32do. Domingo Ordinario

32do. Domingo Ordinario

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Hay que disponerse para entrar en diálogo con el Padre y con Jesús. Es un momento importante en tu vida.

Orar es no es lo único necesario que tienes que hacer, sino algo que se hace en ti, que se renueva en ti cada vez que aceptas ser criatura de un proyecto divino.

Orar es tener hambre y sed de toda verdad, de todo amor.

Orar es entender que he aceptado, como fundamento de mi vida, ser amado en mi total y entera realidad.

Orar es saber que, en cada momento, hay siempre una sola cosa digna de ser escuchada y seguida, una sola música que nos cautiva y fascina.

Orar es pronunciar en lo íntimo del ser el solo y único Nombre que nos hace eternos en el corazón del Padre.

Orar es quedarse subyugado y fascinado por la presencia de Aquel que nos cautiva y hechiza.

Entremos con ilusión en este encuentro de Amor con Aquel que nos ama y que ha de ser el Absoluto en nuestra existencia.

Invocamos al Espíritu, Artífice de la intimidad con el Padre y con Jesús. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Marcos 12, 38-44

Contexto bíblico

Se han terminado, según Marcos, las discusiones con los maestros de la ley. Jesús, una vez más, los desenmascara. Y lo hace en el terreno del templo. Para indicar que las interpretaciones de los fariseos y aquel templo enorme están ya caducados. Jesús es, en sus palabras y obras, la auténtica enseñanza que Dios, por su medio, imparte definitivamente a todos los humanos.

Los discípulos de Jesús deben mirar más adentro de las apariencias, al corazón de la pobre viuda. Ella pone toda su seguridad en el Señor. Ella es dichosa porque vive aquello pobreza de espíritu. Su confianza total la ha puesto en Dios.

Texto

1. Jesús observaba (v. 41)

La mirada de Jesús profundiza en el interior: el corazón, la actitud de sinceridad y desprendimiento de la viuda pobre.

Para Jesús nada significa la ostentación de los ricos. Deja a un lado la doctrina tradicional que existía en Israel: las riquezas son signos de la bendición divina que recompensaba así la buena conducta del que tenía muchos bienes.

La limosna insignificante de la viuda contrasta con la generosidad con que la da. Lo que hace esta mujer es más valioso que las grandes cantidades que otros poderosos donaban al templo.

Y al fondo de este desprendimiento, está la confianza total puesta en el Señor. La renuncia a los bienes es signo, en la enseñanza de Jesús, de la gran estima con que Dios acoge y valora lo pequeño. Puesto que brota de un corazón sincero y desprendido, que hace de Dios el Absoluto en su vida.

De los labios de Jesús brota la alabanza para quien lo da todo por el Reino: Dichosos...

2. Ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir (v. 44)

Todos han echado de lo que les sobraba (v. 44). Dar de lo superfluo, de lo que les sobra, significa no dar lo esencial, que es la persona. No son los ricos de Israel los que valen a lo ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en Él.

Para muchos, que dan de lo que les sobra, no hay renuncia. No se entregan a sí mismos, no dan lo esencial, que es uno mismo. Se apoyan en sí mismos, no en Dios. Se mantienen en sus bienes, no en el Bien principal y único, que es el mismo Dios.

La viuda, con su donativo, se da a sí misma. Pone a Dios como el supremo y total Bien. Toda su vida la entrega al Absoluto. Pues no tiene más medios de subsistencia.

Con este gesto, la viuda pobre, expresa y refleja el mandamiento principal citado poco antes por Jesús: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Mc 12, 30).

Lo que vale ante Dios es la totalidad de la donación, no sólo de un pequeño caudal, que es el dinero, sino de toda la persona, su presente y su futuro.

Éste ha de ser el criterio del discípulo de Jesús: la entrega total, de sí mismo. Esto es lo valioso ante Dios. Mucho más que la entrega parcial, vistosa y ruidosa, que hacen los ricos.

La viuda pobre es ejemplo de un amor total a Dios: desprendido, absoluto, confiado.

No hay mayor gloria que ésta. No hay mayor alabanza que la que proclama Jesús. La alabanza va en relación a la actitud y realidad del desprendimiento del discípulo. No basta con dar, hay que darse a sí mismo.

Es la única manera de poner toda la confianza en el Dios de Jesús, que es Providencia y ayuda para los que en Él depositan toda su persona.

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Sin prejuicios ni distinciones entre pobres y ricos, sinceramente, ¿qué me enseña esta Palabra de Jesús? No echemos todas las piedras a los ricos. Hay que preguntarse sinceramente cuál es mi actitud ante los necesitados de nuestra sociedad.

¿Me contento con dar solamente algunas monedas a los pobres y para el culto en la iglesia? ¿Doy algo de mí, algo más profundo: mi tiempo, mis cualidades?

¿Cómo entiendo el amor al prójimo? ¿Dar solamente algo material: dinero, despensas, medicinas...? Hay que ir más allá y entrar en el corazón del que sufre, sintonizar con él, comprenderlo, mirar su situación sicológica y espiritual, ayudarle a ser más persona, a valerse por sí mismo...

¿Me entrego totalmente a la voluntad del Padre? ¿Ando en medianías y mezquindades para entregarme del todo al Señor?

Señor, me siento muy seguro de mí mismo, porque tengo: dinero, carrera, amigos, bienes, reconocimiento. Tal vez, tengo puesto mi corazón en todo esto.

Pero, me falta el total desprendimiento para llegar a entender y ser pobre de espíritu. Y sentirme en paz y en gozo en tus brazos, Padre.

Quien a Dios tiene, nada le falta. ¡Solo Dios basta! (Santa Teresa de Ávila).

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Contempla

Al mismo Dios, que se desprende de sí mismo para enriquecernos a todos.

A Jesús, que se entregó totalmente a sí mismo, para hacernos hermanos suyos.

A ti mismo, objeto de las complacencias y del amor de Dios y que espera tu respuesta generosa y entregada.

Meditaré durante la semana en la generosidad de nuestro Dios, que lo dio todo de sí al darnos a su propio Hijo, Jesús, como nuestro Salvador, compañero y hermano.

Reflexionaré durante la semana el siguiente texto: Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza. (2 Cor 8, 9).

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