27mo. Domingo Ordinario

27mo. Domingo Ordinario

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El Señor nos llama a escucharle a Él en su Palabra, en su Hijo Jesús. Que es la Palabra viva del Padre. Todo cuanto queremos saber del Ser íntimo de Dios nos lo ha contado Jesús. ¡Vamos a poner toda nuestra persona en actitud de escucha y de respuesta!

Orar es escuchar la Palabra antes de que nosotros le dirijamos nuestras palabras.

Orar es estar con calma y paz junto a Jesús, que nos conoce íntimamente.

Orar es estar en el Tabor con Jesús, para exclamar serenos: ¡Qué bien estamos aquí!

Orar es abrirnos totalmente a la acción del Espíritu, que nos descubre el sentido de la Palabra y nos anima para comulgarla y vivirla.

Orar es decirle al Padre: Tú sabes que te quiero, Tú lo sabes todo de mí.

Invoquemos al Espíritu, abriendo nuestra conciencia a su acción de Amor. Oremos suavemente: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Marcos 10, 2-16

Contexto bíblico

Marcos nos va relatando las enseñanzas de Jesús en su viaje hacia Jerusalén. Tanto a los fariseos como a los discípulos, Jesús va presentando las características del Reino de Dios, del proyecto de Dios desde el principio (primera lectura del Génesis de este domingo).

En esta ocasión, Jesús presenta su enseñanza sobre el matrimonio y la consideración a los niños, como personas con frecuencia desprotegidas.

Texto

1. Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre (v. 9)J

Jesús recuerda el plan de Dios sobre el ser humano, hombre y mujer. Los fariseos no discutían sobre el divorcio y los motivos que el varón esgrimía para extender el divorcio a su esposa. Esto lo veían claro: el varón era el único, que, por cualquier motivo (la comida quemada o desabrida, el atractivo de otra mujer, etc...), podía romper el compromiso matrimonial con su esposa. La esposa no representaba nada en aquella sociedad.

Jesús no se mete en discusiones de las escuelas rabínicas. Va al fondo de la cuestión. No hace caso de las excepciones que hizo Moisés ni de lo que dicen los fariseos. Alude al proyecto primero de Dios. Que mira a la igualdad del varón y de la mujer, a la unión y amor que entre los dos debe darse, como reflejo del proyecto de Dios. Jesús rompe con la interpretación patriarcal y machista. Una vez más, Jesús se pone al lado del más débil.

La igualdad y el amor son los lazos indestructibles que deben unir al matrimonio cristiano, según la enseñanza de Jesús, trasmitida por la Iglesia. Jesús presenta el ideal del matrimonio y de la fraternidad y comunidad, que sigue el Evangelio. Igualdad basada en la dignidad de las personas y preocupación por el más débil.

El origen y fundamento del plan de Dios por el ser humano están en Él mismo, porque Dios es amor (1 Jn 4, 8 y 16), y movido por su amor (Ef 1, 4), hizo alianza con su pueblo (Lc 22, 20). Así quiere hacer de nosotros una comunidad de alianza y de amor.

2. Dejen que los niños vengan a mí (v. 14)

Otro punto de la enseñanza de Jesús es: evitar la arrogancia y el orgullo. Y en positivo, la apertura al servicio y a la gratuidad. Los discípulos regañan a los niños, que no representaban nada en aquella sociedad (y en la nuestra). Piensan los discípulos que Jesús, su enseñanza y el Reino de Dios son para los adultos, no para los niños. Para los adultos, pues ellos eran los que podían tener méritos haciendo las obras correspondientes.

Jesús piensa de forma opuesta. El Reino está reservado para aquellos que, como los niños, confían, se abren y se abandonan totalmente al don del amor de Dios.

Podemos interpretar que los niños, los pequeños, hoy son los: desprotegidos, los que viven al margen de las decisiones familiares y sociales, los que son apartados por el sistema de toda responsabilidad, porque no producen, no deciden, no ambicionan, los que no tienen acceso a los medios de: salud, vivienda, educación, trabajo, familia...

Jesús se inclina y opta por estos grupos humanos, que no "pintan" nada en la sociedad. Jesús no actúa a impulsos de las leyes, muchas veces injustas, sino a impulsos del amor, de la comprensión y del perdón. El amor respeta, no manda, no oprime, no avasalla.

El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia ni orgullo ni arrogancia. No es grosero ni egoísta, no se irrita ni es rencoroso; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca (1 Cor 13, 6-8).

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Tanto en el matrimonio, como en la familia o comunidad, como en mi persona, somos engendrados por el gran Amor, con que Dios nos ha creado.

Y de ahí, que las relaciones entre todos nosotros deben orientarse y moverse desde el Amor y por el Amor. Somos el Corazón del mismo Dios, que, a través de nuestros limitados corazones, quiere hacer llegar su Amor a todos los que nos rodean.

¿Qué me pide el Padre a este respecto? ¿Cómo va mi pequeño amor? ¿En la misma línea que me enseña Jesús, con sus palabras y con sus obras?

Jesús, reconozco que no sigo tus enseñanzas ni tu testimonio de entregado por Amor. Quisiera amar, no envidiar. Quisiera perdonar, no quedarme con resentimiento ni menos con odio. Quisiera ayudar, venciendo mi egoísmo. Quisiera compadecer al que sufre. Quisiera acompañar a quien está solo.

Pero, ya ves, Señor, qué poco hago en este sentido. Deseo parecerme a ti, Jesús, que lo diste todo, que quebrantaste leyes injustas, que perdonaste y devolviste la dignidad a las personas y a los que eran acusados de pecadores.

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Contempla

A Dios Padre, que se da por entero y nos ha creado desde su gran Amor.

A Jesús, acogiendo a los niños, que son los que reciben el Reino con corazón limpio.

Al Espíritu, que purifica nuestra conciencia de los egoísmos y envidias.

 

Venceré mi pereza y ayudaré todo lo posible al que vea necesitado. Si estoy unido(a) en matrimonio, trataré de leer con mi consorte el texto de este Evangelio. Y oraremos juntos como matrimonio.

Repetiré con frecuencia durante la semana: Donde hay amor allí está el Señor.

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