Orar es: dejar que el Espíritu repose en mí. Entonces, mi alma es un lago tranquilo, donde se refleja el Universo.

Orar es: dejar que la paz inunde mi corazón. Esa paz que no es conquistada, sino dada.

Orar es: experimentar la paz que sobrepasa a todo gozo terreno. La paz de la oración es una experiencia de plenitud en el ser, que va dando y anunciando más plenitud en el camino..

Orar es: sentirse inundado por el Señor, lleno de Dios, plenificado por Dios en la propia persona. Y, al mismo tiempo, sentirse completamente vacío de sí mismo. Todo en mi nada. Todo en todas las cosas.

Invocamos al Espíritu, unidos a María, que acompañó en la oración en el primer Pentecostés. (Hch 1, 14).

Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz para iluminarnos (comienzo de la Secuencia de la Misa de este domingo).

Oramos suavemente recitando la Secuencia de Pentecostés:

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres;
ven dador de gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.

Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto,
¡Oh luz santísima!,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda, nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está enfermo.

Doblega lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de salvación,
dales la felicidad eterna.

Amén. Aleluya.