28vo. Domingo Ordinario

El Señor quiere decirte su Palabra, que es vida para ti. Ábrete a su inspiración. Sé consciente de que el Señor está dentro de ti, te ama y desea lo mejor para tu existencia.

El mismo Espíritu que inspiró los libros sagrados a los escritores también está listo para inspirarte el sentido de la Palabra.

Invoca al Espíritu: Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 17, 11-19

Contexto

Lucas es el único evangelista que nos relata este encuentro de Jesús con los diez leprosos.

Los leprosos, por su enfermedad física, estaban condenados a la marginación en aquella sociedad. Y, ¡peor todavía!, eran los malditos de Dios, porque su enfermedad era consecuencia de algún pecado grave que habían cometido. Así era la mentalidad de aquella época.

Jesús va camino de Jerusalén, pasando entre Galilea y Samaria. Lucas une así las tres regiones o provincias (Jerusalén era capital de la provincia de Judea). Tal vez, este apunte geográfico nos quiere decir que el mensaje y la actuación salvadora de Jesús (que va a consumar en Jerusalén) quiere llegar a todos.

Texto

El tema central de este relato es la gratitud. Diez leprosos quedan limpios. Sólo uno regresa a agradecer a Jesús este favor tan significativo en su vida. Destaquemos los personajes:

1. Jesús

El rostro misericordioso del Padre, viene a devolver a los humanos su dignidad como personas y como hijos de Dios. El milagro es el signo externo que manifiesta la gracia transformadora que el Señor está ofreciéndonos constantemente.

Él nos da la vida, la salud, las oportunidades de crecer. Y todo nos lo da gratuitamente. Sin merecerlo. ¡Por pura gracia han sido salvados! (Ef 2, 5). Todo es regalo de Dios.

Y esto, no porque seamos buenos o por nuestros méritos. Sino por puro don del amor de Dios.

Por eso, Jesús insiste en el agradecimiento. Y siente que los nueve curados no regresen a manifestárselo.

2. El leproso

Es un samaritano, un hereje, que estaba excluido de la salvación, según la opinión de los judíos. Una situación calamitosa en su cuerpo y en su espíritu.

Reconoce el poder y la misericordia de Dios y lo ve personificado en aquel Maestro y Mesías.

En este "hereje" actúa la fe (tu fe te ha salvado, - v. 19). No se siente confiado en sí mismo ni en sus virtudes ni méritos. No se deja dominar por su enfermedad ni por su marginación ni por la condenación de los otros, porque es leproso.

Y, sobre todo, regresa a agradecer a Jesús el regalo de la curación, alabando a Dios en voz alta, y se postró a los pies de Jesús, dándole gracias (vs. 15-16).

Es la actitud del verdadero creyente: reconocer lo que el Señor regala, darle gracias, alabarle.

3. Los otros leprosos

Se portan con ingratitud. No reconocen el don recibido. Se quedan solamente en la religiosidad exterior. Cumplen con el rito de ir a los sacerdotes para "recibir el certificado" de que ya quedaron limpios de la lepra. Se olvidan de lo más importante: agradecer al Señor el don de la curación.

Se privan así del mayor regalo: reconocer que Jesús es el Mesías y recibir la plenitud del don: la fe, confianza total en el Señor.

Son la imagen de aquellos que confían en sí mismos. Que han convertido la relación con Dios en un ritualismo: cumplir, obedecer la ley, obedecer los mandamientos. Y que se creen buenos porque cumplen la Ley, pensando que la Ley los salva.


¿Con qué personaje me identifico más? ¿Con qué actitud me presento habitualmente ante Dios?

¿Reconozco todos los dones que el Padre me regala, y, sobre todo, el mayor regalo de su Hijo Jesús?

¿Cuánto tiempo dedico cada día a la alabanza y al agradecimiento por lo que soy, gracias al amor que mi Padre me tiene y me manifiesta en Jesús?

 

Dedico estos minutos a agradecer al Señor vivamente por todo lo que me ha regalado y me sigue regalando: ser hijo suyo por el bautismo, discípulo y hermano de su Hijo Jesús, hermano con los hermanos, las personas, y más, los cristianos.

Recordar el himno que Pablo trae al principio de su carta a los Efesios (1, 3- 14): Él nos eligió en Cristo... él nos destinó... movido por su amor... para ser un himno de alabanza a la gloriosa gracia que derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido.

Reconozco y agradezco al Señor todos los dones que me otorga gratuitamente.


A Jesús, que hace el bien a todos sin discriminar por causa de la nacionalidad o de la situación en que se encuentra.

A Jesús que es el mejor regalo que el Padre nos da.

Al Padre, que, movido por su amor, nos eligió, nos predestinó en su Hijo Jesús para ser alabanza de su gloria.

Al Espíritu, que en Él hemos sido sellados y es garantía de nuestra gloria.

Quiero que mi vida (actitudes, sentimientos, intenciones, obras...) sea un himno de alabanza a su gloria (Ef 1, 6).
Cada día y a lo largo de esta semana, haré actos de confianza, de agradecimiento y de entrega al Padre el Amante, a Jesús el Amado y al Espíritu Santo el Amor (San Agustín).

27mo. Domingo Ordinario

Trata de recogerte en tu interior. El Señor te va a dirigir su Palabra, su mensaje. Deja a un lado tus preocupaciones. Ofrécelas al Señor. Y esto será un buen comienzo para escuchar la Palabra.

Sé consciente de que el Espíritu está siempre dispuesto a abrir tu corazón al mensaje. Ábrete sinceramente a él. No pongas inconvenientes a la acción del Espíritu.

Invoca al Espíritu: Ven Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 17, 5-10

Contexto

El capítulo 17 de Lucas (del que leemos un trozo en este domingo) propone una serie de dichos de Jesús. El primero (17, 1-2) habla de la responsabilidad que carga el que produce escándalo. El segundo dicho (17, 3-4) es sobre el perdón completo que los discípulos de Jesús tienen que estar dispuestos a dar.

Los discípulos se dan cuenta de que hay que tener mucha fe para vivir en consonancia con la enseñanza y testimonio de Jesús. Perciben su limitación para anunciar y vivir esta enseñanza. Por eso, la exclamación: Auméntanos la fe (17, 5).

Texto

1. Basta un poquito de fe

En el versículo 5 se produce un cambio sustantivo. Lucas comienza a llamar apóstoles a los discípulos. En el versículo 1 los llama discípulos. Apóstoles: es la referencia clara a la misión. En el capítulo 9, 1-6, Lucas relata el envío a la misión de los Doce. Pero, todavía no los llama apóstoles.

Ahora reciben la tarea de ir a anunciar el Evangelio. Ya son considerados por Jesús como apóstoles. Y se dan cuenta de sus limitaciones. Por eso, les nace del corazón la súplica: ¡Auméntanos la fe!

Habrá que descubrir, en la actitud de los apóstoles, rasgos de la conducta de los fariseos, demasiado confiados en su doctrina, virtudes y santidad.

Jesús insiste en el valor de la fe. Frente a la magnitud de la misión, que los apóstoles experimentan, Jesús pone el contraste del grano de mostaza, pequeñísimo, casi invisible e insignificante.

Jesús resalta la fe-confianza en el Señor. El fruto de la misión no depende de la ciencia y de los medios técnicos del apóstol. No radica en los medios humanos, como pensaban los fariseos.

2. No creernos capaces ni indispensables

La segunda parte de este texto (7-10) nos orienta en el mismo sentido. El criado debe cumplir con fidelidad su tarea. El señor no tiene obligaciones especiales con él. (¡Ojo! Jesús no hace aquí un discurso social, de relación amo-criado; sólo toma una comparación de la vida social de su tiempo).

Jesús quiere resaltar la actitud del discípulo-apóstol: profunda humildad, desprendimiento de uno mismo, no confiar tanto en sus propios valores, no tener pretensiones, no poner por delante sus cualidades o preparación técnica o espiritual.

Jesús quiere que no nos creamos importantes e imprescindibles. Porque en el Reino de Dios, en la evangelización, sobran los fariseos. Hace falta gente humilde y confiada, sentir su propia limitación y, al mismo tiempo, esperarlo todo del Señor. Declararnos: Somos siervos inútiles; hicimos lo que teníamos que hacer (v. 10).

Recordamos también el salmo 126 (127), 1: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. El apóstol que confía al Señor su trabajo pastoral será bienaventurado, porque todo lo ha puesto en sus manos, al mismo tiempo que pone todo lo posible de su parte.

Somos siervos inútiles. Esta frase no es para despreciar lo nuestro ni para crearnos complejos de inferioridad. Se quiere afirmar con fuerza que la fe-confianza es, ante todo, un don, un regalo de Dios y que ese don se lo debemos a él. Nuestra vida es un regalo permanente del amor de Dios.

En consecuencia, y resaltando la paradoja, los siervos verdaderamente útiles son los que se declaran y se sienten inútiles, y ponen toda su fortaleza en el Señor.


¿Cómo ando de autosuficiencia o soberbia porque me creo capaz, santo, competente? ¿En quién confío? ¿En mis fuerzas?

Por otro lado, ¿me siento acomplejado ante la tarea de evangelización que me pide el Señor? Tal vez sea, porque pongo en primer lugar mi falta de preparación o mi numerosas limitaciones. ¿Dónde está la confianza en el Señor?

Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10).

 

Le pido al Señor que, con su gracia, pueda entender este misterio de fe en mi vida: reconocer mi limitación es camino para abrirme a la gran fortaleza del Señor.

Le pido al Señor que mi fe crezca cada vez más como confianza y abandono en él. Como el niño confiado que no plantea preguntas. Seguro de que nuestro Padre me guía y actúa y habla por mi conducta y mis palabras.

Preséntale al Padre tu disponibilidad para la misión: Aquí vengo (estoy), oh Dios, para hacer tu voluntad (Heb 10, 7).


A Jesús que se entrega plenamente al Padre en los momentos más duros de su vida: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

A ti mismo, para ver si comienzas a ser verdadero discípulo-apóstol de Jesús.

En tu vida, al fondo de tu conciencia, hay que realizar esta transformación: confiar en todo momento y situación en el amor que Dios te tiene y en el abandono y entrega en los que tú mismo debes encuadrar tu existencia.

Repetiré con frecuencia durante la semana, la oración de Jesús: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

 

20mo. Domingo Ordinario

Para comenzar este encuentro de diálogo con el Señor, tienes que disponer tu ánimo y tus libros.

El Señor te va a dirigir su Palabra. Y, por supuesto, merece toda la atención de tu parte, evitando distracciones, proyectos y otras ocupaciones.

Orar es vivir desprendidos, con "los pies descalzos", para subir a la montaña de la santa contemplación. Como Moisés. Libres, desatados y desasidos. En estos momentos, vive desprendido de las cosas y de las personas. Dios y tú, con toda la atención puesta en Él.

Orar es estar disponibles a "salir de tu tierra", sin que nada ni nadie te retenga.

Orar es caminar siempre con alegría y paz en tu corazón. No mires atrás. Allá en el monte de la contemplación, te espera el Señor. Él te ama, te ha llamado, quiere sacarte de la mediocridad. Él quiere que le sigas en una donación sin fin.

Invoca al Espíritu: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 12, 49-53

Texto bíblico

1. He venido a poner fuego en la tierra (v. 49)

En el camino que Jesús recorre con sus discípulos hacia Jerusalén, nos va exponiendo diversas actitudes sobre su misión y el seguimiento de los discípulos.

Jesús exige al discípulo una determinación sincera, tajante y total. Jesús no quiere medianías. Ante Él hay que decidirse. El Reino de Dios, el proyecto de Dios es lo más importante para el discípulo del Evangelio. ¡O se lo toma o se lo deja!

Jesús anuncia con pasión el Reino de Dios. Es el ardor con que propone a sus seguidores asumir su vocación de entrega, de "quemar las naves", de aceptar como lo más importante, con santa obsesión y entrega, el proyecto de Dios, asumido totalmente por Jesús.

El mensaje de Jesús causa, a veces, conflicto: con uno mismo (sus tendencias, ilusiones, planes) y con la familia.

No es que Jesús pretenda sembrar la división en los vínculos familiares. Sino, quiere resaltar que lo primero es el Reino de Dios, el proyecto de salvación, su propuesta y entrega total. Jesús busca la radicalidad. El único Absoluto es Dios.

La imagen bíblica del fuego no habla de destrucción. Sino que es la fuerza de vida. La que viene a traer el Mesías. Lo dice Juan el Bautista. Yo les bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego (Lc 3, 16).

Lucas en el libro de los Hechos describe la venida del Espíritu Santo como fuego. Aparecieron lenguas como de fuego (Hch 2, 3). Éste es el fuego que quiere Jesús prender en el corazón de sus seguidores. Es el ardor, el ímpetu de la entrega decidida a la causa de Evangelio.

El mismo Jesús ha de pasar por esa prueba terrible. Y sufre la angustia hasta que llegue el momento de la destrucción en su cuerpo, para que la vida florezca.

2. He venido a traer... división (v. 51)

Esta afirmación de Jesús no contradice en nada el mandamiento del amor, que Él mismo lo propone como el único. En nada se contrapone con la paz a los hombres, que prometen los ángeles en el nacimiento de Jesús (Lc 2, 14).

Jesús viene a establecer entre sus seguidores y entre los hombres la verdadera paz, a pesar de las envidias, codicias, guerras que se dan entre unos y otros. Su enseñanza y su testimonio son la prueba más evidente de que Él es el signo de contradicción (Lc 2, 34), que Simeón avisó a María, la Madre, en el momento de la presentación del Niño en el templo. Él fue el mártir que se entregó voluntariamente a la muerte para ser el "pacificador" de los hombres entre sí y con el Padre.

La división que indica Jesús es consecuencia de la opción radical por seguirle a Él. A pesar de que muchas veces la vocación de ser cristiano no es comprendida ni siquiera por los propios familiares, sin embargo, Jesús sigue llamando a la entrega total, hasta el martirio cruento muchas veces, de sus verdaderos discípulos.

En una sociedad que favorece la muerte de los no-nacidos y de los ancianos, que aplaude el crecimiento injusto de las riquezas en manos de pocos, frente a la miseria que sufren la mayoría de los ciudadanos, el cristiano está llamado a ser "signo de contradicción" como Jesús. El discípulo de Jesús, fiel y coherente, tiene que estar dispuesto a sufrir la contradicción constante de una vida entregada a la causa de los más desfavorecidos.

Anunciar y vivir el estilo de vida de Jesús provoca en esta sociedad consumista rechazo, descrédito, conflicto y división. Es una constante en la historia de la Iglesia. Es el cumplimiento de la bienaventuranza proclamada por el mismo Jesús: Dichosos serán ustedes cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía (Mt 5, 11).


La Palabra de Jesús provoca división. Y esto sucede en el interior de la Iglesia, entre aquellos que se afirman como cristianos comprometidos. El modo de interpretar y llevar a la práctica la Palabra de Dios origina en la Iglesia diversas tendencias, movimientos y comunidades. De tal modo que se dan dentro de la Iglesia grupos extremistas, unos más cercanos a vivir la fe desde una pseudo-mística que les evade del esfuerzo social a favor de los marginados y otros que entienden la práctica del Evangelio como una lucha permanente por el cambio social.

Es difícil optar y mantenerse en un equilibrio nacido de una fe profunda y una praxis pastoral que vaya creando la coherencia entre fe y vida, oración y acción, compromiso por el Reino y compromiso social.

Ésta es la tarea incuestionable del cristiano: vivir el Evangelio, transformarse cada uno y pretender transformar la sociedad. El cristiano ha de ver y discernir el camino para ello, sin traicionar al Evangelio y a la justicia social.

Señor, con frecuencia me siento débil ante este reto que me presentas con tus palabras y tus acciones. Quiero comprometerme con el Evangelio, con toda radicalidad. Pero, mis fuerzas me fallan y dejo con frecuencia el compromiso asumido.

Señor Jesús, Tú lo diste todo con decisión, sin escatimar ningún esfuerzo ni dar paso atrás. Con tu gracia y tu fortaleza, sólo así, podré colaborar con la misión que me encomiendas.

Que no desmaye ante esta lucha gigantesca. Que no quede derrotado. Sé que contigo podré seguir adelante.

Rezaré como Pablo: Gustosamente seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mi la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 9-10).


A Jesús que carga la cruz, sufre y muere por nuestro bien, para darnos la vida.

A mi mismo, que, con tantas debilidades, deseo vivamente ser discípulo de Jesús.

Agradeceré al Señor su llamada a seguirle en todo momento y con toda decisión.

Repetiré: Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza (Flp 4, 13).

23er. Domingo Ordinario

Comienza este rato de encuentro con el Señor con toda decisión e interés. No te quedes afuera del diálogo después de escuchar la Palabra de Dios.

Prepara tu ánimo. Dispón tus cosas para que no haya, en lo posible, ninguna distracción.

Éste es el momento más importante del día, en el que el Espíritu te va a inspirar el sentido exacto de la Palabra.

Orar es sentirse pobre y necesitado, confiando en el amor del Padre, manifestado en Jesús.

Orar es experimentar que el Espíritu me hace ver las inmensas posibilidades del amor de Dios y, por otra, las necesidades de mis hermanos los hombres.

Invoca al Espíritu, que te abre a la comprensión de la Palabra y a su vivencia. Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 14, 25-35

Texto

1. Si alguno quiere venir conmigo... (v. 26)

Jesús invita a todos a seguirle, a ser discípulos suyos. Y explica con breves palabras las exigencias de tal opción: renunciar a todo y cargar con la cruz.

El seguimiento de Jesús es una opción libre. Así lo dice claramente: Si alguno quiere venir conmigo. El Evangelio es una propuesta, una invitación. No lo es una imposición.

Es una oferta de Jesús, que exige, departe de quien lo acepta, una respuesta radical. Es una propuesta de una nueva escala de valores y una opción definitiva por seguir a Jesús.

Los valores del Reino deben estar por encima de los valores familiares y personales. Dios es el Absoluto, por encima de los afectos de la familia y de la propia vida.

Jesús, con esta enseñanza tan exigente, no pretende decir que la familia es algo que se opone al proyecto de Dios. No es esto lo que enseña Jesús. Pues, Él mismo nació y vivió en una familia humana. Sí indica que, cuando la familia es un estorbo o impedimento para seguir totalmente el Evangelio, el discípulo debe optar por éste, dejando a un lado los valores, criterios, actitudes y obras de los más íntimos. Porque el proyecto de Dios, claramente definido y aceptado, requiere a veces, dejar a un lado los lazos familiares.

La opción por Jesús y el Evangelio ha de ser plenamente decidida y radical. Es el único absoluto para el discípulo. Esto no significa despreocupación por la familia. Significa que hay que valorarla y ubicarla a la luz de la decisión por Jesús.

Esta invitación y enseñanza no son sólo para un grupo selecto y especial dentro del cristianismo, por ejemplo: religiosos, sacerdotes, etc. Es la condición necesaria para todo discípulo. En definitiva: antes está la opción por Jesús que la propia familia.

2. Renunciar a sí mismo (v. 26)

La exigencia de seguir a Jesús no termina solamente en preferir a Él antes que a la propia familia. Jesús pide más todavía: renunciar a sí mismo.

¿Qué quiere decir esto? Por encima de los criterios y valores que miran a la persona de cada uno, está la enseñanza de Jesús. Quien busque egoístamente centrarse en sí mismo y en lo que piensa que es su bien, no está en el camino de ser discípulo del Evangelio.

El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará (Lc 9, 24). Es la enseñanza clara de Jesús. Quien busque y trabaje por sus propios intereses, olvidando los valores del Evangelio, está llamado al fracaso como persona y como hijo de Dios.

Es la renuncia a ser uno mismo el centro de toda su preocupación y trabajo. Es cultivar el egoísmo. Y Jesús nos hace desprender de este estilo de vida, para mirar al otro, que es hermano e hijo de Dios.

3. El que no carga su cruz y viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío (v. 27)

Tres renuncias nos propone Jesús al que decida libremente seguirle Renuncia a:

  • a todo lo que tiene (v. 33);
  • a la familia (v. 26);
  • a sí mismo (v. 26).

Jesús nos pide más: cargar la cruz. ¿Qué quiere decir? No es sólo: hacer pequeñas mortificaciones, privarse de pequeños gustos, para estar más disponible en el seguimiento. Llevar la cruz no sólo supone aceptar los sufrimientos y contrariedades de la vida.

Llevar la cruz significa unirse a los sentimientos del mismo Jesús en la "hora" de su pasión y muerte. Tengan, pues, los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2, 5-8).

Llevar la cruz como Jesús. Aceptó la cruz que los hombres le pusieron encima, la cruz como signo de todos los pecados de la humanidad. Él no se doblegó. Se entregó por amor. Murió en paz y serenidad: Padre en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Y con su muerte y su entrega por amor nos salva a todos.

Es la difícil sabiduría de la cruz. Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. En cambio, para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios. Pues lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres (1 Cor 22-25).

La cruz para el creyente se convierte en: sabiduría, fortaleza y salvación.


Jesús me llama a ser discípulo suyo. Es un favor que Él generosamente me hace. Le agradezco su llamada. Quiero responder con todo mi ser a esta vocación maravillosa.

Yo sé que siguiéndole, mi vida tendrá sentido pleno y total. Que experimente la difícil sabiduría de la cruz. Que aprenda de Jesús a llevar la cruz desde la entrega por amor para vivir el proyecto de salvación del Padre.

Gracias, Señor, por tu llamada a seguir a tu Hijo Jesús. Me considero amado de Ti, Padre, porque me elegiste desde tu gran Amor. Pongo a tu disposición esta colaboración mía, pequeña y humilde, a tu gran plan de salvación.

Quiero unirme con todo mi ser a la entrega generosa de Jesús para la salvación de los hermanos.


A Jesús, que llevando la cruz de la humanidad, quiere también ayudarme a entender la sabiduría de la cruz.

A mí mismo, tan rebelde y renuente en el camino de la cruz y de la resurrección, por el que me conduce Jesús, mi Hermano.

Aceptaré los contratiempos de cada día gozosamente, porque así me uno a la "hora" de Jesús.

Repetiré durante la semana: Te seguiré, Jesús, a dondequiera que vayas.

19no. Domingo Ordinario

Prepara tu ánimo para entrar en el diálogo con el Señor: escuchar su Palabra y responder generosamente y vivir su enseñanza y su seguimiento.

Sé consciente de lo que vas a realizar en este tiempo de oración. Ingresa con fe y confianza en este encuentro con el Padre, con Jesús, en el Espíritu.

Orar es disfrutar del Amor que Dios te tiene. Sólo hace falta que te abandones, como Jesús, en las manos del Padre. Desde tu situación de gozo o de sufrimiento que en este rato experimentas.

Orar es reconocer el rostro y la presencia de todo un Dios en tu vida, para decirte que te ama siempre y que está esperando tu respuesta de amor y confianza en Él.

Invoca al Espíritu: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Lucas 12, 32-48

Texto bíblico

1. No teman, pequeño rebaño (v. 32)

En versículos anteriores del mismo capítulo 12, hemos leído y meditado (18vo. Domingo) la enseñanza de Jesús sobre las riquezas: precaución para no confiar en ellas y poner el corazón en los bienes verdaderos.

En el texto de este domingo, Jesús nos anima a poner toda la confianza en Él, que es el único y total Bien.

La confianza ha de brotar de sentirnos siempre en las manos del Padre, que nos ha dado la vida, nos cuida siempre y nunca nos deja abandonados. Somos valiosos para Él. Somos el centro de su atención y de su Amor infinito. Nunca nos deja solos.

Porque su Padre ha querido darles el reino (v. 32). El reino es Él mismo. Y así nos señala un destino glorioso para ser semejantes a su hijo Jesús, el Hijo siempre amado. El reino es el proyecto de crearnos, pensar en nosotros y amarnos antes de la creación del mundo (Ef 1, 4 -5).

No hemos de dar entrada en nuestra vida al temor y al miedo. ¡Menos al Padre que nos ama tanto! En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto destierra el temor (1 Jn 4, 18). Somos amados siempre por el Padre, por Jesús, en el Espíritu. ¡No hay que temer!

2. Estén preparados (v. 35)

Para vivir confiados en el Señor, para tener puesto el corazón en los verdaderos valores del Reino, Jesús nos anima a permanecer siempre vigilantes. Es la actitud que corresponde a los siervos frente a su señor. Vigilancia quiere decir: poner los ojos, la atención y toda la persona en lo que merece la pena. Y para el discípulo de Jesús, significa estar siempre atentos a su enseñanza y a realizar el proyecto del Padre en nosotros mismos.

Estén preparados (v. 35). El que espera algo importante debe permanecer en vela, en vigilia. Es la invitación concreta que nos hace Jesús a estar siempre despiertos a la espera de su venida, con sus dones de amor y de salvación. El Señor viene constantemente, cuando menos se lo espera. De ahí, la necesidad de estar siempre vigilantes y preparados. No viene para sorprender, ni menos para castigar. Viene para colmarnos de bienes, de felicidad, de gozo, para invitarnos al banquete de su inmenso amor.

La expectativa por el Señor que viene no queda en una actitud pasiva. Se refiere a un estilo de vida, a una actitud permanente de toda la persona y en todo momento, para estar suspirando por la venida definitiva del Señor. Estar precavidos y abiertos para que el paso del Señor se convierta en una situación permanente de "estar con Él siempre".

La venida del Señor no es para dejarnos tranquilos y echarnos a dormir. Es, al mismo tiempo, una actitud de paz y bienestar y un deseo de que su venida se convierta en la venida y encuentro definitivos. El tiempo de la espera ha de convertirse en tiempo de: crecimiento, servicio, responsabilidad, fidelidad, amor. Con el Señor en nuestro tiempo, vamos preparando la llegada del Señor definitiva y total.

3. ¡Dichoso ese criado si, al llegar su señor, le encuentra haciendo lo que debe! (v. 43)

Es otra bienaventuranza proclamada por Jesús. La fidelidad temporal en la espera y en el servicio lleva a la felicidad total y eterna. El Señor nos ha confiado sus tesoros, su misma vida. Hemos de portarnos como buenos administradores. No es sólo la dicha de superar los sufrimientos y las persecuciones. Es la bienaventuranza prometida a quien dedica esta vida a lo fundamental: vivir y hacer vivir el proyecto, el Reino de Dios.

Es la invitación y el gozo de emprender y realizar la misión encomendada por el Señor: transformar la historia personal y la del prójimo en historia de salvación, por el fermento del Evangelio.

Es la bienaventuranza del siervo, del hijo, que, guiado e impregnado del Amor de Dios, dedica toda su vida a hacer fructificar en sí y en los otros la vida del Reino, el Amor compartido, el gozo de vivir y hacer la voluntad del Padre.

El Señor no se cansa de pedirnos cada vez más. Pero, es cierto, que con cada respuesta dada, aumenta el gozo de compartir su gloria y su proyecto. Ya no nos trata como siervos sino como amigos. En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora, los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre (Jn 15, 15). ¡Éste es el gozo de llamarnos y ser amigos, hijos del Padre! ¡Hemos ingresado en la intimidad de la amistad y de la filiación del Padre, con Jesús!


La Palabra me orienta sobre mi responsabilidad en la vivencia de mi vocación como hijo de Dios. Ya no soy siervo. Soy amigo e hijo de Dios Padre. Mi respuesta tiene que ser de amor.

Mi tarea no es cumplir unos mandamientos, unos preceptos, unas leyes. Yo estoy en la tierra para recibir abundantemente el Amor del Padre, que me regala en Jesús, en el Espíritu. Y, en consecuencia, responder al Padre, con Jesús y el Espíritu, a ese gran Amor.

Jesús me ha dicho claramente que soy hijo querido del Padre, como Él. ¡Gracias Jesús, por esta magnífica revelación! ¡Gracias, Espíritu, porque Tú me infundes la vida auténtica! ¡Gracias, Jesús, porque has venido a manifestarme y a regalarme la misma vida de la Trinidad!

Jesús, eres Tú la Luz en mi camino. Tú me acompañas siempre y me das la mano para vivir lo mejor posible el proyecto del Padre: Venga tu Reino.

Jesús, Tú me enseñas a vivir con responsabilidad la vocación y la condición de hijo de Dios. Tú aceptaste en todos los momentos tu condición de ser humano como nosotros, para realizar el plan de salvación. Tú te comportaste siempre como Hijo fiel y entregado al Padre.

Haz que aprenda a seguir tus huellas y tu ejemplo, para ser como Tú, hijo fidelísimo del Padre.


Al Padre que, desde su amor, me invita a ser feliz en la respuesta, con mis obras, a su gran Amor.

A Jesús, que ha venido a recorrer nuestro camino y a ayudarnos en todo momento.

A mi mismo, que con frecuencia me desanimo en seguir adelante en el camino emprendido.

Me sentiré alegre porque el Señor me ha elegido para vivir de su Amor y demostrarle con mi conducta.

Repetiré durante la semana: En tus manos, Padre, encomiendo mi presente y mi futuro.