Viernes, 19 Octubre 2018

22do. Domingo Ordinario

Comienzas este tiempo de encuentro con el Señor, en la oración. Recuerda que Él es protagonista en este diálogo de Amor. Él desea trasmitirte su Palabra, para que, escuchándola y meditándola, la lleves a la práctica.

La oración no es algo que yo hago. Es la Palabra la que realiza en mí: la revelación de la voluntad del Padre, el encuentro con el mensaje y la motivación para vivirla.

Me sincero y me abro al Espíritu. Para que, con su impulso, pueda resolver en alabanza toda dificultad, toda pérdida, todo fracaso.

Orar es: dejarse amar por el Amor. Es dejar que el Amor explique todo en mi vida.

El Espíritu es quien me abrirá al sentido exacto de la Palabra. Y moverá mi actitud interior para llevarla a la vida diaria. Le invoco con confianza: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 6, 1-8a.14-15.21-23

Contexto bíblico

Retomamos el Evangelio de Marcos, después de haber meditado el capítulo 6 del Evangelio de Juan.

El capítulo 7 de Marcos marca la diferencia entre la pureza legal, interpretada por los fariseos, y la pureza interior de la persona, señalada por Jesús.

Texto

1. ¿Por qué tus discípulos... comen sin purificarse las manos? (v. 5)

Las tradiciones judías sobre la práctica de la Ley eran innumerables. Pues, habían convertido la Ley de Dios (los diez mandamientos) en una ciencia y en una moral casuística con tantos preceptos y prohibiciones de tipo externo, que sólo los expertos conocían y aplicaban. Y los dirigentes religiosos ponían tanto celo en el cumplimiento meticuloso de tanta normativa que declaraban "pecadores" a aquellos que no la cumplían. Pensaban ellos que tales prácticas eran necesarias para tener relación con Dios. Y, al no cumplirlas, eran objeto de las amenazas y castigos que ellos podían enumerar y aplicar.

En esta ocasión, Jesús responde directamente a las acusaciones. En otros momentos (véase: Mc 2, 1-3. 6; 3, 22-30), Jesús se había limitado a justificar su modo de actuar. Y ya en este enfrentamiento, Jesús expone directamente su modo de entender la Ley, apoyándose en la enseñanza de los profetas.

Jesús va a proponer otra moral, más al fondo, más al cambio interior y a la conversión. Y fustiga tales tradiciones que provienen de los hombres y dejan a un lado el mandamiento de Dios (v. 8).

Jesús denuncia tres fallos graves:

  • Los maestros de la Ley ocultan el verdadero rostro de Dios y lo han ridiculizado por seguir las tradiciones meramente humanas.
  • Han convertido la Ley de Dios, los diez mandamientos, en unos modos de opresión de los hombres, olvidando el fundamento del primer mandamiento: amar a Dios y amar al prójimo. Jesús manifiesta abiertamente que los derechos y la dignidad de las personas están por encima de los "derechos" de Dios, inventados por los fariseos.
  • Jesús contradice claramente el uso y la práctica del corbán, por el que uno quedaba libre de atender a sus propios padres necesitados, si entregaba su limosna al templo (vs. 9-12; que no se leen en el evangelio de este domingo).

2. Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale del interior del hombre es lo que mancha al hombre (v. 15)

Es un principio claro que expone Jesús. Nada que venga de fuera debe purificarse. Ni de tocar un leproso, ni un muerto, ni de comer sin lavarse, ni de probar cualquier alimento. Todas las cosas creadas son buenas. No hay nada impuro en los seres creados.

De la conciencia de cada persona es de donde proceden: las malas intenciones, deseos, actitudes, valores y propósitos. De la calidad o maldad del interior dependen la bondad o maldad de las acciones y palabras de la persona.

La purificación de la conciencia es el comienzo de la conversión. De nada sirven los ritos y ceremonias externas religiosas, si no hay intención y decisión de arrepentimiento y de conversión. Nada que atente contra la dignidad de la persona puede aprobarse como querido o mandado por Dios.

El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (Mc 2, 27).

Ésta es la norma suprema que establece Jesús. No ha venido a esclavizar sino a liberarnos de leyes injustas. El amor a las personas y, en consecuencia, hacerles todo el bien posible, es el criterio también del amor a Dios.

Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25, 40). Es el criterio con que el Señor nos juzgará al final de la vida.


Este texto evangélico me invita a mirar y examinar mi conciencia con detenimiento, con sinceridad. Me he de preguntar: ¿qué intenciones son las que me motivan para hacer el bien o para no hacerlo?
La conversión que nos pide Jesús es la del corazón. El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio (Mc 1, 15).

¿Qué sentimientos, valores, actitudes brotan de mi interior? ¿Por qué trabajo, me muevo, me afano? En todo momento, ¿guía mis actividades el hacer el bien al prójimo? ¿O sólo busco intereses personales: fama, éxito, aprecio, dinero...?

La Palabra de Dios siempre me llama al arrepentimiento y a la conversión.

Mi corazón, Señor, necesita una revisión y una curación. Me acerco hasta Ti, como tantos enfermos que sanaste, para que también cures mis fallos interiores. Necesito purificar mis intenciones, dominar mis inclinaciones desviadas, corregir mis apatías y perezas, erradicar mi orgullo, soberbia y desprecio al que no piensa como yo. ¡Tantos pecados que debo eliminar de mi conciencia...!

Yo sé que me pides, Jesús, un corazón nuevo. Que el verdadero culto a Dios no está en los ritos y ceremonias vacíos, sino en el amor verdadero y sincero al prójimo. ¡Que yo sepa responder a tu gran Amor!


A Jesús, que fustiga enérgicamente a los maestros de la Ley, por desfigurarla e imponer preceptos que nada tienen que ver con el mandamiento principal: amor a Dios y amor al prójimo.

A mí mismo, que con frecuencia quiero justificarme con actos y rezos y no pongo la atención y el interés en mi arrepentimiento y conversión.

Revisaré mi conciencia, a la luz de la Palabra, para purificar y corregir mis desvíos durante la semana.

Repetiré a lo largo de estos días: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; renuévame por dentro con tu santo Espíritu (Sal 50, 12).

21er. Domingo Ordinario

Comienza con todo interés este tiempo de oración, de escucha de la Palabra y de responder: ¿Qué quieres, Señor, de mí?

La Palabra te trae el mensaje que quiere ofrecerte el Padre, por su misma Palabra-Jesús, con la inspiración del Espíritu. ¡Toda la Trinidad a tu disposición!

Recuerda que el primer valor para el orante no es la productividad o la efectividad, sino la gratuidad. ¡Dios es gratuito!

El amor gratuito y la respuesta desde el amor son los que hacen verdaderas y por igual acción y oración.

Ábrete, pues, a la inspiración del Espíritu, al soplo de su viento y al calor de su fuego.

Invócale, déjale que entre a lo más hondo de tu interioridad. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 6, 60-69

Contexto bíblico

Las palabras de Jesús, relatadas en los versículos anteriores, desatan en los discípulos y en los oyentes una reacción de incomprensión y rechazo. Buscan un Mesías milagrero, un rey (Jn 6, 15), que les remedie los problemas económicos y de salud corporal. No buscan ni desean tener otro Mesías, que les abra el camino de la salvación.

El abandono, incluso de sus discípulos, indica que no han comprendido el mensaje de vida que les ofrece Jesús. Los judíos que murmuran (v. 41), los discípulos que critican su enseñanza (vs. 60-61) y los Doce que también quieren abandonar al Maestro (v. 67). Toda esta reacción adversa recibe Jesús, al manifestar su entrega total para el bien de todos.

Texto

1. El Espíritu es quien da la vida, la carne no sirve para nada (v. 63)

Jesús intenta hacerles entender su mensaje y su oferta. Pero, ellos han quedado bloqueados en su mentalidad terrena, alejada de la fe. Sólo buscan la solución de los problemas materiales.

Lo de la tierra está al servicio del ámbito del Espíritu. Lo material y lo corporal no sirven de nada si no están conforme a las mociones del Espíritu, que es quien aporta la verdadera Vida. Si Jesús les ofrece su carne y su sangre (v. 53), no es para sustentar la vida corporal, sino para conducirlos a la auténtica vida del Espíritu, la del Amor de Dios.

Las palabras que les he dicho son espíritu y vida (v. 63). La Palabra de Dios no son vocablos ruidosos como nuestras palabras. La Palabra está llamada a producir Vida en los creyentes. Si la Palabra no trasmite Vida, no es culpa de la Palabra, sino de los oyentes. Algunos de ustedes no creen (v. 64). Ésta es la razón por la que aquellos oyentes de Jesús, incluidos los discípulos, no aceptan el mensaje que les ofrece. Es necesario tener fe en la Palabra, para que ésta sea eficaz.

Porque la Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta lo más profundo del ser y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb 4, 12).

2. Tus palabras dan vida eterna (v. 68)

Es la respuesta de Pedro, ante el reclamo doloroso de Jesús: ¿Acaso ustedes quieren irse? (v. 67). Pedro se hace eco de toda la enseñanza que Jesús les ha trasmitido en este relato.

Aquellos discípulos, como tantos creyentes de hoy, albergaban dudas sobre aquel personaje, humano como ellos, llamado Jesús de Nazaret. Entonces como hoy sigue suscitando interrogantes ¿Por qué sus enseñanzas y su estilo de vida no atraen a los cristianos de hoy a una vida más comprometida con el Evangelio? ¿Por qué mi deseo de vivir tiene que conformarse con lo que dijo hace miles de años aquel hombre íntegro, que enseñaba doctrinas extrañas de lo que el mundo ofrece? Y más: ¿por qué los maestros de hoy, los sacerdotes, nos tienen que decir cómo hemos de comportarnos?

Pero, el interrogante de Jesús, su pregunta ¿Acaso ustedes quieren irse?, sigue resonando en nuestro interior suave y enérgicamente, como la llamada inquietante de Amor, que el Espíritu de Jesús continúa realizando.

La oposición entre carne y espíritu se hacen hoy, tal vez, más palpables. El mundo capitalista ofrece el cielo en la tierra. Pero la Palabra de Dios, siempre actual, nos va indicando dónde encontraremos la auténtica felicidad, aun en medio de dificultades y sacrificios. La Palabra de Jesús sigue resonando, para el que la quiera seguir, a través de los siglos: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).


Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios (vs. 68-69).

Me quedo respondiendo al Señor como Pedro. No tengo lugar en la tierra donde encontrar la Vida total que Tú me estás ofreciendo. Ningún tesoro terreno se puede comparar con el gran tesoro de Ti mismo y de tu misma Vida.

Aunque, con frecuencia, las dudas y la pereza me quieran dominar, no deseo apartarme nunca de Ti, Jesús.

Esta es mi respuesta a tu gran Palabra, Jesús. La misma de Pedro, indigente y débil, pero buscador constante: Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios (vs. 68-69).

Sí, Tú eres la misma Santidad, que me elevas, consagras y santificas. Tú, con tu Espíritu, me transformas para nacer a la Vida total. Con tu Espíritu, Jesús, aunque sienta mi debilidad, quedaré revestido de tu fortaleza, experimentaré tu gran Amor, que me satisfará plenamente. Ya no buscaré los halagos de la carne (pereza, orgullo, sensualidad...) Experimentaré tu donación y tu amistad. Y todo esto me llenará y me satisfará. ¡Nada más desearé! Mi Dios y mi Todo (San Francisco de Asís). ¡Sólo Dios basta! (Santa Teresa de Jesús).


A Jesús, que con el Padre y el Espíritu, es la donación total a mí, para que yo tenga Vida.

A Jesús, que con el Padre y el Espíritu, es para mí la Vida total. Ya nada más me puede satisfacer...

Viviré esta semana la Palabra de Jesús: Las palabras que les he dicho son espíritu y vida (Jn 6, 63).

Repetiré durante la semana: Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna (Jn 6, 68).

20mo. Domingo Ordinario

Vas a encontrarte con el Señor en este tiempo de oración con la Palabra. ¡Importante! Recuerda que tu vida será lo que en la oración veas, programes y decidas, con los valores y la fuerza que la Palabra te inspira.

La oración es el momento más adecuado para sentirte amado y llenarte del Amor.

Ruega al Padre de Amor, que tu oración te conduzca a entrar en la onda de su Amor, que todo lo informa y lo contiene.

"Que ya sólo en amar es mi ejercicio", dice el gran místico san Juan de la Cruz.

Invoca al Espíritu. Déjate llenar de su inspiración y déjate luego empujar por el viento y el fuego de Pentecostés. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 6, 51-58

Contexto bíblico

Los comentaristas bíblicos dicen que este texto no fue dicho en la sinagoga de Cafarnaún, sino en el ambiente de la Última Cena. El evangelista o algún amanuense lo colocó en esta sección como continuación del discurso del pan de vida.

Nos damos cuenta de ello por el contenido:

  • (Jn 6, 22-50). El protagonista es el Padre que nos da el verdadero Pan del cielo. La respuesta del hombre es la fe.
  • (Jn 6, 51-58), En el discurso, propiamente eucarístico, el protagonista es Jesús, que se da en comida y bebida. Y la respuesta del hombre es participar en esa comida y bebida.
  • (Jn 6, 22-50), El discurso sobre el pan de vida, asumido por la fe, pasa a ser una oferta de comida y bebida de la Eucaristía (Jn 6, 51-58).
  • Antes de ser instituida la Eucaristía, hubiera sido todavía más difícil hacerse entender por la multitud.
  • El evangelista pretende salir al paso de las corrientes heréticas de los docetas y gnósticos, que consideraban la Eucaristía como mero símbolo.

Texto

1. El pan que yo daré es mi carne (v. 51)

Jesús se presenta en el punto máximo de su encarnación, de su humanización. Ya Dios adopta un cuerpo humano, habla nuestro lenguaje y se deja entrar en nuestros sentidos: oír, ver, tocar, comer, beber, gustar. Dios se hace algo natural y concreto en la vida de los creyentes.

Lo dice la 1ª Carta de Juan (1, 1-4): Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida - pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó -, lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa.

Hay una relación muy directa de este mensaje con las palabras que leemos en el texto que la Liturgia nos propone para este domingo.Dios es Aquel que se deja ver, oír, palpar, tocar, masticar, comer, digerir por nuestros sentidos. Todo, para que experimentemos que Él está siempre con nosotros y comparte con nosotros todas las aventuras y desventuras humanas.

Jesús-Pan queda también identificado con su ser humano, y quedará triturado en la cruz, para ser nuestra salvación, camino, verdad y vida (Jn 14, 6).

2. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él (v. 56)

No puede darse mayor identificación entre Jesús-Pan y el que lo recibe con fe y con hambre de Él. La comparación se entiende. Así como el alimento corporal queda totalmente transformado en partes del organismo físico, así Jesús-Pan queda asemejado a nuestro organismo espiritual. Todavía es mayor la asimilación. Porque el que comulga a Cristo-Pan, queda absorbido por Él, asimilado con Él, incorporado a Él. Y, en consecuencia, el creyente se identifica de tal modo con Jesús-Pan que se hace uno con Él. Queda "concrucificado" y "conresucitado", porque la vida del cristiano es una con-vivencia con Cristo.

Pablo lo expresa bella y brevemente: Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 19-20).

Se establece una unión íntima entre Cristo y el comulgante. Es la comunión total. Es la participación total en la Vida verdadera. Es la misma Vida de Cristo la que se injerta en el organismo espiritual del cristiano. Y como fruto espléndido llegará la resurrección total para la Vida definitiva y en plenitud.

La promesa de Jesús se realiza en la comunión eucarística. La comunión sacramental nos lleva a la comunión espiritual. Es la común-unión entre Cristo y el creyente.


Para mí, esta Vida en común, que me ofrece y me regala Jesús, la experimento en la comunión del mismo Jesús, que se presenta como Palabra y como Pan. En cada Eucaristía se ofrece Jesús como el don supremo, como alimento que quita toda hambre y toda sed.

Jesús quiere vivir en total comunión conmigo. Por eso, se transforma, se humaniza, se hace Palabra, se hace Pan, se hace sacramento, se hace yo mismo, para que mi yo se convierta en Él.

También yo tengo que ser para los demás algo parecido a lo que me enseña Jesús con su entrega: pan para la fe y vida de mis hermanos, para que crean en Él y se alimenten de Él. Y todos formemos una comunidad en Cristo.

Jesús, gracias infinitas te doy por tu entrega total para que yo pueda tener vida abundante, tu misma vida. Que yo sea consciente de tu gran y total donación y pueda corresponder a tu plena generosidad.

Que sepa hacer de mi pequeña vida una Vida transformada por la tuya. Que me deje alimentar por tu Pan y tu Palabra, para que sea todo tuyo.


A Jesús en la Eucaristía, donde Él se ofrece para la vida del mundo.

A ti mismo, hambriento y sediento, que busca con frecuencia otros alimentos que no calman el hambre ni la sed.

Repetiré con frecuencia durante la semana, la Palabra de Jesús: El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él (Jn 6, 56).

19no. Domingo Ordinario

Te vas a dedicar este tiempo a escuchar y responder a la Palabra de Dios. Es Él quien te va a dirigir su mensaje y manifestar su voluntad. Merece toda atención, pues el bien es para ti mismo.

En la oración descubro con admiración que Dios me desea a mí mucho antes e infinitamente más de cuanto yo pueda descubrirlo a Él.

Esto es lo más importante en la vida cristiana: el amor. Es el que mide la calidad de nuestra oración y acción.

Invoca al Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, trasmitido a nosotros desde el bautismo. Él te inspirará y te animará a disfrutar de este diálogo con la Trinidad. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 6, 41-51

Contexto bíblico

Continúa el texto sobre el Pan de vida. En los versículos que leemos este domingo, sigue la polémica entre los judíos y Jesús. Los judíos no captan el sentido profundo de las palabras y gestos de Jesús. Siempre se colocan desde una postura humana. Y desde ahí, no se entiende el misterio que Él encierra y que quiere trasmitirlo a los oyentes.

Texto

1. Éste es Jesús, el hijo de José (v. 42)

Los judíos ven a Jesús desde su condición humana. Para ellos, es imposible contemplarlo como al Mesías, Hijo de Dios. Les sucede, y lo comentan, como a los de Nazaret, según el relato de Marcos (6, 2-3). Es demasiado duro superar el aspecto humano de Cristo y reconocerlo como Dios.

Jesús no entra en esa polémica de tipo humano. Sencillamente, quiere que den el salto al ámbito de la fe, para aceptarle como Enviado del Padre. Es un don que concede el Padre. Pero, la mediación es escuchar a Jesús y acoger su mensaje para poder recibir del Padre esa gracia de aceptar a Jesús como el auténtico Hijo de Dios.

Le fe es el vehículo necesario para confiar en la Palabra de Jesús y recibirlo como lo que es: el que trae la Vida desde Dios.

La dificultad persiste, de algún modo, en la sociedad y en los cristianos de hoy. No percibimos que las mediaciones y presencias de Dios en nuestro mundo son múltiples y se manifiestan en las personas, en las situaciones, en todo lugar y en todo tiempo. Para el que camina con fe, todo es encuentro con el Señor. El que se deja guiar por la fe, descubre a Dios hasta en los seres más sencillos e insignificantes. Francisco de Asís veía al Señor en todas las criaturas. Y hacía brotar de su corazón el agradecimiento por todos los dones recibidos de Dios. Son las alabanzas al Creador, que escribió en el "Cántico del Hermano Sol".

Creer es un don, una gracia de Dios. Pero, al mismo tiempo, es una tarea de búsqueda y respuesta de cada persona. El que cree tiene vida eterna (v. 47).

2. Yo soy el pan de la vida (v. 48)

Creer en Jesús es tener vida eterna. Y para creer en Él hay que escuchar su Palabra, porque es Palabra de Vida. El ser humano que escucha la Palabra de Jesús es quien entra en ese camino de fe, en comunión con su misma Vida. Y el que cree en Él, es el que crece en la Vida que Jesús otorga y el que, al fin, entrará en la Vida verdadera.

Éste es el Camino: creer en la Palabra, aceptar a Jesús por la fe, recibir el principio de Vida y crecer en esa misma Vida, para llegar a la plenitud de la Vida.

Jesús se presenta como el iniciador de nuestra fe, como quien alimenta nuestra fe y como el que plenifica nuestro recorrido de fe. Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe (Heb 12, 2).

El Pan que ofrece Jesús es el Pan de la fe y el Pan de la Eucaristía. Hay que creer en Él por encima de los valores, intereses, propuestas que nos vienen de la sociedad ambiental. Hay que escuchar su Palabra, cerrando los oídos a cualquier mensaje diferente a la Palabra. Hay que aceptar a Jesús, Pan vivo que se da en alimento en la Eucaristía.

El pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo (v.51). La Iglesia nos ofrece en cada Misa el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. Si no acogemos la Palabra y no recibimos la Eucaristía, no viviremos en comunión de fe y amor con Jesús, el Enviado, el Pan bajado del cielo.

Jesús, en definitiva, nos ofrece la Vida, su misma Vida, la Vida total. Aquí, en la tierra, la Vida es una semilla, que va creciendo. Llegará a su madurez y sazón en la otra Vida, la Vida en plenitud, la Vida con Dios para siempre.

Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). En Jesús y por Jesús entramos en el Camino hacia el Padre, hacia la Vida. En Jesús y por Jesús escuchamos la Palabra de la Verdad. En Jesús, por Jesús y con Jesús llegamos a la Vida total y eterna, en el Amor de la Trinidad.


Cuando sienta mi debilidad y limitación, pensaré y miraré con fe, confianza, a este Jesús, que se me ofrece gratuitamente todo Él, que es mi alimento para el Camino.

Me sentiré fuerte y animado con el Pan de su Palabra y de su Cuerpo.

Pensaré y diré como Pablo: Gustosamente seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mi la fuerza de Cristo Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 9-10).

Señor Jesús, ¡cuántas veces me he sentido débil, teniéndote a Ti en mi interior, en la Palabra y en la Eucaristía! Me doy cuenta de que, como los judíos, no confío en Ti plenamente. Me falta fe, visión para contemplarte en todo tu Ser divino, fortaleza y salvación. Me falta fe, convicción para estar contigo y no tener miedo, ni debilidad, ni pereza. Porque Tú eres el alimento total y la Vida plena.

Señor Jesús, haz que yo confíe siempre y cada vez más en Ti.


A Jesús, que siempre se acerca a ti, para darte su Todo: Palabra y Vida.

Miraré a Jesús durante la semana y me repetiré sus palabras: Yo soy el Pan de la vida, para que quien lo coma no muera (Jn 6, 48 y 50). El que come de este pan, vivirá para siempre (Jn 6, 51).

18vo. Domingo Ordinario

En este tiempo de oración, que vas a comenzar, ten presente que el Señor es el protagonista. Pues, Él te va a dirigir su Palabra, te va a invitar a estar con Él, te va a motivar por su Espíritu a acoger su mensaje y te va a dar la fortaleza para que la Palabra, el Verbo, te haga caminar por sus caminos.

No te distraigas con otras cosas. Esto es lo más importante que vas a hacer. Y que conformará tus actos según la Palabra escuchada y meditada por ti.

Recuerda que: la eficacia de nuestras actividades está dentro de la oración. Y en la acción comprobaremos la calidad de nuestra oración.

Una oración bien hecha inspira en el orante: libertad, audacia creatividad, fortaleza, porque se alimenta sólo de Amor.

Invoca al Espíritu, para que te inspire el sentido verdadero de la Palabra y te anime a llevarla a la práctica. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 6, 24-35

Contexto bíblico

Seguimos leyendo el capítulo 6 del Evangelio según san Juan. Podemos enfocar todo este capítulo en dos actitudes:

  • una, a la que motiva y lleva el mensaje de Jesús, que es la fe;
  • la otra, la que proviene de la gente, que es la incomprensión y el rechazo.

Texto

1. Esfuércense por conseguir, no el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna (v. 27)

Jesús descubre las intenciones de la multitud que le busca. Quedaron saciados con el pan y los peces multiplicados milagrosamente. Y seguían buscando a Jesús, porque les aseguraba el alimento corporal gratuitamente, sin esfuerzo propio.

Jesús pretende rectificar aquellas razones por las cuales la gente le buscaba. Y les anima a buscar el alimento que dura y que da la vida verdadera.

La gente pregunta a Jesús por las obras que ellos pueden realizar para cumplir lo que Dios quiere. Y Jesús les responde apuntando a una actitud más profunda: creer y confiar en Él, como Enviado del Padre.

La multitud, entonces, exige pruebas visibles, como la señal del maná, que sus antepasados recibieron y comieron en el desierto.

Jesús señala la gran diferencia entre el maná, que no dio la vida total, y el Pan, que Él les ofrece. Este Pan sí que da la vida verdadera, porque lo da el mismo Padre y viene del cielo. Este Pan es el mismo Jesús, que viene al mundo como verdadero Pan, que da la vida eterna.

Jesús intenta motivar a la gente, para que siga en la búsqueda del verdadero alimento, superando sus ansias de saciarse con un pan que no da la vida. El maná alimentó a sus antepasados sólo corporalmente, ya que, al fin, murieron. El Pan que da Jesús es el alimento total, que da la vida eterna.

2 .Yo soy el Pan de vida (v. 35)

A la gente que seguía pidiendo el pan material, parecido al maná, Jesús se presenta con toda claridad: Yo soy el Pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed (v. 35). Es la gran auto-afirmación de Jesús: Yo soy el Pan de vida. El Evangelio de Juan nos relata varias auto-presentaciones que hace Jesús de su persona y misión, con las palabras: Yo soy...

Ya no hay duda ante la propuesta de Jesús. Ya no pueden soñar con el maná. Ya tienen que buscar y aceptar el verdadero Pan. Es el mismo que multiplicó el pan material, es el verdadero signo de que Él mismo se convierte en su alimento total, el gran signo de que el mismo Dios está en este profeta llamado Jesús de Nazaret. No sólo les trasmite la enseñanza de salvación. Sino que se ofrece como el verdadero alimento que les conducirá a la Vida total en Dios.

La gente, de algún modo, busca el alimento verdadero. Pide a Jesús: Señor, danos siempre de ese pan (v. 34). Y Jesús les abre a la gran revelación: Yo soy el Pan de vida (v. 35).

Pero, al final, la multitud no comprende el valor de lo que les pide Jesús: la fe. Y se queda sólo en su deseo de solucionar la necesidad material, el pan que sacia el hambre corporal. No da el paso a la búsqueda por la fe del verdadero alimento, que es Jesús.

Si se alimentan de Jesús, ya no tendrán más hambre. Él es la satisfacción de toda aspiración humana que busque con sinceridad a Dios. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed (v. 35).


Ahora las palabras de Jesús las dice para mí: Yo soy el Pan de vida para ti. Si comes de este Pan no tendrás más hambre... Es Él la Palabra que alimenta, el Pan que da la vida. Sinceramente, ¿lo creo así?

¿Cómo me acerco a Jesús, que está actual y vivo en la Palabra y en la Eucaristía? ¿Comulgo su Palabra y comulgo su Pan, con verdadera fe? ¿Cómo puedo mejorar y aumentar la fe que necesito y que espera Jesús de mí?

Jesús, aumenta mi fe. Para que anhele y desee la Vida que Tú me ofreces constantemente y que la Iglesia celebra y nos entrega para saciar nuestra hambre y nuestra sed.

Jesús, haz que los cristianos entendamos que en Ti está la Vida auténtica. Que no busquen la realización de sus planes en las supercherías, en pequeños gestos de religiosidad, sino que la encuentren en el verdadero Pan, que eres Tú mismo.

Haz que los fieles y los sacerdotes nos esmeremos en hacer crecer a los cristianos en su fe, para que tengan apetito del verdadero Pan de la Palabra y de la Eucaristía.


A Jesús que sigue ofreciéndose a si mismo, como el alimento que te va a llenar y saciar todas tus apetencias y deseos.

A ti mismo, que buscas saciar tu hambre y tu sed en fuentes que no te satisfacen.

Haré resonar durante esta semana en mi interior la gran afirmación de Jesús: Yo soy el Pan de vida (Jn 6, 35).

17mo. Domingo Ordinario

Comienzas este tiempo de oración desde la Palabra de Dios. No es cualquier lectura espiritual. Es la misma Palabra que el Señor quiere regalarte. ¡El mejor mensaje!

La oración es el diálogo de Amor con Dios, para vivir toda actividad desde el mismo Amor. Y en el Amor de la oración se purifican todos los amores.

Descubre, pues, en la oración desde la Palabra esa experiencia de Amor que el Padre te ofrece en su Hijo Jesús y en su Espíritu.

Ábrete a esta gran realidad y vivencia. El Espíritu, si le dejas, hará esta hermosa tarea. Invócale, déjate impulsar por el viento y el fuego de este Espíritu. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 6, 1-15

Contexto bíblico

Leemos este texto del Evangelio de Juan. Durante cuatro domingos leeremos el capítulo 6 del Evangelio de Juan. Es un capítulo muy relevante. Amplía el mismo texto de la multiplicación de los panes, que en Marcos sigue al texto que leíamos el domingo pasado.

Texto

1. Estaba próxima la fiesta judía de la Pascua (v. 4)

En el trasfondo de esta narración están presente los acontecimientos del Éxodo y la travesía del pueblo judío por el desierto. Éstos son los detalles:

  1. Jesús pasó a la otra orilla del lago de Tiberíades (v. 1). Juan hace memoria de la Pascua de los judíos y del paso del Mar Rojo al salir de la esclavitud de Egipto. Jesús es el nuevo y definitivo Moisés que conduce a su pueblo hacia la verdadera tierra de la promesa.
  2. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos (v. 3). La montaña es el lugar de la manifestación de Dios con los humanos. Recuerda la teofanía de Dios a Moisés en el Sinaí entregándole los mandamientos. Jesús ofrecerá en el ambiente de la Cena pascual el único mandamiento: Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros (Jn 13, 34).
  3. Estaba próxima la fiesta judía de la Pascua (v. 4). En la Cena pascual Jesús instituye la Eucaristía. Se ofrece a sí mismo como alimento total y definitivo. En este relato, Jesús multiplica el pan y los peces, símbolo del Pan de la vida, que es Él mismo (Jn 6, 47), y que sustituye al maná bajado del cielo, pan que no daba la vida verdadera (Jn 6, 58).

Jesús viene a dar plenitud a los símbolos y realidades que animaron la vida de los creyentes del Antiguo Testamento.

Jesús es y realiza la verdadera Pascua, el paso de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios. El paso por su propia muerte hacia la resurrección instituye para los humanos la Pascua plena y definitiva: el paso a la inmortalidad.

Él es nuestra Pascua, paso y transformación hacia la vida total. Los cristianos celebramos esta Pascua, el misterio pascual, en cada Eucaristía. Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

2. Jesús tomó los panes, y después de haber dado gracias a Dios, los distribuyó entre todos (v. 11)

Jesús se preocupa de saciar el hambre corporal. Ve la necesidad de los que sufren: enfermedad, hambre, abandono, desprecio, marginación, injusticia... Es el modo cómo la gente entiende que el Evangelio es amor, que busca, por todos los modos, la dignidad de las personas. No hay fraternidad si no hay solidaridad y participación de los bienes entre todos.

Pero, Jesús va más allá. Y también se da como verdadero alimento, como el Pan de Vida. Juan, que no narra la institución de la Eucaristía, nos da a entender en este relato, en el gesto y en las palabras de Jesús, que es el Pan verdadero, que se entrega constantemente a todos en la Eucaristía.

Jesús es la donación generosa, constante y plena para la vida del ser humano. El que le recibe con fe tendrá la Vida, que es Él mismo.

La Eucaristía es la celebración de la fraternidad, de los hermanos en la fe y en el amor. Y la Eucaristía es también compartir con los hermanos el mismo Pan, que incluye el pan, el alimento corporal, para quien lo necesite. La Misa nos convoca para formar asamblea de hermanos. Y nos envía para hacer fraternidad entre los humanos.

Jesús inicia la fiesta, el banquete del Reino, la felicidad de todos, pues todos son invitados a participar en esta comida, abundante, exquisita y gratuita.

Cada cristiano, nuestra comunidad, nuestra Iglesia ha de vivir de la Eucaristía para compartir con los hermanos y crear fraternidad, familia.


La Palabra me anima a despertar en mí motivos de solidaridad. Jesús lo da todo de sí. Como discípulo suyo, he de ir copiando estos gestos, sinceros y prácticos, de amor compasivo con los necesitados.

He de buscar siempre a Jesús, en su Palabra y en su Pan, la verdadera intimidad y vida con Él. Pues, siendo Él la Palabra y el Pan, tendré las fuerzas necesarias para colaborar con Él. Siempre me estará preguntando qué parte de mí estoy dispuesto a dar para alimentar a tanta gente hambrienta del pan material y de la Palabra.

La Eucaristía es la donación de Jesús, la actualización de su entrega hasta la muerte a favor de los humanos. ¿Cómo vivo tal misterio?

Perdona, Jesús, mi indiferencia ante la necesidad de mis hermanos. Quiero seguir tus modos de entrega generosa y compartir lo que tengo con los que más lo necesitan.

Quiero comprender tu donación personal y gratuita. Y quiero seguir el testimonio que me das. Haz que siga tus huellas, tu estilo, tu entrega, tu compasión, tu Amor.


A Jesús, que lo da todo de sí, para dar la Vida verdadera y total.

A tantos hermanos, que se desviven por ayudar generosamente al necesitado.

A mí mismo, débil, egoísta, indiferente ante el sufrimiento ajeno.

Recordaré con frecuencia durante la semana la oferta de Jesús: Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. El que coma de este Pan vivirá para siempre (Jn 6, 51).

16to. Domingo Ordinario

 

Vas a comenzar este rato de oración, de diálogo con el Señor. Trata de concentrarte todo lo posible, porque es un tiempo privilegiado, en el que vas a escuchar la Palabra y vas a responder a ella.

Recuerda que la verdadera experiencia de oración lleva consigo una capacidad de enriquecimiento personal para el que ora.

La oración no nace de ninguna mente humana, sino del querer divino, pues Él quiere darse a conocer a los humanos.

En la oración se purifican todas las limitaciones e imperfecciones.

El Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, viene en tu ayuda. Invócale. Ábrete a su inspiración, a su fuego y a su impulso. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 6, 30-34

Contexto bíblico

Los discípulos regresan de su experiencia misionera. Nos podemos imaginar que se juntan con el Maestro llenos de alegría, por las obras extraordinarias que, en el nombre de Jesús, habían realizado. Así aparece en el texto paralelo de Lc 9, 10-17.

Jesús los reúne como amigos y les invita a descansar.

Texto

1. Vengan... a descansar un poco (v. 31)

Jesús, llevado de su amistad con los discípulos, los invita a descansar. Sin duda, que tal descanso, en un lugar deshabitado, implicaba entrar en un retiro de oración. Como el mismo Jesús lo hacía repetidamente.

Después de la actividad absorbente, es necesario hacer una pausa para evaluar los resultados de la entrega a la tarea apostólica. Y esa evaluación, ¿qué mejor que hacerla en grupo, con la presencia y orientación del Maestro, y en clima de sinceridad y de oración?

La tarea apostólica no se fundamenta en técnicas humanas, sino en la comunicación constante con el Señor, que es la fuente y la cumbre, de la que brotan y a la que se dirigen la predicación del Evangelio y la lucha contra el mal.

El misionero necesariamente ha de encontrarse con el Señor en todo tiempo. Y el descanso está en "contar" las experiencias apostólicas, en diálogo sincero y orante, a Aquel que los envía.

2. Como ovejas sin pastor (v. 34)

Jesús se ve precisado por la gente que le busca, hambrienta de la Palabra y hambrienta también del pan material.

Jesús no les deja desamparados. Sintió compasión de ellos (v. 34). El ver a la multitud desprotegida es suficiente razón para atender y ponerse a enseñar. Es la urgencia de un pueblo, que está marginado y que busca con todo anhelo las enseñanzas del Maestro. No se puede dejar olvidados a tantos hambrientos de la Palabra auténtica.En tiempos de Jesús, el pueblo sencillo era despreciado por los maestros de la Ley, por los jefes políticos y religiosos. Era declarado "impuro" e indigno de escuchar las enseñanzas sobre la Alianza y los mandamientos.

Jesús, movido a compasión, los atiende y se puso a enseñarles muchas cosas (v. 34).

Es la señal evidente de que el Evangelio va dirigido a los sencillos. Y es la razón suficiente por la que la Iglesia de hoy ha de estar con la gente popular, la gente marginada. ¡Cuántos políticos se acuerdan de los pobres solamente en tiempos de campaña electoral y "compran" el voto y su dignidad con una despensa o cualquier promesa, que jamás se cumplirá!

Una comunidad cristiana que no es del pueblo, no es la comunidad de Jesús. La Iglesia que no sirve, no sirve para nada.

El testimonio de los cristianos que atienden a los marginados y pobres de hoy es necesario para hacer "creíble" el Evangelio. Recordemos el gran testimonio de la Madre Teresa de Calcuta.

La fuente de toda esta actividad caritativa y misionera brota del Amor del que debe estar lleno el evangelizador. Como Jesús, el Testigo fiel (Ap 1, 5), que se deja llevar de la compasión. Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, y se puso a enseñarles muchas cosas (v. 34).

Jesús atiende a la multitud en su necesidad espiritual y material, alimentándola con la Palabra y con el pan multiplicado milagrosamente.


De este relato puedo fácilmente extraer varias enseñanzas para mí crecimiento y para mi tarea como evangelizador.

Jesús me enseña que:

  • la relación con Dios en la oración es totalmente necesaria para evangelizar. No se puede ser pregonero de la Palabra, si no se intenta vivirla.
  • hay que buscar tiempos de "descanso", no sólo corporal, sino también encontrar espacios de retiro y oración para confrontar la conducta (valores, criterios, actitudes y actividades...) con la Palabra de Dios.
  • en diálogo de amistad y sinceridad con los hermanos, que sienten la misma vocación de evangelizadores y misioneros.

Intento revisar, a la luz de este texto evangélico, mi vocación y dedicación como colaborador de la obra misionera de Jesús.

Señor, te agradezco porque me has elegido para ser tu apóstol, al servicio de la Buena Noticia del Reino. Pero, al mismo tiempo, siento mi pequeñez y desánimo para acometer esta empresa con todo entusiasmo y entrega.

Ten compasión de mí, Jesús, y haz que yo pueda responder a tu llamada, con mi pequeña parte, como lo hicieron tus discípulos primeros.


A Jesús, totalmente entregado al bien de la multitud desamparada y olvidada.

A muchos misioneros en la historia de la Iglesia, que dedicaron toda su vida a la predicación de la Palabra y al servicio de los pobres.

A ti mismo, que quieres seguir tales ejemplos y testimonios. Y que te sientes débil y necesitado.

Trataré de reencontrame a mí mismo, en mi vocación de cristiano y de misionero.

Recitaré muchas veces durante la semana: El Señor es mi Pastor, nada me falta (Sal 23 (22)).

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