14to. Domingo Ordinario

14to. Domingo Ordinario

Image

Prepara tu ánimo para comenzar el diálogo con el Señor, en la oración. Él te va a decir su Palabra, lo que espera de ti. Hay que escuchar bien el mensaje que te va a ofrecer.

El Espíritu del Padre y de Jesús Resucitado te va a inspirar la verdad de la Palabra.

Orar es percibir, de algún modo, la inmensidad del amor de Dios y, al mismo tiempo, darte cuenta de la necesidad que tienes de experimentar ese amor.

Orar es ser consciente de ese contraste: cuanto más te dejas amar del Señor más quieres amar a tus hermanos y más quieres que también los hermanos se amaran entre sí.

Orar es experimentar la urgencia de llenarte de Dios, de vivir en su misterio y en su amor total. Y también sientes la necesidad de tanta gente que sufre, que vive sola, que no capta las maravillas de ese mundo interior donde el Señor se manifiesta.

Ora al Espíritu, recitando suavemente: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

Image

Evangelio según San Lucas 10, 1-12.17-20

Contexto bíblico

El evangelista Lucas describe la misión de los setenta y dos discípulos en el trayecto del viaje a Jerusalén. Es indicativo del camino de la Iglesia hacia otros lugares para presentar y manifestar el mensaje de Jesús. El camino a Jerusalén supone entender y aceptar el camino del seguimiento de Jesús, con sus condiciones y dificultades (Lc 9, 22-27).

El éxito de la misión de los setenta y dos es un anticipo de los frutos de la misión de los apóstoles en Pentecostés y en el mundo pagano. Lo describe en su libro de los Hechos de los Apóstoles.

Texto

1. El Señor designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos (v. 1)

La llamada parte del mismo Jesús. Él es quien convoca y envía. Él es que está en la Iglesia para seguir llamando a los misioneros y apóstoles. Él es quien tiene la iniciativa de anunciar y realizar el Evangelio de la salvación.

Y los envía a todo el mundo. El número de setenta y dos tiene un sentido de universalidad, haciendo referencia a Génesis 10, donde el número de las naciones paganas es de setenta y dos.

Además de los Doce, elegidos previamente (Lc 9, 1-6), Jesús elige los setenta y dos discípulos. Se señala así tanto la convocatoria universal a la salvación como la responsabilidad de todo discípulo de Jesús de sentirse enviado y misionero. Toda la Iglesia es misionera. Todo cristiano ha de ejercer su vocación, recibida inicialmente en el bautismo, de ser: sacerdote, profeta y rey. La misión no es exclusiva de los sacerdotes y religiosos. Todo el pueblo de Dios es evangelizador, con palabras y obras.

2. Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros (v. 2)

Jesús va señalando las condiciones y los modos de misionar. Tales son:

  • Rueguen al dueño de la mies (v. 2): el evangelizador ha de encomendar al Señor su tarea.
  • Envíe obreros a su cosecha (v. 2): todos somos responsables de la evangelización.
  • No lleven bolsa... (4): el misionero ha de confiar totalmente en Aquel que le envía. El éxito de la predicación no depende de los medios humanos, sino de la gracia de Dios.
  • Digan primero: Paz a esta casa (v. 5): el Evangelio viene a otorgar a los que lo acepten la síntesis de todos los bienes divinos: la paz.
  • Quédense en esa casa (v. 7): el evangelio trae la paz y la armonía para crear comunidad.
  • Sanen a los enfermos (v. 9): como signo de la presencia y donación del Señor que salva.
  • Está llegando el reino de Dios (v. 9): ya en ellos está plenamente el Señor que los ama.
  • Hasta el polvo... lo sacudimos en señal de protesta (v. 11). La fe no se impone, se propone. Con todo, el misionero es profeta que anuncia la salvación y denuncia la no aceptación del mensaje liberador, sin venganzas ni resentimientos. Hay mucha mies por delante.

3. Alégrense de que sus nombres están escritos en el cielo (v. 20)

Los discípulos regresan alegres de la misión. Contemplaron los signos que la Palabra había realizado en los oyentes. Los espíritus del mal y del pecado habían quedado dominados por la fuerza de la Palabra. Es un gran motivo de alegría para el misionero que lleva la salvación de Dios.

Pero, la alegría más grande que el evangelizador ha de experimentar viene de sentirse amado de Dios, realizando el proyecto del Padre, que se manifiesta en el Hijo Jesús. Cuando el cristiano lleva la Palabra auténtica, el mensaje de salvación, que Dios le ama siempre, el gozo ha de brotar no del éxito de sus palabras, sino de la presencia amorosa del Señor, que a todos los tiene en su corazón.

El evangelizador participa del gozo de contemplar los signos de salvación que, por su medio, va realizando el Espíritu del Padre y del Resucitado.

Image

Experimento el gozo de la vocación recibida para vivir y llevar a otros el Evangelio, la buena noticia de salvación. ¡Gracias, Señor! Él me ha elegido para vivir la alegría de mi vocación como misionero en la Iglesia.

Jesús nos anima a vivir alegres: Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo (v. 20). Cuando la tarea pastoral y misionera sea dura y aparentemente ineficaz, es el momento de dar gracias al Padre, que nos ama, y nos ha unido a la hermosa tarea de su Hijo Jesús.

Jesús nos anima a seguir adelante, sacudir los pies, no paralizar nuestro esfuerzo misionero porque no se vean los frutos. A nosotros nos toca sembrar y sembrar.

En la presencia del Señor, debo revisar si mi pequeña tarea evangelizadora la atribuyo al Espíritu o a mis cualidades. El apóstol es "enviado". Quien da el fruto es el Señor.

Señor, pongo lo que soy y lo que tengo al servicio de la Buena Noticia de tu salvación. No quiero atribuirme ningún éxito. Ni me dejaré desanimar por los fracasos de mi actuación. Quiero poner en Ti, Señor, mi tarea pastoral en todos los aspectos. Si Tú quieres, envíame, una vez más, a ser tu apóstol. Nuevamente quiero escuchar tus palabras de envío: ¡En marcha! (v. 3). Tú eres el que haces fructificar mi tiempo, mis palabras y mi cansancio. Gracias, Jesús, por haberme elegido como discípulo y misionero.

Image
Contempla

A Jesús, que nuevamente te dice: ¡En marcha! Y es el que pone la fuerza en tu corazón para la misión evangelizadora de la Iglesia.

A ti mismo, a veces animado y otras, desilusionado. Convéncete: el éxito es del Señor.

A los hermanos, bautizados, que viven con apatía su vocación de cristianos. Acércate a ellos para llevarles la Palabra que anima y alienta a seguir a Jesús.

En los momentos de oración sentiré el llamado de Jesús para ser evangelizador.

Tendré presentes durante esta semana, a aquellas personas a las que puedo darles una palabra mía, que les motive a leer y estudiar la Palabra de Dios.

Actúa