18vo. Domingo Ordinario

18vo. Domingo Ordinario

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El Señor está esperando que tú le invoques para descubrirte el sentido de la Palabra y para animarte a acogerla en tu corazón y así vaya transformando tu vida.

Prepara tu ánimo para entrar con todo interés en este tiempo de oración.

Invocamos al Espíritu con la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Mateo 14, 13-21

Contexto bíblico

La noticia del martirio de Juan Bautista (Mt 14, 1-12) hace que Jesús se retire a Galilea, a un lugar tranquilo, para estar a solas (Mt 14, 13).

Pero, pronto la gente le busca. Y Jesús, conmovido otra vez, como al comienzo de la misión (Mt 9, 30), se dedica a sanar a los enfermos y multiplica el pan para saciar a la multitud.

Mateo nos describe dos veces la multiplicación de los panes (14, 13-21 y 15, 32-39). Los exegetas señalan algunas diferencias en estos dos relatos. En el primero, Jesús presenta la invitación al Reino hecha en primer lugar a los judíos. Pues, este milagro se realiza dentro de las fronteras de Israel y a orillas del lago de Tiberíades. Se recogen 12 canastos de sobrantes, uno por cada tribu de Israel.

El segundo relato significa la oferta del pan, que ofrece Jesús, dirigida a los paganos. Pues este relato ubica a Jesús fuera de las fronteras palestinas, en las ciudades paganas de Tiro y Sidón (ver: Mt 15, 21). Allí cura a la hija de la cananea (Mt 15, 22-28).

En este segundo relato, Mateo subraya que se recogieron 7 canastos de lo sobrante, en recuerdo, tal vez, de los diáconos helenistas, que fueron elegidos e instituidos como diáconos, para atender a las viudas de origen helenista (pagano) en la distribución de los alimentos (Hch 6, 1-7).

Texto

1. Jesús sintió compasión de ellos (v. 14)

Un vez más, subraya Mateo que la compasión es el móvil de Jesús para curar a los enfermos y saciar el hambre de las multitudes. Es el mismo motivo que siente Jesús cuando envía a los discípulos a la misión. Al ver a la gente, Jesús sintió compasión, porque estaban cansados y desorientados como ovejas sin pastor (Mt 9, 36).

Jesús abandona su soledad y retiro, para atender, curar y satisfacer a la gente. Este relato es un signo de la entrega total de Jesús hasta la muerte a favor de la humanidad. Se olvida de sí mismo. Es el "hombre disponible". Este gesto nos hace recordar la actitud fundamental que de Jesús nos describe la Carta a los Hebreos: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (Hb 10, 7).

3. Si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela (v. 43)

Con estas palabras, Jesús nos invita a la radicalidad. En la comunidad de Jesús, no hay que actuar "a medias tintas". El que ha recibido la "fascinación por Jesús y su Reino", lo subordina todo a esa causa. No hay mejor regalo que responder al Amor con nuestro pequeño amor.

Cortar la mano, cortar el pie, sacar el ojo. Estas expresiones tan fuertes las entendemos como un compromiso total y decidido por el Evangelio. No podemos estar con medianías en nuestra entrega. Porque, hay cristianos que piensan: Mientras Dios me ayude a resolver estos problemas, seguiré con la práctica de la oración y los sacramentos... Si no, ahí queda todo.

Las expresiones de Jesús nos invitan a ser signos de un mundo nuevo, a ser hombres y mujeres cuyos ojos, pies y manos luchan con radicalidad por el bien y por la vida.

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¿Qué me pide el Señor en esta manifestación de su Palabra? ¿Cuál es mi postura ante la gente necesitada? ¿Cómo los interpreto, cómo los trato, cómo los atiendo?

¿Siento verdadera compasión ante el sufrimiento ajeno? Al celebrar la Eucaristía, ¿renuevo el compromiso de comulgar con el hermano?

Señor, Tú sientes compasión por los que sufren. Y Tú me enseñas a darlo todo por los hermanos. Quiero vencer esta apatía, pereza e insensibilidad que me dominan. Tú eres la fortaleza que estás en mí para poder entregar mi tiempo y mi persona a favor de los sufridos y de los abandonados.

En cada celebración de la Eucaristía, quisiera experimentar esa compasión tuya que te conduce a darlo todo por los hermanos. Que yo sepa compartir con ellos lo que soy y lo que tengo.

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Contempla

A Jesús, entregado del todo por amor y para la salvación de todos.

A mí mismo, que me creo "bueno", pero me siento egoísta que sólo miro por mis intereses.

A los demás, hermanos, que necesitan de mi atención y de mi ayuda.

Repite muchas veces durante la semana: El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 145).

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