16to. Domingo Ordinario

16to. Domingo Ordinario

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El Señor te ha llamado para decirte su mensaje, su Palabra. Se acuerda de ti. Y te hace este favor de comunicarte su deseo, de iluminar tu conciencia, de hacer crecer tu propia personalidad espiritual.

Entras así en diálogo con Él. Pregúntale al Señor: ¿Por qué me has llamado? Me buscas por mis caminos, me acompañas en mis actos y ves que soy pobre, necesitado de tu amor.

Orar es escuchar al Padre que te llama nuevamente y desea que le escuches atentamente.

Orar es dejar lo tuyo por un tiempo, sentir tu limitación y pobreza, para experimentar que el Señor te va a llenar.

Orar es experimentar que es imposible conocer al Señor sin amarle, sin responderle, sin seguirle. Por eso, me acojo al amparo de su misericordia, que me conoce, me comprende, me ayuda, me ama.

Invoca al Espíritu: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 10, 38-42

Texto bíblico

Este relato lo hemos escuchado muchas veces. Y también, su interpretación o explicación. Pero, es necesario interpretarlo lo más adecuadamente posible, a pesar de que ya hemos leído y escuchado diferentes enseñanzas (tal vez, desviadas) sobre el mismo.

No se debe contraponer las diversas posturas de estas dos mujeres ante Jesús. No podemos quedarnos con que Marta representa la actividad, rayana en activismo, y que María significa la vida contemplativa ante el Señor. Una es la que se preocupa por lo material (Marta) y otra (María), la que está en el centro del ser cristiano: la contemplación, la oración.

De este texto, no se puede deducir la superioridad de la contemplación sobre la acción.

1. Una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa (v. 38)

Marta, como María, es discípula del Maestro. Recibe y atiende a Jesús lo mejor que puede. Le abre las puertas de la casa. Es hospitalaria y ejerce el servicio y la caridad. En consecuencia, quiere atender al Maestro que les visita. Tal actitud y disponibilidad son de alabar en Marta.

Con todo, se atreve a juzgar la conducta de su hermana María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra (v. 39).

El fallo de Marta consiste en su nerviosismo, preocupación, activismo, dejando a un lado lo más importante: estar a la escucha de la Palabra. Así le hace ver el mismo Jesús: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas... (v. 41).

Marta se desvive en su tarea. Se cree en posesión de la verdad. De ahí que pretenda que su hermana también haga lo que ella está haciendo. Y se lo hace ver nada menos que al huésped Jesús: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola para servir? (v. 40).

Todavía más. Su imposición llega a tal punto que indica a Jesús que le mande a su hermana a colaborar con ella en el trabajo: Dile que me ayude (v. 40).

Podemos resumir así la actuación de Marta: mucho interés por atender bien al Maestro, caritativa y hospitalaria. Pero, al mismo tiempo, a Marta se la ve: impositiva, poseedora de la verdad, dominante, antidialogante y ansiosa.

2. Una sola cosa en necesaria (v. 42)

La respuesta de Jesús manifiesta el criterio certero en las diferentes actividades del creyente y del discípulo.

A Marta le reprocha por su ansiedad, inquietud y nerviosismo. No le reprocha por su actitud de servicio, hospitalidad y caridad. A María le alaba por su dedicación a la escucha de la Palabra y al estar con Jesús.

En la historia de la espiritualidad cristiana, siempre se han dado diferentes modos de entenderla y de vivirla. ¿Cómo acoger a Jesús, cómo vivir su mensaje? Y las respuestas son: la hospitalidad de las obras (la justicia, la caridad) y la contemplación de la Palabra (la oración, la liturgia).

Pero, en la escala de valores, prevalece el observar activamente la Palabra de Dios, es decir, escucharla y vivirla. No se reprocha en este Evangelio la caridad de Marta, sino su ansiedad, inquietud y nerviosismo y su pretensión de imponer a su hermana su punto de vista.

La fórmula que ha condensado la enseñanza de este y otros muchos textos es: "Hay que ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación". La acogida del Señor y de su Palabra nos conduce a ello.

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El discípulo de Jesús tiene que adquirir y practicar la doble actividad que nos proponen las dos hermanas, Marta y María, ante Jesús: escuchar la Palabra y llevarla a la práctica.

Ni el activismo nos debe llevar a la desintegración como personas y como cristianos. Ni la dedicación excesiva a la Palabra nos ha de distanciar de vivir la cordialidad, hospitalidad, amabilidad y servicialidad.

La escucha sincera y la meditación de la Palabra nos han de llevar necesariamente a vivir y realizar la caridad en la familia y en otros ámbitos. De lo contrario, la oración estará vacía de proyección y contenido. Nuestra actividad se convertirá en activismo.

Y también la actividad ha de buscar espacios de encuentro, sereno y contemplativo, con el Señor. De lo contrario, nuestras tareas carecerán de sentido en el verdadero proyecto de salvación.

Los dos puntos, Señor, que me indica este Evangelio tengo que revisarlos en mi vida. Mi ser de cristiano, ¿me lleva a vivir en comunicación permanente con la Palabra? ¿La medito en mis ratos de oración? ¿Dedico tiempos a escuchar al Señor por medio de su Palabra?

Y la escucha de la Palabra, el diálogo con el Señor, la oración, ¿me llevan a vivir intensamente la caridad y el servicio a los hermanos?

Doy gracias al Señor por este mensaje. Le pido perdón porque no lo he vivido convenientemente. Y le prometo, contando con Él, que trataré de lograr en mi vida espiritual esa integración y coherencia entre oración y acción, fe y obras.

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Contempla

A las dos hermanas, Marta y María. ¿Cómo veo mi conducta en el comportamiento de estas dos mujeres? ¿Cómo me planteo tanto el "estar con el Señor" como el "servir al Señor" en los hermanos?

El reproche de Jesús a Marta, ¿me llega a mí en algunas o en muchas ocasiones? ¿Cómo podré equilibrar la contemplación con la acción?

Haré resonar en mi interior con frecuencia durante esta semana, el reproche de Jesús a Marta: Andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola cosa es necesaria (vs. 41-42).

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