18vo. Domingo Ordinario

18vo. Domingo Ordinario

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Vas a entrar en la oración, en diálogo con el Señor, que te manifiesta su querer desde la Palabra, el Hijo, que te trasmite el mensaje de parte del Padre.

Aprovecha este tiempo privilegiado de escucha y respuesta en torno a la Palabra.

Orar es abandonarse al designio de Dios sobre tu vida. Comprometerte a realizar su voluntad.

Orar es huir de la mediocridad y de la superficialidad, sin permitir que la rutina te impida ver la dirección y el sentido de tu camino.

Orar es renunciar a lo que te parece más cómodo o menos complicado, para orientar tus pasos siempre según el proyecto del Señor para tu vida.

Invoca al Espíritu, que está dispuesto para inspirarte y animarte: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 12, 13-21

Texto bíblico

1. Tengan mucho cuidado con toda clase de avaricia (v. 15)

En este relato Jesús nos da una enseñanza sobre cómo usar las riquezas. Y lo hace mediante un diálogo y una parábola.

Jesús no quiere hacer de juez. No responde a aquel que le pide mandar a su hermano que reparta le herencia con él. Esto era lo habitual en tiempo de Jesús: el primogénito tenía derecho a toda la herencia.

Jesús plantea, más bien ofrece una enseñanza sobre el recto uso de los bienes. Jesús va a la raíz: no dejarse llevar por la avaricia o la codicia.

Pablo llama idolatría a la codicia: Destruyan, pues, lo que hay de terreno en ustedes: fornicación, impureza, pasión desordenada, malos deseos y codicia, que es una especie de idolatría (Col 3, 5). La idolatría es poner la confianza y entregar la vida a algo o alguien que no es Dios.

2. ¡Torpe! Esta misma noche morirás (v. 20)

La parábola muestra que el rico es un insensato, un necio. A pesar de haber calculado todo el crecimiento económico debido a las buenas cosechas, sin embargo, no se da cuenta de lo principal: la salvación definitiva.

La lección es clara: las riquezas no dan seguridad ni confianza. Tal rico piensa y actúa como un pagano o un ateo, como aquel que no cree en Dios ni en la otra vida. Se da en esta enseñanza de Jesús un rechazo a la acumulación de bienes para el disfrute de uno mismo, sin tener en cuenta a los muchos necesitados que le rodean.

El que vive preocupado de sus riquezas y se olvida del prójimo necesitado está olvidando su condición de hijo de Dios y hermano de los otros. Sólo busca su seguridad, su placer, su comodidad. Tiene el corazón insensible a la necesidad del prójimo.

Jesús condena la falta de solidaridad con el prójimo necesitado en aquel que abunda en bienes y en riquezas. Por eso, es necio aquel que dedica toda su vida a acumular y a disfrutar de los bienes adquiridos, sin importarle nada la penuria ajena.

3. La vida no depende de las riquezas (v. 15)

Las riquezas no son una divinidad. La vida del hombre no se reduce a lo que posee o puede poseer. El discípulo de Jesús no tiene que preocuparse de las riquezas como si fuera un pagano o un ateo. La dignidad de la persona no está en el tener sino en el ser.

La vida del discípulo de Jesús ha de tener como ideal el Reino de Dios, la salvación de todos, la caridad con todos, la justicia para todos. El cristiano debe valorar sus bienes para darles un destino justo y caritativo para su familia, para sus empleados, para los pobres.

La sociedad pone otros valores: tener, hacer rendir el capital, llevarse buena vida el que tiene y el que puede. El cristiano ha de pensar que sus bienes son suyos en tanto en cuanto sirven para el bien de la familia y de otros hermanos necesitados. Los Padres de la Iglesia afirman que los bienes o las riquezas no son de aquel que se dice propietario, sino de quien más lo necesita.

Jesús establece los criterios de cómo usar de las riquezas. Tales criterios los tiene en cuenta aquel que se hace rico a los ojos de Dios (v. 21). Y se olvida de ellos el que acumula tesoros para sí (v. 21).

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La Palabra de Jesús me compromete a revisar cómo utilizo el dinero, qué apego tengo a las cosas, en qué lo empleo. ¿Cómo estoy de ambición? ¿Envidio al que tiene y puede vivir mejor que yo? En el presupuesto económico, reservo alguna cantidad para ayudar a los necesitados? ¿Me dejo llevar del consumismo y adquiero lo que no necesito?

¿Me siento más que los pobres y los necesitados? ¿Me dejo llevar por el orgullo? ¿Cómo debo administrar el dinero de que dispongo a la semana, al mes? ¿Qué criterios me orientan en el empleo del dinero?

El nuevo humanismo, que incluye ser sabios en la administración responsable de las realidades de este mundo según la ley de Dios, para nuestra utilidad y la de los hermanos, es una gracia que debemos implorar (Vaticano II, Gaudium et spes 31.55).

Señor, quiero arrancar de mi corazón toda codicia, toda ambición. Quiero entender que Tú eres mi mayor y mi único tesoro. Desde tus mismos modos, quiero organizar mi vida, la de mi familia o comunidad, para que no me quede esclavizado por el dinero ni por las cosas.

Te diré con Francisco de Asís: Padre, Tú eres el Bien, todo Bien, sumo Bien, Señor Dios, vivo y verdadero.

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Contempla

A Jesús que, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza (2 Cor 8, 9).

A ti mismo, tan apegado con frecuencia a los bienes materiales y tan olvidadizo de los necesitados de cualquier tipo de ayuda.

No me dejaré arrastrar por el afán del consumismo. Revisaré lo que tengo en casa para ir prescindiendo de tantas cosas, a las que estoy apegado.

Exclamaré durante esta semana como Francisco de Asís: Padre, Tú eres el Bien, todo Bien, sumo Bien, Señor Dios, vivo y verdadero.

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