23er. Domingo Ordinario

Orar es: entrar con Dios en la apasionante aventura de la fidelidad de cada persona a sí misma. La oración exige pureza, sinceridad y transparencia en la interioridad del orante.

Orar es: pensar que todo cuanto en mí no soy yo, me estorba para el abrazo con Dios. Hay que recorrer un largo camino de despojo para llegar a esa transparencia de uno mismo con el Señor.

Que mi oración, Padre, sea un exponente siempre de los rayos de tu Pureza, para que esos rayos de tu verdad purifiquen mi conciencia y hagan radiante mi corazón.

Hoy quiero sentir el gozo de ser todavía impuro (¿hasta cuándo, Señor?), a fin de que tu Amor me purifique. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)