21er. Domingo Ordinario

21er. Domingo Ordinario

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Prepárate para la oración. Es un tiempo privilegiado. No lo tomes nunca como rutina. El Señor te va a decir su Palabra, su mensaje. Te va a descubrir su misterio.

Vive con alegría estos momentos. Deja a un lado toda preocupación, planes, proyectos.

Abre tu conciencia para escuchar la Palabra, lo que el Señor quiere decirte. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Orar es fomentar el deseo de conocerle y creer más en Él.

Orar es mirar siempre el futuro, no suspirar por tiempos pasados, para encontrarte ahora con el Padre, el Hijo amado y el Espíritu.

Invoca al Espíritu rezando suavemente: Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 13, 22-30

Texto

1. Esfuércense por entrar por la puerta angosta (v. 24)

A la pregunta que le hace una persona ¿Son pocos los que se salvan?, Jesús no la responde directamente. Quiere poner el acento no en el número de los que se salvan sino en el cómo de la salvación, sobre el esfuerzo que se requiere por parte de cada discípulo.

La puerta angosta, de que habla Jesús, significa que cada uno debe esforzarse por vivir el Evangelio, renunciando a muchos apegos que frenan o dificultan la salvación. La salvación no se concede automáticamente. Cada uno ha de responder al don que ofrece el Señor. El Evangelio se propone, no se impone. Depende de la libertad de cada uno el aceptar o rechazar con sus propios actos la oferta de la salvación.

La puerta del Reino es estrecha, porque choca con otros valores (anti-valores) que la sociedad ofrece y propone y que van en contra de la vocación del discípulo de Jesús. Nos sentimos en ocasiones desprovistos de ideales y faltos de esfuerzo personal. Recurrimos a Dios para obtener algún favor material: salud, curaciones, trabajo… Pero, la relación permanente y la comunicación amistosa con Él, tal vez no la cultivamos debidamente.

2. No sé de dónde son (vs. 25 y 27)

No basta con decir: “soy católico, creo en Dios…”. Ya lo advierte el mismo Juan Bautista en su predicación: Den frutos que prueben su conversión, y no anden diciendo: "Somos descendientes de Abrahán" (Lc 3, 8).

La nota típica de nuestro esfuerzo está en el dinamismo de la conversión. Es la constante que el cristiano ha de tener presente en todo momento. Es la clave para discernir la sinceridad de nuestra actitud y de nuestro esfuerzo. De poco servirá lo más valioso de nuestras prácticas religiosas (sacramentos, oración, etc…), si, al fondo, no se da el deseo de conversión.

No basta con haber pertenecido al pueblo de Dios por la circuncisión, o incluso, por el bautismo, si no se han dado frutos dignos de la conversión, como la caridad sincera.

No basta con haber enseñado la Palabra de Dios, si no ha ido acompañada la Palabra dicha con la coherencia y sinceridad de vida.

3. Vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur (v. 29)

El Reino con su oferta de salvación esta abierto a todos. Dios rechaza a los circuncisos y a los bautizados que no son fieles. Mientras que admite a los paganos que lo buscan y lo encuentran.

Los cuatro puntos cardinales a que alude el Evangelio de hoy (v. 29) se refieren a los que viven en la marginación, en el Tercer Mundo, en los rincones olvidados del universo.

El pueblo judío, que rechazó a Jesús y su propuesta de salvación, había sido el “elegido” como el primero para recibir la salvación del Mesías. Con todo, el Evangelio llegó hasta los confines del orbe, convocando a pueblos de toda raza, lengua, nación, sin exclusión de nadie. La historia de la evangelización emprendida por la Iglesia lo manifiesta.

Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos (v. 30). Los impenitentes serán rechazados. En cambio, los que aceptaron el Reino y fueron coherentes con su vida, ésos estarán en los primeros puestos del Reino. El Reino no es un privilegio que se adquiere por títulos o herencia. Es un don, una oferta generosa y gratuita que el Señor nos ofrece a todos. Pero que requiere nuestra aceptación y respuesta total.

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La Palabra de Jesús nos coloca ante dos grandes verdades.

  • El amor de Dios es exigente. No es una imposición, sino una invitación desde el infinito Amor que el Padre nos tiene en Jesús.
  • El amor de Dios es universal. Está por encima de los criterios y categorías humanas. El amor de Dios no queda limitada por la participación de muchos. Al contrario, cuantas más personas lo viven, más se multiplican y beneficia. Como la luz y el calor del sol: la misma función realiza sea una persona o un millón los que se benefician de sus regalos.

Padre, tu Amor es grande y fuerte para nosotros. Siguen insistiendo siempre para que nos volvamos a Ti. Es el Padre que está siempre a la espera, constante y amable, de sus hijos, que se alejaron de su amistad.

Jesús, Tú eres el Hijo que respondiste íntegramente al Padre desde tu condición humana. Haz que nosotros aprendamos tu estilo y tu entrega.

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Contempla

A Jesús, que con sus palabras y gestos humanos, nos hace comprender el Amor del Señor por cada uno de nosotros.

A mí mismo, que soy indolente para darle al Señor una respuesta total.

A los hermanos, a quienes tengo que animar con el testimonio de mi conducta y palabras.

Haré una revisión de toda mi vida. ¿Cómo ando en la actitud de entregarme del todo al Señor? ¿Qué siento que me falta? ¿Qué me pide Dios como respuesta a su gran Amor?

Repetiré con frecuencia durante la semana: Hágase en mí según tu Palabra y tu amor.

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