4to. Domingo de Cuaresma

4to. Domingo de Cuaresma

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Pide la luz del Espíritu para profundizar el misterio de la Palabra de Dios y sentir la experiencia del perdón y de la amistad del Padre, manifestados en Jesús.

Reza la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32

Contexto

Lucas nos describe, antes de las tres parábolas del capítulo 15, una breve introducción que enfoca el sentido de la enseñanza de Jesús. Los fariseos acusan a Jesús de que anda con los pecadores y recaudadores de impuestos. Y Jesús responde con las parábolas de la misericordia. Así se las ha llamado.

Estas parábolas son parecidas entre sí en su estructura: pérdida de la oveja, de la moneda y huida del hijo pródigo.

Jesús demuestra que él se comporta como el Padre Dios, que es misericordia y ternura. Y Jesús también quiere ser - ¡lo es! - la misericordia y la ternura del Padre, manifestadas en gestos y palabras humanas.

Jesús está rodeado de pecadores, come con ellos. Los pecadores se acercan a Jesús, le consideran su amigo. Los escribas y fariseos murmuran, se escandalizan y censuran la conducta de Jesús, que es contraria a la Ley.

El protagonista de las parábolas es el mismo Dios. Jesús es el "revelador" del Padre.

Lucas ha sido calificado como el "evangelista de la ternura de Dios".

Texto

La parábola del hijo pródigo (mejor: la parábola del Padre misericordioso) tiene dos partes, señaladas por la frase: Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado (vs. 24 y 32).

La primera parte (vs. 11-24) es completa en sí misma. Podía terminar la parábola ahí. Pero, Lucas añade la segunda parte (25-32). ¿Por qué? Porque entre los oyentes de Jesús había personas (fariseos, escribas) que se escandalizan por la conducta de Jesús y que se creían los "buenos".

1. El hijo menor

Reclama la parte de la herencia que le corresponde. Según la ley hebrea, los hijos sólo podían disfrutar de la parte de la herencia después de la muerte del padre (Eclo 33, 20-24).

Despilfarra la fortuna, malviviendo como un gran pecador.

Llega a una situación de total desamparo e infelicidad:

  • hambre, cuidado de cerdos (trabajo denigrante para un judío, que no podía tener ni comer carne de puerco, animal declarado inmundo);
  • deseaba comer lo mismo que tales animales;
  • reflexiona y decide regresar a la casa paterna;
  • sólo como jornalero, sabiendo que perdió sus derechos a la herencia.

2. El hijo mayor

Reacciona violentamente contra el padre y contra su hermano: no quiere entrar a la casa.

No entiende lo qué es el amor del Padre: su misericordia y perdón. Está en la casa, pero no comprende qué es "ser padre".

Se queja de su padre: nunca le ha dado un cabrito para comer con sus amigos.

Todo lo del padre es suyo, pero no sabe disfrutarlo ni compartirlo.

Se cree bueno y responsable, pero desprecia a su hermano, a quien le llama no hermano, sino ese hijo tuyo.

3. El padre con el hijo menor

Se deshace en abrazos, besos, y en regalos: vestido nuevo (signo de invitado de honor y de salvación) anillo (significa: confianza y entrega de poderes), sandalias (signo de libertad; no tiene que andar como un esclavo, descalzo, sino como un auténtico hijo).

No le deja al hijo que exprese su frase de perdón.

Prepara la gran fiesta: banquete, música, alegría. El banquete es signo de alegría y comunión compartida, fiesta y acogida.

4. El padre con el hijo mayor

El padre salió y trataba de convencerlo (v. 28). Le llama: Hijo.

Le recuerda con increíble ternura: tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo (v. 31).

Le hace ver que el "ese hijo tuyo" es también su hermano: Hermano tuyo (v. 32).

Y trata de hacerle entender que había que hacer fiesta y alegrarse (v. 32).

5. Jesús, el rostro del Padre

Jesús se describe a sí mismo como el "rostro compasivo y misericordioso" del Padre.

Dios Padre, contra toda lógica y estilo humano, nos espera, nos ama, nos perdona y hace fiesta por nuestro regreso a su amistad.

Dios nos ama y nos perdona sin condiciones, Nos devuelve la dignidad perdida. Nos admite en su casa, en su total amistad. Le damos una gran alegría. Y nos organiza una gran fiesta. Ningún reproche, ninguna revisión de nuestra vida desviada. Por supuesto, nada que suene a castigo o reprensión. ¡Qué maravilla!

Realmente, ¡Dios se pasa de bueno! ¡Es un "Padrazo"!

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Reflexiono sobre la enseñanza que me ofrece la Palabra. ¿Cómo utilizo la "herencia", los dones que Dios me ha regalado? ¿Los pongo al servicio de los hermanos, o los despilfarro para mi propio beneficio?

¿Acojo al hermano que ha fallado cuando, arrepentido, vuelve a la casa paterna o me molesta la misericordia del Padre?

Dile al Padre: gracias por tu gran amor, por tu perdón, por tu ternura.

Dile a Jesús: gracias, porque has venido a manifestarme quién es Dios, y me acompañas por estos caminos desviados, por los que ando con frecuencia, para que contigo regrese al amor del Padre. Te has vestido con mis andrajos para que, arrepentido, camine hacia el Padre, siempre acompañado por ti.

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Contempla

Al Padre que me espera, me ama, me perdona, prepara el banquete de comunión y de fraternidad.

A Jesús, que me acompaña en mis desvaríos y pecado, para motivar mi retorno al Padre.

A la Iglesia, Madre y Medianera, que me ofrece el perdón y la amistad con el Señor, sobre todo, en el Sacramento de la Reconciliación.

Haz un propósito sincero a través de acciones concretas durante esta semana, para no apartarte nunca del amor del Padre, manifestado en Jesús.

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