13er. Domingo Ordinario

13er. Domingo Ordinario

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Prepara el ambiente exterior e interior para la oración. El Señor te va a decir su Palabra. Todo tú debes estar disponible para escucharle.

Abre tu conciencia al mensaje de la Palabra. El Espíritu desea ayudarte con su soplo de vida, de inspiración.

Invocamos al Espíritu con la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 9, 51-62

Contexto

Jesús con sus discípulos va camino de Jerusalén. Es un camino espiritual: de seguimiento de Jesús. Las enseñanzas y la conducta de Jesús van preparando el ánimo para la misión que los discípulos continuarían después de la resurrección.

El camino no es fácil: renuncia y olvido de sí mismo, cargar la cruz (9, 23-25).

Texto

El texto bíblico nos introduce al viaje hacia Jerusalén. Ofrece una visión teológica, más que geográfica. Jerusalén es el lugar teológico del misterio pascual: muerte y resurrección de Jesús, nacimiento de la Iglesia y comienzo de su misión en Pentecostés.

Es el tiempo de la salida (éxodo) de Jesús, del paso hacia el Padre. Las palabras partida, salida (v. 51) evocan seguramente el paso (Pascua) de Jesús en su muerte y resurrección.

1. El viaje de Jesús a Jerusalén

Lucas dedica diez capítulos a describir el viaje de Jesús hacia Jerusalén. Mateo dedica dos capítulos (19-20) al mismo tema y Marcos, uno (10).

No se trata, como queda dicho, de una descripción del camino geográfico. Es una presentación de todo el mensaje que Jesús ofrece a sus seguidores, de entonces y de ahora. Es la descripción de nuestro propio viaje, como personas y más como discípulos de Jesús. Acompañemos a Jesús, pues siguiéndole, podremos captar qué es eso de ser discípulos suyos.

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (v. 51). Es la opción de Jesús, total y confiada, de llegar hasta el fin en su vocación de creyente.

El camino que emprende Jesús no es un camino fácil, como esperaban los discípulos. Puesto que Jerusalén suponía:

  • el centro de la religiosidad oficial, con su estructura de: sacerdotes, sumos pontífices, escribas y fariseos. ¡Toda la jerarquía y toda la teología concentradas en aquella ciudad!
  • encararse con todo aquel modo de entender la religión: vacía, llena de ritos exteriores, alejamiento de los pobres y necesitados, desprecio a los pecadores...
  • el centro político, dominado por el imperio romano (Pilatos) y por los reyezuelos (Herodes...), sumisos al poder político.

Jesús va asumiendo su vocación de Mesías sufriente, Siervo de Yahvé, paso y camino necesarios para la vida.

Jesús es el Mesías rechazado:

  • en Nazaret, al comienzo de su predicación (Lc 4, 14-30);
  • en Samaría, al comienzo de la última etapa de su vida (v. 53);
  • de sus propios discípulos, que no entienden cuál es la misión del Mesías y que, en esta ocasión son los dos hermanos, Santiago y Juan (v. 54).

2. Nuestro propio viaje

En el camino de nuestra vida, podemos tomar diversas actitudes:

  1. La intolerancia y el fanatismo, que nos llevan a malinterpretar y condenar a los que no piensan como nosotros y a querer corregir el plan de Dios. Nuestra oración puede ser entonces: Que Dios haga mi voluntad, lo que yo quiero.
  2. El seguimiento de Jesús implica el total abandono a la voluntad del Padre.
  3. Mirar atrás. En los tres diálogos que Jesús tiene con posibles discípulos, les presenta el riesgo, la radicalidad y la urgencia de emprender el seguimiento.

El discípulo que opta por seguir totalmente a Jesús ha de estar dispuesto a:

  • renunciar a sus propios bienes, como Jesús: no tiene donde reclinar la cabeza (v. 58).
  • renunciar a sus deberes humanos, como es enterrar a su padre (v. 60). Los muertos son los que no aceptan el anuncio del Reino de Dios.
  • despedirse de la familia (v. 61). El discípulo debe eliminar de su vida lo que pueda ser un obstáculo en su testimonio cotidiano del Evangelio. Dios es el Absoluto en la vida del creyente.
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¿Cómo me aplico a mí mismo las condiciones que Jesús indica para aquellos que quieren ser sus discípulos?

¿Qué me pide el Señor que abandone para dedicarme totalmente a Él como discípulo?

¿Qué estoy dispuesto a dejar para seguir a este Jesús, camino de Jerusalén?

¿Siento que, siguiendo a Jesús más radicalmente, soy más libre (Gal 5, 1ss; 2ª lectura de este domingo)?

Cuéntale al Señor tus sentimientos, inquietudes, deseos, limitaciones...

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Contempla

A Jesús que, con toda decisión, camina a Jerusalén.

A ti mismo que, quieres e intentas seguir a Jesús, pero, a veces, miras atrás.

En la vida diaria, quiero sentirme fortalecido con la energía que me da el mismo Jesucristo, para ser su discípulo comprometido.

Quiero vivir la experiencia de la verdadera libertad: Para ser libre, Cristo nos ha liberado (Gal 5, 1). Repetiré con frecuencia esta frase durante la semana.

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