3er. Domingo de Cuaresma

3er. Domingo de Cuaresma

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Ponte en la presencia del Señor, que quiere decirte algo a través de su Palabra.

Pide la iluminación del Espíritu para captar, acoger, entender y vivir la Palabra.

Deja a un lado las distracciones, las tareas. Lo más importante ahora es estar con el Señor.

Pídele a María su actitud reverente ante la escucha de la Palabra. Reza la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 13, 1-9

Contexto

El tema de la conversión domina el ciclo del año C. Aparece en el Evangelio de este 3er. Domingo de Cuaresma.

Está ubicado este texto evangélico entre las enseñanzas que Jesús va impartiendo en el camino hacia Jerusalén, que narra Lucas desde 9, 51. Es el nuevo Éxodo, iniciado por Jesús, acompañado de sus discípulos, que formarán el nuevo pueblo, la Iglesia.

Jesús advierte a la gente (12, 54-57) que aprendan a discernir los signos de los tiempos.

Es en este contexto, cuando le cuentan a Jesús los dos trágicos sucesos: la matanza de los galileos por Pilatos y la muerte de los dieciocho de Jerusalén al desplomarse la torre de Siloé.

Texto

1. Interpretar los signos de los tiempos.

Entre los judíos era muy frecuente pensar que las catástrofes, enfermedades y desgracias personales eran un castigo de Dios por sus pecados. Las clases elevadas pensaban así porque ellos se creían los "bendecidos" por Dios, por su buena situación económica y porque todo les iba bien.

Jesús aprovecha la ocasión para rectificar tal modo de pensar. Los que murieron violentamente no fue porque ellos eran más o menos pecadores que los demás. Los acontecimientos históricos adversos no son un castigo de Dios. Hay que interpretar la historia de otra forma. Tales accidentes mortales no son una condena de las víctimas, sino una invitación urgente a la conversión de los supervivientes (v. 2 y 4). Son llamadas a la propia conversión. Todos necesitamos cambiar para recibir el Reino que está presente.

El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes 4, afirma que "es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio".

2. Parábola de la higuera estéril

Para los profetas, la higuera se había convertido en símbolo de la infidelidad de Israel (ver: Jr 8, 13; Os 9, 10; Miq 7, 1). Y en los Evangelios sinópticos, la higuera es objeto de una solicitud paciente y amorosa, que no es correspondida (Mc 11, 12-14; Mt 21, 18-22).

Jesús deja la puerta abierta a la esperanza. El labrador (Jesús) suplica (al Padre) para la higuera (nosotros) un tiempo de espera y de confianza. El Señor está dispuesto a concederlo añorando los frutos tanto tiempo esperados.

3. Camino de conversión

La Iglesia, sobre todo en Cuaresmas, se une a este ruego de Jesús, para aprovechar este tiempo favorable, tiempo de salvación (2 Cor 6, 2), a favor de nuestra conversión.
Hacer penitencia significa asumir esta visión nueva para penetrar y entender los signos de los tiempos, lo que nos acontece cada día, para inaugurar los tiempos nuevos de Jesús, que ha puesto fin al pecado.

La parábola nos muestra la paciencia y la misericordia del Padre, que espera que demos frutos de buenas obras.

4. Ayudarse y ayudar a caminar

Un fruto visible de la conversión es emprender de nuevo nuestro camino con Jesús hacia Jerusalén, hacia el misterio pascual: muerte y resurrección. Rodeados como estamos de signos de muerte (guerras, abortos, odios, violencias, difamaciones, extorsiones, corrupciones...), hemos de colaborar con los signos de vida y de resurrección para que nosotros, junto con los demás, produzcamos en la Iglesia y la sociedad frutos para el Reino.

Con nosotros mismos y con los demás, la receta es: paciencia y cultivo. Es decir, esperar contra toda esperanza que nuestra vida dará frutos y que los demás, a pesar de lo signos negativos actuales, algún día también darán frutos.

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Trato de acoger la enseñanza que me ofrece la Palabra. ¿Cómo voy de conversión? ¿Pienso que ya estoy convertido o que el proceso de conversión es constante?

¿Respondo al Señor para ofrecerle frutos de conversión y de buenas obras? ¿Qué me falta?

Le digo al Señor que:

  • quiero aprender de Él a tener paciencia conmigo mismo y con los demás;
  • quiero aprender a escuchar su voluntad, a descubrir los signos o señales que Él quiera sugerirme;
  • me cuente algo de lo mucho que hace por mí, en mi historia personal y familiar;
  • me enseñe a acercarme al sufrimiento del hermano, para colaborar juntos a favor de otros más necesitados;
  • no quiero interpretar torcidamente la conducta del prójimo; no quiero juzgarlo ni culparle de nada; más bien, quiero comprenderlo.
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Contempla

A Jesús que contradice los malos juicios sobre los demás, acusándoles de pecadores;

A Jesús que nos invita a la conversión y a cambiar nuestra vida;

A Jesús que nos invita a producir frutos de verdadera penitencia.

Voy a concretar en algún propósito sincero para esta semana, las luces que el Señor me ha dado por medio de su Palabra.

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