Prepara tu ánimo para entrar en este tiempo de oración.

Sabes lo de Santa Teresa de Jesús: "Orar es tratar de amistad con quien sabemos nos ama".

Dios Padre te ama infinitamente. Y lo ha manifestado claramente en la venida de su Hijo Jesús. Todos sus gestos y palabras son fruto del Amor, para decirnos que nos ama.

Y la oración, como el amor, no es un medio para nada. Es un fin en sí misma.

La Palabra que la Liturgia nos propone es para suscitar tu respuesta a Jesús.

Ábrete al Espíritu de Jesús y del Padre, con toda decisión. Verás cómo vives intensamente este diálogo y cómo tu vida va cambiando.

Invoca al Espíritu desde tu limitación y pequeñez. Él te inspirará y te animará. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)