Viernes, 19 Octubre 2018

Fiesta de la Sagrada Familia

Comienzas este tiempo especial de amistad con el Señor. Es un tiempo necesario para tu vida. Por eso, tienes que poner todo el empeño, dejar a un lado las ocupaciones y preocupaciones para dialogar con el Padre, con Jesús, con el Espíritu.

Abre tus oídos a la Palabra, para interiorizarla y dejar que ella te transforme.

Invoca al Espíritu, que te ofrecerá el verdadero sentido de la Palabra: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 2, 22-40

Contexto litúrgico

En el domingo dentro de la Octava de Navidad, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, con textos propios en la lectura de la Palabra de Dios.

Contexto bíblico

El evangelista Lucas es quien nos describe con más detalle la infancia de Jesús.

El relato, que leemos este domingo, de la Presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, nos manifiesta que Él, humanizado, se somete en todo a la condición de cualquier niño judío. Y, además, por las manifestaciones del anciano Simeón y los gestos de acción de gracias de la profetisa Ana, el evangelista nos va abriendo a la otra realidad, que es Jesús, el Mesías, el que inaugura la Nueva Alianza, los nuevos tiempos de salvación.

Texto

1. Llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor (v. 22)

María y José, como buenos judíos, cumplen la norma de la purificación de la madre a los cuarenta días del parto, para quitar la mancha legal de su impureza. Al mismo tiempo, los judíos debían presentar y consagrar al Señor en el templo de Jerusalén al primogénito si era varón.

Es la ofrenda pública al Señor de este Niño, anticipo de la gran ofrenda que hará en el Calvario de sí mismo para la salvación de todos. Podemos recordar el texto de la Carta a los Hebreos 10, 5-7: Al entrar en este mundo, dice Cristo: No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; no has aceptado holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Podemos afirmar que toda la vida terrena de Jesús es un "aquí estoy", una actitud de entrega, una ofrenda total al Padre para hacer su voluntad, su proyecto de salvación para todos los humanos. Y la Palabra de la Escritura lo va resaltando. "El hombre disponible", ha dicho de Jesús algún teólogo.

María y José son los portadores de la Gran Ofrenda, que es Jesús. La vida de estos santos esposos estuvo siempre en sintonía con la voluntad de Dios.

2. Mis ojos han visto al Salvador (v. 30)

Los dos personajes extraños que aparecen en escena, Simeón y Ana, reconocen en este Niño al Mesías esperado. Simeón, en su ancianidad, lleno de júbilo, exclama que, viendo al Salvador, ya puede morir en paz. El cántico de Simeón descubre en el Niño:

  • al Salvador de todos los pueblos;
  • a la Luz que ilumina a todas las naciones;
  • y la gloria del pueblo de Israel.

La promesa de salvación de Dios a su pueblo Israel, con tantos siglos de espera, se ha cumplido en este Niño, presentado en el templo. La historia de la salvación ha llegado, no sólo para el pueblo hebreo, sino para todo el mundo.

Ana, la profetisa, también reconoce quién es aquel Niño. Y alaba a Dios y pregona a todos que aquel Niño viene para colmar las esperanzas de Israel y liberar de los pecados a la humanidad.

3. Signo de contradicción (v. 34)

La sombra de la cruz se perfila en el horizonte de la vida de esta Familia. Este Niño será signo de contradicción. Será causa de que unos caigan y otros se levanten en Israel. Así, vemos por los Evangelios, que Jesús fue para muchos tropiezo y piedra de escándalo para los fariseos y maestros de la Ley, pero también consuelo y ánimo para los que esperaron y confiaron en Él.

La cruz está en la vida de Jesús, de su Familia, y de todos aquellos que sinceramente quieran seguirle. Es más. La cruz está en la vida de cada persona, creyente o no. Pero, depende de la fe y la confianza en Dios, para que las cruces sean también, como la de Jesús, causa de salvación para sí y para otros. La ofrende sincera de la existencia, personal y familiar, conduce al sufrimiento. Pero, también desde la esperanza, mantenida y constante, en el Resucitado lleva al cristiano a la Vida verdadera y total.

Podemos exclamar con gozo como el anciano Simeón: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto al Salvador (vs. 29-30).


La Familia es la escuela de encuentro, armonía, paz, amor y esperanza para toda persona. La Familia cristiana, desde el hogar, ha de ser escuela de sintonía y encuentro permanente con la salvación que Dios nos ofrece.

La comunidad cristiana, la familia de la Iglesia, es el lugar de nuestra ofrenda sincera y constante al Señor. En ella crecemos, nos ayudamos y juntos alabamos al nuestro Padre en Jesús y damos testimonio de nuestra fe y alegría.

Gracias, Jesús, porque, al nacer y crecer Tú mismo en una Familia, también nos das el testimonio del valor de nuestras familias.

Gracias, Jesús, por mi familia, la Iglesia. Por ella y en ella, aprendo a amarte a Ti y a los hermanos.


A Jesús, Niño, en brazos de María, la Madre, aprendiendo a caminar y a orar.

A ti mismo, recordando las escenas de tu hogar, cuando tu mamá te alimentaba y te enseñaba a rezar.

A ti mismo, añorando las sesiones de catequesis que recibiste en la iglesia y donde aprendiste a comprender y a querer a otros compañeros.

Agradeceré constantemente el don de la familia natural y el don de la familia cristiana.

Repetiré durante la semana: Mis ojos han visto a tu Salvador (v. 30).

4to. Domingo de Adviento

Orar es:

  • comulgar con Dios, con los hermanos y con la creación;
  • estar con las personas que amo, porque Dios las lleva en su corazón;
  • la iniciativa de Dios hacia el hombre y el impulso del hombre hacia Dios;
  • entrar en el misterio de Dios y en el misterio del hombre;
  • entrar en la escuela de Jesús y aprender de sus modos de comunicarse con el Padre.

El Espíritu siempre está disponible para iluminarnos con la Palabra y animarnos a llevarla a la práctica. Le invocamos con la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 1, 26-38

Contexto litúrgico

El cuarto domingo de Adviento señala la última etapa de preparación para la celebración de Navidad, misterio de encuentro de Dios humanizado, de la Palabra hecha palabras humanas, de toda la Trinidad que definitivamente se implanta en el corazón de los humanos.

Contexto bíblico

Lucas describe el evangelio de la infancia de Jesús en torno a María. Mateo, en cambio, lo hace en torno a José.

El anuncio de la venida del Mesías se realiza lejos del templo de Jerusalén (como se describe también el anuncio de Juan Bautista), en una humilde aldea de Galilea, Nazaret. Y no se da el anuncio a un sacerdote (como en el relato del Bautista), sino a una sencilla mujer. ¡Qué contrastes!

Texto

Lucas narra el anuncio de la venida del Salvador según el esquema tradicional de los géneros literarios de las anunciaciones (Ismael, Isaac, Sansón, Samuel):

  • saludo del enviado de Dios. Aquí, el ángel Gabriel (v. 28);
  • extrañeza y turbación de quien recibe el anuncio, María (v. 29);
  • el enviado invita a la serenidad, comunicando el mensaje (30-33);
  • pregunta de la elegida, María (v. 34);
  • nueva explicación y aceptación del mensaje (35-38).

1. Envió Dios al ángel Gabriel (v. 26)

La iniciativa viene de Dios, que ha ido preparando la historia de salvación en el Antiguo Testamento.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para liberarnos del dominio de la ley, y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios (Gal 4, 4-5).

Jesús es presentado como el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, hijo de María, representativa de toda la raza humana. Jesús es también el que viene a cumplir las promesas hechas a David. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (v. 32)

Por eso, envía a su mensajero para anunciar la venida de su Hijo, como Hijo del Altísimo. Jesús viene a realizar el Reino de Dios, cuyo signo y anticipo fueron los reinos de Israel. Reinará sobre la descendencia de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin (v. 33).

Dios es siempre fiel, cumple las promesas y envía a su Hijo para traer la salvación al mundo. La promesa, la Palabra dada a los antiguos, se hace Palabra en el seno de una mujer. Toma carne y condición humanas, se hace semejante a los humanos. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). ¡Misterio esperado y anhelado por toda la creación! ¡Donación total de Dios en Jesús para la humanidad!

2. Aquí está la esclava del Señor (v. 38)

María es la que hace posible la donación de Dios a la humanidad. Sin sueños de grandezas, como David, alejada de los centros de poder político y religioso, humilde doncella de un pueblo desconocido, en la "hereje" Galilea.

La actitud de disponibilidad de María abre las puertas de la humanidad a la acción salvadora de Dios. La fuerza de la Palabra del Génesis, Hágase... la luz, hagamos al ser humano, creó los seres de la nada. En los tiempos nuevos del Nuevo Testamento, las palabras confiadas y sencillas de la joven María, Hágase en mí según tu Palabra (v. 38), hacen brotar la nueva creación, el Hombre nuevo. Y la nueva creación superó a la primera.

María, confiada y entregada al plan de Dios, puede exclamar con toda fidelidad: Ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones (Lc 1, 48).


La Palabra de Dios refleja su fidelidad. Es el Dios fiel, que da estabilidad y confianza a nuestras debilidades. Porque el Señor está contigo (v. 29).

También a ti, como a María, el Señor te dice continuamente: No temas, porque Dios te ha concedido su favor (v. 30). Para que te unas con María al reconocimiento de las maravillas del Señor que, desde antes de la creación del mundo, está realizando por ti. Proclama mi alma la grandeza del Señor (Lc 1, 47)... porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso (Lc 1, 49).

Reconozco los dones del Señor en mi vida... Movido por su amor, él nos destinó de antemano, por decisión gratuita de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo (Gal 1, 4-5).

Mi actitud de disponibilidad, confianza y obediencia al plan de Dios es la de María: Hágase en mí según tu Palabra (v. 38).

Te doy gracias, Padre, por la riqueza de tu gracia que has derramado abundantemente sobre nosotros con gran sabiduría e inteligencia (Ef 1, 7-8).

Como María, quiero estar disponible para vivir en mí tu proyecto de salvación y sintonizar con tu Voluntad en todos mis actos.

Me confío a Ti, Padre, junto con tu Hijo y hermano nuestro, Jesús, que, al venir a este mundo, te manifestó su total disponibilidad: Aquí estoy para hacer tu voluntad (Heb 10, 7). Gracias, Jesús, porque me enseñas y me ayudas a ser verdadera persona humana y portarme como hijo del Padre y hermano tuyo. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.


Al Padre que todo lo renueva y recrea en Jesús para hacernos felices.

A Jesús, que generosamente viene a nuestra tierra para hacernos hijos del Padre.

A María, pura criatura humana, que sabe responder al plan salvífico de Dios.

A ti mismo, objeto de las complacencias de Dios y que espera toda tu entrega a Él.

Repite con frecuencia durante la semana, copiando la actitud de María: Aquí está la(el) sierva(o) del Señor. Hágase en mí según tu Palabra.

3er. Domingo de Adviento

Orar es:

  • transformarse, pues la mirada de Dios me purifica y me ilumina;
  • la luz y el fuego de su rostro, donde mis culpas son abrasadas;
  • mí reflejo en Él y mi crecimiento en Él;
  • un verme y mirarme en Él.

Invoco al Espíritu, que me inspira y me anima a escuchar la Palabra y a conformar mi vida según la Palabra. Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Juan 1, 6-8. 19-28

Contexto bíblico

Este texto está tomado del prólogo del Evangelio según san Juan. Este prólogo es un antiguo himno cristiano, al que la escuela joánica le añadió algunos versículos, para celebrar la fe en Jesucristo, como Verbo o Palabra del Padre.

En las primeras comunidades cristianas, se suscitaron algunas polémicas sobre quién era el mayor si Jesús o Juan Bautista. Éste es el mensajero. Jesús es el Mesías, la Palabra, el Enviado del Padre.

Texto

1. Juan vino como testigo (v. 7)

El testigo es el que refiere lo que ha visto y oído. En el lenguaje cristiano, el mártir es el testigo por excelencia, pues entrega su vida por Jesucristo.

El profeta también es testigo de Dios, de su Reino y proyecto de salvación. Pues denuncia las injusticias y anuncia que Dios es Padre y quiere unas relaciones de fraternidad entre los humanos.

Juan Bautista es el primer testigo del Nuevo Testamento. Él mismo tiene conciencia de su misión. Pues niega que él sea Elías ni el Mesías, ni la luz. Sólo es un testigo de la luz.

Juan Bautista se presenta como la voz que grita en el desierto, aplicándose las palabras de Isaías. Él viene a preparar los caminos del Mesías.

Juan Bautista no vive para sí. Su misión es anunciar y preparar la venida del Mesías. Y para indicar su presencia entre los hombres. Él es el testigo fiel, que entregará su vida por la justicia y la verdad.

2. Hay uno a quien no conocen (v. 26)

Es Jesús, el gran Desconocido. Los fariseos, los escribas, el pueblo de Israel conocían las profecías del Antiguo Testamento. Todo apuntaba al Mesías. Y cuando llega, no le reconocen. Es más: los jefes del pueblo, los maestros que explicaban las profecías y la historia de salvación al pueblo, no conocen al Mesías y lo rechazan en su mensaje y en su persona.

Conocer, según el lenguaje bíblico, indica no tanto un conocimiento teórico, sino un conocimiento profundo y experiencia íntima. Conocer tiene que ver con la vida, el seguimiento, la identidad y la entrega.

Hoy podemos repetir las mismas palabras del Bautista: En medio de ustedes hay uno a quien no conocen (v. 26). No podemos contentarnos con decir que conocemos a Jesús, pues le conocemos y también estudiamos su Palabra. Pero, el salto a la experiencia profunda con Él, tal vez esté por estrenarse en nuestra vida.

En la medida en que vivamos la experiencia con Jesús (sentimientos, ideales, valores, oración, entrega, misión) nuestra vida se irá transformando.

En la medida en que vayamos adquiriendo esta sabiduría, seremos testigos ante los demás del Evangelio que llevamos dentro.


¿Soy testigo de la vida que el Señor ha implantado en mí desde el bautismo? ¿Cómo experimento esta presencia del Espíritu?

¿Trato de encontrarme con este Jesús, con su Espíritu, para dejarme transformar por Él? ¿Cómo llevo mi vida de oración, de relación profunda con el Señor?

En mis actuaciones como cristiano ¿trato de manifestar a Cristo, su verdad, su luz, su salvación? O tal vez, ¿quiero presentarme a mí mismo, lo que yo pienso, lo que yo siento...?

¿Animo a los demás para que lleguen al conocimiento y experiencia con Jesús?

Padre, Tú nos has dado tu Palabra en tu Hijo Jesús. Y hemos leído la Palabra inspirada, que nos ofreces por medio del apóstol Pablo: "Estén siempre alegres" (1 Tes 5, 16; segunda lectura de este domingo). Y la mayor causa de nuestra alegría es que nos enviaste a tu Hijo Jesús como nuestro Hermano y amigo. Ésta es la alegre y buena noticia. Éste es el Evangelio. Que Tú nos amas y nos lo demuestras con el gran regalo de tu Hijo. ¡Gracias, Padre! ¡Gracias, Jesús, porque lo has hecho todo por darnos la felicidad! ¡Gracias, Jesús, porque hemos recibido un bautismo de hijos de Dios en tu Espíritu de Amor!

Queremos ser tus testigos en esta tierra. Para que otros hermanos se animen a seguirte con toda entrega y decisión. Al estilo de Juan Bautista que no se arrogó ningún título, sino que quiso preparar tu venida. Y también lo dio todo por Ti.


Al Padre, que nos entrega su Amor, manifestado en Jesús.

A Jesús, que ha venido para anunciarnos y realizar la Buena Noticia de que Dios nos ama.

A nosotros mismos, que nos distraemos con bagatelas y no entramos en una experiencia de filiación y amistad con el Padre y de fraternidad con Jesús y con los demás hermanos.

A otras personas, de la misma familia y conocidas, que, a pesar de estar bautizados en el Espíritu, viven como si no fueran hijos de Dios y hermanos de Jesús.

Repite con frecuencia durante la semana: Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Recuerda y medita que un cristiano triste es un triste cristiano. "El Evangelio es una 'buena nueva', es un reino en el que no puede faltar la alegría. Un cristiano irremediablemente triste no es auténticamente cristiano" (Pablo VI).

2do. Domingo de Adviento

Orar es:

  • reconocer que soy "agraciado" de Él y por Él.
  • sentir que su misma vida fluye por mis venas;
  • ser consciente de que Él me lo regala todo generosamente: vida, familia, amigos, su misma vida;

Orar es:

  • reconocer los dones del Señor y agradecerlo todo.
  • darle gracias no sólo con palabras sino con el testimonio de mi conducta.
  • reconocer que mi vida no tiene sentido si no es desde una actitud permanente de gratitud.
  • darle gracias porque Él es gratuito, gracioso y gratificante.

Nos abrimos a la acción del Espíritu que nos manifiesta el tesoro de la Palabra. Le invocamos: Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 1, 1-8

Contexto bíblico

El Evangelio de este domingo es el comienzo del Evangelio según san Marcos. Es el título que da Marcos a todo su evangelio: Comienzo de la Buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios (v. 1).

Con esta misma palabra "comienzo", "al principio", inician también los libros del Génesis y del Evangelio según san Juan. Aquí es el comienzo de la buena noticia, la total, la definitiva, que nos trae Jesús y la realiza él mismo.

Texto

1. Buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios (v. 1)

Es el título que Marcos puso a todo el librito que escribió sobre Jesús: Evangelio, buena Noticia. Condensa todo lo que se propone escribir Marcos sobre la identidad de Jesús: Mesías, Hijo de Dios. Marcos nos irá desvelando, a lo largo del su evangelio, quién es Jesús.

Todo lo que hizo y dijo Jesús es la Buena Noticia, para el que le sigue, para el que vive con Él y de Él. Esa buena y alegre noticia ha llegado hasta nosotros.

La palabra y el acontecimiento Evangelio son algo entrañable para el cristiano. Es la invitación permanente, de siempre, a vivir en el gozo de la llamada del Padre que nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo por amor (Ef 1, 4). Todo lo que hace y dice Jesús ha de ser acogido como "Buena noticia" para el cristiano y para toda persona. Que le busca, aunque sea inconscientemente.

Fue Marcos el primero que utilizó la palabra Evangelio (que significa buena noticia) para designar toda la vida y obra de Jesús. ¡Feliz idea!

2. Envío a mi mensajero (v. 2)

Son las palabras del profeta, el segundo Isaías, que unos cinco siglos antes, anima a su pueblo a reemprender el camino de regreso a su país, desde el destierro de Babilonia.

Son las palabras de consuelo (primera lectura), que llegan a su plenitud con la venida de Jesús, para reemprender con Él el verdadero camino hacia los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habite la justicia (2 Pe 3, 13).

La venida del Evangelio vivo que es Jesús, también es precedida por el envío de un mensajero, Juan Bautista, profeta austero, que bautiza con agua solamente, porque Aquel a quien anuncia los bautizará con el Espíritu Santo (v. 8).

Juan Bautista anima al pueblo anima a sus oyentes a esperar al que es más fuerte que él, el que viene de parte de Dios, el Mesías.

Juan Bautista predica en el desierto (v. 4). El desierto trae las resonancias bíblicas del pueblo del éxodo, liberado de la esclavitud, que pacta alianza de amor al pie del Sinaí y que, siglos más tarde, también reemprenderá el camino del desierto desde Babilonia a su patria.

La Palabra de Dios, en boca de los profetas, es la que abre a la esperanza y al comienzo de una vida nueva y diferente. La Palabra de Dios, en boca de Jesús-Palabra, no sólo anuncia, sino que realiza, la plenitud de la salvación.

3. Preparen el camino (v. 3)

El profeta Malaquías (3, 1) animaba a preparar el camino de Dios. Tal camino es Jesús, según la aplicación de Marcos. Y los senderos de Isaías (40, 3; primera lectura) nos llevan al mismo Jesús. Juan Bautista retoma toda esa tradición para preparar la venida del Mesías.

En la actualidad hay también entre nosotros senderos desviados del verdadero y único Camino que nos lleva al mismo Jesús. Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).

No podemos encontrar el Reino de Dios sino es en Jesús, que pregona y vive la verdadera justicia, fraternidad, caridad, Con Él, sí podemos caminar seguros, para llegar a su total Verdad y vivir la plenitud de su Vida.


¿Soy mensajero del Evangelio, del gozo del amor que el Padre nos ha manifestado en Jesús? O ¿soy mensajero de noticias tristes, como un profeta de calamidades?

¿Espero de verdad, confío totalmente que este Enviado Jesús, Mesías, Hijo de Dios, nos trae la verdadera salvación y liberación del pecado y problemas psicológicos (miedo, depresión, euforia exagerada...) ¿Creemos de verdad en Él?

¿Hago algo por llevar a los demás la alegría y el gozo del Evangelio? ¿Lo entiendo así? O ¿lo siento como un peso, cargado de leyes, preceptos, mandamientos...?

¿Soy de verdad el "quinto Evangelio" para aquellos que no saben de la Buena Noticia que es Jesús?

Tú, Padre, nos has preparado los caminos que conducen hasta el Camino total y definitivo. Por medio de los profetas, de Juan Bautista, nos has indicado claramente que Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, es la entrega total de tu Amor, que nos salva.

Haz que nuestro bautismo nos traiga un nuevo fuego, que purifique nuestros pecados y nos haga hablar y practicar el único lenguaje que nuestro mundo puede entender, que es el del Amor.

Que la Iglesia, nuestra comunidad, sea antorcha y fuego en este mundo frío por las tensiones, las guerras y las injusticias. Que nosotros, pequeña comunidad nacida de Jesús, seamos portadores de la Buena y Alegre Noticia de tu Amor y de tu salvación, que nos regalas en tu Hijo y Hermano nuestro, Jesús. Con él, sí queremos ser los mensajeros de buenas noticias, de la Única Gran Noticia, que eres Tú.


A Jesús, que nos trae y nos ofrece la verdadera y total gran Noticia.

A ti mismo, que te vas abriendo al gozo de estar con Jesús, como discípulo y amigo.

A otros hermanos, que esperan una palabra y gesto de comprensión, ayuda y animación.

Jesús, quiero ser tu Evangelio, con mis palabras y obras, para aquellos que poco o nada saben de Ti, para aquellos que no leen las Buenas Noticias que los Evangelios nos hacen memoria de tu gran Amor.

Repetiré con frecuencia esta semana: Jesús, Tú eres la única y gran Noticia, Tú eres el mejor Evangelio.

1er. Domingo de Adviento

Orar es: esperar aun contra toda razón humana.

  • ser consciente de que Él me conduce hacia un futuro de luz y de gloria;
  • permanecer en la confianza en Él aun en los días obscuros, porque Él quiere lo mejor para mí.
  • superar la monotonía, la desilusión, la desesperanza;
  • estar vigilantes, porque el Señor viene constantemente a nuestras vidas.

Nos abrimos a la acción del Espíritu. Él está dispuesto a manifestarnos la voluntad del Padre por medio de la Palabra, que es Jesús. Y también nos ofrece gratuitamente su fortaleza para vivir de acuerdo a la Palabra-Jesús. Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 13, 33-37

Contexto litúrgico

Este domingo señala el comienzo del año litúrgico. Iniciamos también el Tiempo de Adviento, en el ciclo B. En este ciclo leeremos principalmente el Evangelio según san Marcos.

Contexto bíblico

Todo el capítulo 13 de Marcos es una enseñanza sobre los últimos tiempos. Se llama discurso escatológico, porque habla de los últimos acontecimientos, sobre el final de la historia del mundo.

Pedro, Santiago y Andrés le preguntan en secreto a Jesús cuándo será la destrucción del templo de Jerusalén (13, 4). Pero, Jesús no contesta a la pregunta, sino que insiste en la necesidad de estar preparados y vigilantes.

Este discurso escatológico de Jesús tiene tres partes:

  1. Hay que discernir: Estén atentos para que nadie les engañe (13, 5-23).
  2. Hay que esperar la venida del Hijo del hombre (13, 24-32).
  3. Hay que velar y estar preparados en el momento presente (13, 33-37).

Texto

1. Estén prevenidos (v. 33)

Jesús nos exhorta a la vigilancia. Y pone dos comparaciones o parábolas:

  • la higuera (v. 28): que anuncia la llegada del verano con sus brotes y ramas verdes;
  • la del hombre que se ausenta de su casa y confía a su mayordomo la vigilancia (v. 34).

La enseñanza de Jesús no pretende infundir el miedo al no revelar el día ni la hora.

El Señor quiere decirnos que todas las horas y todo tiempo son buenos para esperarle y encontrarse con Él. Todo tiempo es bueno para esperarle y recibirle.

Lo importante es vivir el presente en comunión de amor con Él y no estar obsesionado o preocupado por conocer cuándo será el final de los tiempos o el de la vida de cada uno.

El Señor viene continuamente. Hay que vigilar y discernir esos momentos especiales de la venida del Señor en el tiempo de salvación. Si nosotros nos encontramos con el Él continuamente, no hay que temer el final de nuestra vida en la tierra.

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así, pues, tanto si vivimos como morimos, somos del Señor (Rom 14, 7-8).

2. No sea que los encuentre dormidos (v. 36)

Nuestro Dios es un Dios sorprendente. Porque no es un Dios para un tiempo, sino para todo tiempo. Es el Dios-con-nosotros, que quiere estar dentro de nosotros.

Sorprendente, porque puede llegar a cualquier hora: al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer (v. 35).

Para el que confía y espera todos los momentos del día y de la noche son historia de salvación. El tiempo se convierte así en "sacramento" del encuentro con el Señor.

Sorprendente, porque Él se presenta calladamente en el interior de cada uno, en los acontecimientos de la vida.

Sorprendente, porque no viene a pedir cuentas, sino a dar: Jamás nadie vio ni oyó hablar de un Dios que actúe como tú, para quien confía en él (Is 64, 2).

Doy gracias a Dios continuamente por ustedes, pues les ha concedido su gracia mediante Cristo Jesús, en quien han sido enriquecidos abundantemente con toda palabra y con todo conocimiento (1 Cor 4-5). Jesús ha venido para regalarnos la salvación total. Hemos de abrirnos en confianza total a Él.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva? ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Pero Dios que nos ama, hará que salgamos airosos de todas estas pruebas (Rom 8, 31-37).

El Señor nos brinda toda su confianza, amor y salvación. Estemos despiertos, en la espera y en la esperanza.


¡Cuántas veces estoy como dormido y no me doy cuenta de que el Señor está dentro de mí para ayudarme en todo momento! ¡Cuántas veces busco el consuelo en las criaturas, sin acordarme de que el Señor está en mi.

La fe me lleva a la confianza total de que el Señor está en mí y trabaja muchísimo más que yo por mi propia felicidad.

La esperanza es la virtud que el Adviento nos inspira. La que nos hace mirar con confianza el presente, porque caminamos confiados hacia el futuro.

La esperanza me lleva a trabajar cada día en mi crecimiento con y en Dios. Vigilancia, esperanza, confianza, responsabilidad. Son las actitudes que la Palabra nos indica hoy. ¿Cómo estoy en estos aspectos?

Señor, Tú eres nuestro padre y nuestro redentor. Ése es tu nombre desde siempre (Is 63, 16; segunda lectura).

En Ti, Padre, pongo toda mi confianza. Que vaya cada día preparando tu presencia en mí. Que pueda vivir siempre contigo, para que el paso a la otra vida esté señalado por un amor y confianza totales en Ti y no tema el momento de la muerte.


A Jesús, que me anima, me espera, me fortalece, está conmigo.

A mí mismo, para ahuyentar todo temor por el presente y por el futuro.

A los hermanos, para animarles a vivir con responsabilidad y esperanza.

Repetiré con frecuencia durante la semana: ¡Ven, Señor, Jesús! (Ap 22, 20)

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