5to. Domingo de Cuaresma

5to. Domingo de Cuaresma

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Pide la luz del Espíritu. Deja a un lado tus preocupaciones. Serénate.

Haz la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Juan 8, 1-11

Contexto

Este texto evangélico sintoniza más con el estilo de Lucas. Como en la parábola del hijo pródigo, también en este relato se manifiesta el perdón, la misericordia y la amistad de Dios. Y se manifiesta en los gestos y en las palabras de perdón de Jesús.

Muchos estudiosos de la Biblia dicen que es un texto que originalmente no perteneció a este evangelio de Juan.

De todos modos, pertenece a una tradición evangélica y su enseñanza es clara.

El adulterio en Israel era considerado como un delito público. Era castigado con la lapidación hasta la muerte (Lv 20).

Es un relato que pone en contraste los diferentes modos de enjuiciar la conducta de los demás y los diferentes modos de condenar. Para el hombre adúltero no existía tal castigo. Los fariseos y escribas tenían una norma rigurosa para condenar a la mujer. Y, en cambio, para ellos fácilmente se presentaban como "buenos e inocentes". Jesús desenmascara este modo de proceder.

Texto

Todo el texto se centra en la frase: ¿Dónde están? ¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte? Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar (vs. 10-11).

1. La acogida de la pecadora

Jesús acoge a la pecadora con delicadeza y respeto. Es el rostro de la misericordia del Padre. Jesús se define así: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Mt 9, 13).

A la pecadora le recomienda que no peque más, después de perdonarla y devolverle su dignidad perdida.

2. Los acusadores

Son estrictos para hacer cumplir la ley.

Tienden una trampa a Jesús: si perdona a la pecadora, le acusarán de no cumplir la Ley. Y si aplica la ley, le acusarían de "asesino" o inmisericorde.

Se fijan en el pecado ajeno y no hacen caso de su propio pecado. Se creen los buenos.

Condenan sin compasión tanto a Jesús como a la mujer.

Son descubiertos en su hipocresía y maldad. Se retiran de la presencia liberadora de Jesús con sus pecados. No se arrepienten.

3. Jesús

Se da cuenta de las malas intenciones de los acusadores.

Les devuelve la acusación: Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra (v. 7). Así quedan desenmascarados.

Se queda solo frente a la mujer. No le reprende. No le acusa. Le comprende. Le perdona totalmente. Es la misericordia de Dios actuando en Jesús. Es el modo con que Dios nos recibe, nos perdona, nos ama.

Recomienda a la mujer que cambie de vida: No vuelvas a pecar (v. 11). Así la rehabilita como mujer y como hija de Dios.

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Destaca este texto la gran misericordia de Jesús con los pecadores que se abren al arrepentimiento.

¡Cuánto tengo que aprender de esta actitud comprensiva y de perdón de Jesús!

Jesús, misericordia del Padre, que has venido a encontrarte con nuestra miseria en los caminos del mundo, en las plazas de nuestras ciudades.

Tú siempre te vuelves a nosotros con tus brazos infinitos, abiertos para abrazar al que estaba perdido, en el ímpetu de tu piedad.

No queremos ser escribas ni fariseos, acusadores de nuestros hermanos, dispuestos a lanzar a otros la piedra de nuestro pecado.

Jesús, Señor del soberano silencio, en medio del tumulto de nuestras pasiones, haznos capaces de callar ante ti mientras nuestra alma, desnuda y avergonzada, se confiesa sencillamente dejándose mirar por tus ojos de pastor humilde.

¿Quién nos condenará si tú nos absuelves? ¿Quién nos despreciará si tú nos amas?

Tú eres el único que te quedas con nosotros, oh Inocente, oh Puro, oh Santo, que no puedes ver el mal.

Míranos purificados por tu perdón: no queremos pecar más. Confírmanos en la fidelidad de tu amor. Amén.

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Contempla

Déjate llevar por la sana curiosidad. Entra en la escena. Míralos a todos. Pero, sobre todo, posa tus ojos en Jesús: ¡qué ternura con la pecadora!, ¡qué santa indignación con los acusadores!

También tú puedes sentirte así ante el Todo-misericordioso. Unas veces como acusador de otras personas y otras como receptor del perdón y de la amistad de Jesús.

Pídele perdón por lo primero y dale gracias porque él siempre te acoge y te comprende.

Siente que Jesús, rostro del Padre, te perdona siempre. Y te aconseja: Anda, camina, no peques más.

Resume en un buen propósito todo este diálogo que has tenido con el Señor.

No juzguen, y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará (Lc 6, 37). ¡Haz resonar en tu interior esta recomendación de Jesús!

Lleva a tu vida esta bella orientación de Jesús durante la semana. Él te dará su fortaleza para ir cumpliéndola.

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