15to. Domingo Ordinario

15to. Domingo Ordinario

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Vas a entrar en diálogo con el Señor. Prepárate. Tienes que dejar a un lado tus ocupaciones y preocupaciones, tus planes y tus proyectos. Lo importante en este momento es disponerte a escuchar la Palabra, el mensaje liberador que el Padre te va a indicar por Jesús, la Palabra permanente de Dios, que el Espíritu te ayudará a entender.

Deja a un lado tus ocupaciones... Esto te es más necesario.

Orar es experimentar que el Señor desea conducirte hacia una entrega total a su mensaje y a su proyecto de vida para ti.

Orar es experimentar que el Padre quiere llevarte hacia un abandono total en Él por amor.

Orar es convertir esos gestos de amor en vida plena, que gozas al experimentarla.

Invoca al Espíritu, que es la inspiración del Padre y de Jesús para ti. Ora suavemente: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 10, 25-37

Texto

1. Haz eso y vivirás (Lc 10, 28)

En tiempos de Jesús, había una gran confusión, aun en los maestros de la Ley, sobre quién era el prójimo. Pues así lo indicaba el primer mandamiento.

Para algunos maestros, prójimo era sólo el que pertenecía al pueblo de Israel. Era el "hermano" que estaba bajo la Alianza de Dios con su pueblo. El extranjero no entraba en esa categoría.

Por eso, en esta parábola, Jesús responde claramente que prójimo es, sobre todo, el que sufre alguna necesidad o carencia. Es decir, toda persona. Y Lucas, el evangelista de la misericordia y de la ternura de Dios, quiere trasmitirnos esta enseñanza de Jesús.

Jesús responde con toda claridad: Haz eso y vivirás. Lo que importa es la vida, el hacer el bien, no las discusiones, de las cuales eran tan amigos los maestros y los fariseos.

El amor a Dios y el amor al prójimo van inseparables. Es el mismo amor que se dirige a Dios, que está en cada hermano. Cuando hacemos un servicio al prójimo se lo hacemos al mismo Dios (Mt 25, 40). Quien practica este único mandamiento ése tal participa de la vida verdadera.

2. Un samaritano sintió lástima (v. 33)

Esta parábola seguramente habría dado al maestro de la ley un verdadero golpe en contra de su mentalidad. Pues, el prójimo para los judíos era simplemente el de su país y el de su raza. Un "samaritano" era considerado como hereje, que no formaba parte del pueblo elegido, de Israel. Prácticamente era considerado como un pagano, que no entraba en el plan de salvación de Dios. Así era la mentalidad reinante.

Jesús deshace este modo de pensar. Y, como en otras ocasiones, pone de modelo a un personaje (el samaritano), que era tenido por los judíos como hereje.

El prójimo no es sólo el que está cerca, el que es pariente, vecino o del mismo país. Prójimo es toda persona humana necesitada, de cualquier color, raza, nación, lengua, política o religión.

En consecuencia, ni el sacerdote judío, encargado de ofrecer el culto a Yahvé, ni el levita (obsesionado por el cumplimiento de la ley) descubren al prójimo. Y pasan de largo, sin ayudarle, y con el miedo de ser contaminados y cometer pecado por la aproximación al necesitado.

3. Vete y haz tú lo mismo (v. 37)

El que entiende quién es el prójimo, el próximo, es aquel samaritano que sintió lástima del herido (v. 35); se acercó, le vendó las heridas, después de habérselas limpiado con aceite y vino; luego lo montó en una cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él... Sacó unas monedas y se las dio al encargado, diciendo: "Cuida de él, y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso" (vs. 34 y 35).

Lucas nos describe todos los gestos y pasos, tan delicados, del samaritano que entiende y atiende al desvalido con toda delicadeza y amor.

La lección está clara: Vete y haz tú lo mismo (v. 37). Prójimo es todo aquel que sufre alguna carencia y necesita de la ayuda de otros para superar la crisis. Por supuesto que los primeros prójimos (próximos) son los de la misma familia. Pero, también aún aquellos desconocidos, que, por casualidad o por providencia, pasan cerca del necesitado.

No podemos justificarnos con el pretexto de cumplir otras normas de vida (preceptos, mandamientos; ejemplo: ir a misa o dar limosna), para olvidarnos del marginado.

Nuestra vida espiritual depende de esta actitud y, en consecuencia, de las obras de misericordia que hagamos a favor del hermano.

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No podemos relacionarnos con el Señor en la oración si no vivimos la misericordia, caridad y justicia con el prójimo.

No podemos comulgar con el Señor en la Eucaristía, si no comulgamos con el Señor, que vive y sufre en el hermano.

No podemos acercarnos a la comunión sacramental si no queremos reconciliarnos con el hermano.

No podemos orar con conciencia tranquila si sentimos resentimiento u odio al prójimo (Mt 5, 23-25).

El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Tanto amamos a Dios cuanto amamos al prójimo, con obras más que con palabras.

Señor, quiero vivir esta enseñanza que Jesús, tu Hijo, nos ha dado tanta claridad. Haz que yo supere todos los rechazos que siento hacia mis hermanos. Haz que sepa comprender y perdonar.

Quiero sintonizar con los gestos de Jesús, que se acerca a los "pecadores", maltratados y olvidados de aquella sociedad. Quiero purificar mi amor a los demás. Quiero entender que el amor que Tú me regalas debo manifestarlo a mis hermanos, aunque no me caigan bien.

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Contempla

A tantos desvalidos en los que Jesús se manifiesta tan claramente y que por ellos pide tu ayuda y tu apoyo.

A tantos necesitados, en lo material y en lo espiritual, que son olvidados de la sociedad. Siente una verdadera compasión de ellos y anima a otros a hacer algo en su beneficio.

A ti mismo, que, con frecuencia, te desentiendes de ayudar al que lo necesita.

Haré una revisión de vida sobre mis actitudes y obras en lo referente a vivir la caridad con el prójimo. Si el Señor me pide algo más de lo que hago a favor de los necesitados, estaré dispuesto a realizarlo.

Durante esta semana, haré resonar en mi interior la Palabra de Jesús: Vete y haz tú lo mismo (v. 37).

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