicia con las Bienaventuranzas el “sermón del llano” (Lc 6, 17-49). Se distingue así del “sermón del monte” de Mateo (5-7). Mateo le ubica a Jesús en un monte, como contraste al monte del Sinaí, donde Dios, por medio de Moisés, manifestó sus mandamientos. Jesús es más que Moisés. La ley que propone Jesús supera a la ley de los diez mandamientos. Lucas le pone a Jesús predicando en el llano, para indicar que se pone al mismo nivel que la gente.

Texto

1. Jesús

Lucas recoge cuatro Bienaventuranzas y cuatro maldiciones o imprecaciones. Mateo nos ofrece nueve Bienaventuranzas. No describe la contrapartida de las maldiciones.

Lucas se refiere a situaciones concretas de pobreza, marginación, etc. Mateo describe la actitud interior del hombre justo.

Lucas tiene un fuerte acento social. Mateo acentúa la exhortación, describiendo las actitudes morales para pertenecer al Reino.

Lucas refleja su interés por los pobres. Es el evangelista de la ternura de Dios. Insiste en la presencia actual del Reino en los pobres. Lucas rompe los valores que ofrecía aquella sociedad y, también, la nuestra.

Jesús nos ofrece su alternativa. Frente a una situación de pobreza o riqueza, de hambre o de hartura, de felicidad o desgracia, Jesús nos coloca a todos frente a su modo de ver y de construir la sociedad actual.

2. Los dichosos ¿quiénes son?

Las tres primeras Bienaventuranzas forman una unidad: pobres, hambrientos, sufrientes.

Lucas habla de “pobres”, simplemente. Mateo habla de “pobres de espíritu”.

Son los que sienten que están aplastadas y la vida les resulta una carga pesada. Sea por la pobreza material, por la falta de recursos para la salud, educación, vivienda, por la carencia de poder y de influencias, por debilidad física o mental y moral.

3. ¿Por qué son dichosos?

Jesús no proclama a los pobres dichosos solamente por ser pobres. Ni tampoco señala la pobreza como un ideal. Dios no quiere que haya pobres. El pensar lo contrario es una burla y blasfemia contra Dios, que es amor.

Son dichosos porque han puesto su confianza solamente en el Señor. Perseguidos por causa del Hijo del hombre, son los que han optado por el Evangelio.

Los pobres son dichosos, porque tienen a Dios por Rey, forman parte del Reino. Jesús no les promete la felicidad, sino que los declara felices.

Las Bienaventuranzas no son recompensa por las virtudes que los pobres puedan tener. Ni por sus méritos, ni porque son mejores que los ricos. Dios se pone de parte de ellos, porque son los más humillados y marginados. Porque Dios es el Señor de la vida, de la justicia, de la verdad, de la misericordia y del amor.

4. Es una Buena Noticia

Las Bienaventuranzas son el corazón del Evangelio. Porque es la gran-Buena Noticia de que Dios no se olvida de los pobres, de que está con ellos. Ésta es la imagen perfecta de Dios: creador, re-creador de la dignidad de la persona. Y también es la imagen perfecta del lugar en que se debe colocar el cristiano, para encontrar gozo y paz, felicidad aquí en esta tierra.

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El Señor me ama, porque soy limitado y necesitado de su misericordia y ayuda. El señor, a pesar de mis fallos y pecados, sigue derrochando su amor. Puesto que su plan es que, en definitiva, todos sus hijos reciban las consecuencias de su gran Amor y llegan a gozar en su casa con Él.

Nunca puedo sentirme abandonado del Padre, que me ha demostrado cuánto me ama en la entrega de su Hijo. Así lo dijo El mismo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su hijo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él (Jn 3, 16-17).

Las bienaventuranzas proclaman que, aunque nos veamos en graves dificultades, somos amados del Padre. Y ese amor lo ha manifestado en la acción suprema del envío de su Hijo Jesús, que lo dio todo hasta el fin, hasta la muerte.

Reza con el texto bíblico de las Bienaventuranzas. Experimenta que el Señor te las dice a ti en persona, para que entiendas los valores auténticos del Evangelio. Dale gracias por esta gran revelación. Pide que estos valores, proclamados por Jesús, los vayas haciendo tuyos.

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Contempla

A Jesús; es el primer y gran bienaventurado, porque confió totalmente en el Padre.

A ti mismo, para que esta Buena Noticia impregne tu corazón.

Invoca a Jesús con una bonita letanía:

Tú, Jesús, que eres el gran Bienaventurado... Haz mi corazón semejante al tuyo.

Tú, Jesús, que amas a los pobres que confían en el Padre... Haz mi corazón semejante al tuyo.

Tú, Jesús, que te acercaste y consolaste a los marginados... Haz mi corazón semejante al tuyo.

Tú, Jesús, que das la alegría más plena... Haz mi corazón semejante al tuyo.

Asume tu compromiso ante el Padre, ante Jesús y ante los hermanos.

Tienes una bella vocación: llevar el gozo y la alegría a los que están deprimidos y trabajar para que los pobres no sean tan pobres (en lo económico, educativo, salud, derechos humanos, en la vida espiritual, etc.)

No te olvides de este mensaje esencial del Evangelio. Si encuentras este tesoro, de vivir las Bienaventuranzas, dale gracias a Jesús y al Padre.

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