13er. Domingo Ordinario

13er. Domingo Ordinario

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El Espíritu Santo siempre está listo para otorgar su inspiración a aquel que la solicita abriéndole su conciencia. Ábrete, pues, a Él, del todo. Porque el Espíritu quiere manifestarte el proyecto del Padre sobre ti, con la Palabra que vamos a escuchar y meditar.

Procuro hacer el silencio interior y exterior para que el Espíritu llene mi interior. Dejo a un lado mis planes personales y todo aquello que me estorba para escuchar y comprender mejor la Palabra.

Invocamos al Espíritu con la oración: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Mateo 10, 37-42

Contexto bíblico

El texto bíblico de este domingo es continuación del que leímos el domingo pasado. Forma parte de las instrucciones que Jesús imparte a sus discípulos para ejercer dignamente su apostolado.

Texto

1. No es digno de mí (vs. 37 y 38)

Los versículos 37 y 38 señalan el valor absoluto y radical que hay que tener en el seguimiento de Jesús. Dios está por encima de la familia. El amor a Dios es el valor absoluto y total que el discípulo de Jesús debe tener bien claro y, en consecuencia, vivirlo.

Jesús presenta un programa de vida doloroso y arriesgado, hasta el rompimiento con la propia familia, si fuere necesario.

No es digno de mí, repite Jesús tres veces. El que ama o prefiere a su padre o madre, a su hijo o hija y quien no tome su cruz y siga a Jesús, no es digno de Él. Podemos decir que nadie pide tanto como Jesús. Aquellos que optan por seguirle tienen un nivel muy elevado, propuesto por Jesús.

Es un precio necesario que hay que pagar. Seguir a Jesús exige: desprendimientos, renuncias, conflictos, radicalidad.

No rebajemos el nivel del Evangelio. Reconozcamos que es un ideal muy elevado y, para los humanos, imposible de alcanzar por nuestros medios. ¡Cuánto nos queda para llegar a vivir esta propuesta de Jesús!

2. El que los recibe a ustedes (v. 40)

Jesús envía a sus discípulos como misioneros de la Buena Noticia: Dios nos ama y nos salva en Jesucristo. Así como Jesús les previno contra las persecuciones, así en estos versículos 40-42, intenta animarlos para que sean bien recibidos. Quienes los acojan recibirán una buena recompensa, como si lo hicieran con el mismo Jesús. Porque los misioneros del Evangelio quedan identificados con el mismo Jesucristo.

Entre los enviados a predicar el Evangelio se encuentran: los apóstoles, los profetas, los justos y los pequeños. Estas palabras van dirigidas a todos aquellos que, a lo largo de los tiempos, seguirán a Jesús. Nosotros, entre ellos. La tarea de anunciar el Evangelio es responsabilidad de la comunidad cristiana.

3. No se quedará sin recompensa (v. 42)

Jesús se identifica con todo aquel que hace el bien al prójimo. Quien dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es discípulo mío, les aseguro que no quedará sin recompensa (v. 42).

El buen trato a los demás, sobre todo a los pequeños, a los que no valen ante la sociedad, será el punto clave en el juicio final, según el mismo Mateo 25, 31-46.

Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25, 40).

La familia de Jesús es amplia e inabarcable. Aquel que renuncia a una familia por el Evangelio, se verá metido de lleno en una familia universal, la de los necesitados y de los marginados.

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Jesús habla de renuncia total por el Evangelio. ¿Cómo me siento en este punto?

Jesús nos dice de acoger al evangelizador, que lo deja todo por predicar la Buena Noticia. ¿Qué hago por acoger al que me propone la Palabra de Dios?

Jesús nos promete recompensar a aquel que recibe al apóstol, al profeta, al justo, al pequeño. ¿Cómo practico la hospitalidad? ¿A quiénes hago el bien?

Señor, hoy quiero pedirte perdón. Porque no te entiendo a Ti como el valor absoluto de mi vida y de mi actividad. Hay otros ídolos en mí: el consumo, la soberbia, la vanidad, la pereza, la insensibilidad hacia el necesitado...

Señor, hoy te pido perdón. Porque no acojo con cariño, respeto y fraternidad a aquellos que son tus mensajeros. No soy hospitalario. No soy solidario con aquellos que lo dan todo por el Evangelio. Siempre saco la excusa de que tengo que atender a la familia, pues la familia es lo primero. Tus palabras, Jesús, me dicen algo distinto.

Señor, te pido perdón. Porque, aunque hago cosas por el Evangelio (catequesis, animador de la Palabra, ministerios litúrgicos, servicio social, etc), no me siento entregado totalmente a tu causa. Pongo por delante tantas cosas que al Evangelio me dedico cuando me sobra tiempo, cuando esto debía ser lo primero en mi pensamiento y en mi actividad. ¡Perdón, Señor!

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Contempla

A Jesús, que lo dio todo por el Evangelio: su felicidad junto al Padre, su entrega hasta la muerte.

A ti mismo, tan débil, inestable, cobarde tal vez, en tu dedicación al Evangelio.

A los demás; unos, que me animan a darlo todo por Jesús; otros, que aminoran mis ideales de un seguimiento más radical de Jesús.

Repite con frecuencia durante la semana: El que quiera conservar la vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. (Mt 10, 39).

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