La mañana de este 22 de abril, IV Domingo de Pascua, festividad de Jesús El Buen Pastor y Jornada Mundial de oración por las vocaciones, el Papa Francisco presidió una misa en la que ordenó a 16 nuevos sacerdotes en la Basílica de San Pedro: seis de ellos neocatecumenales, cinco del seminario diocesano de Roma, cuatro de la Familia de los Discípulos y un religioso de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. En la homilía tomada del ritual de ordenación de los presbíteros, el Santo Padre recordó a los diáconos, su valiosa función de enseñar en nombre de Cristo, “el Maestro y sumo Sacerdote del Nuevo Testamento”. “Sean dignos colaboradores del orden episcopal para que el amor a Cristo llegue hasta los confines de la tierra”, dijo el Papa Francisco a los nuevos sacerdotes ordenados en la Basílica de San Pedro. Compartimos a continuación el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos:

Estos hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Reflexionemos atentamente a qué ministerio serán elevados en la Iglesia. Como bien saben, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. Sin embargo, de entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir a algunos en particular, para que ejercitando públicamente en la Iglesia, en su nombre, el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.

Como, de hecho, para esto Él fue enviado por el Padre, así Él envió a su vez al mundo primero a los Apóstoles y luego a los Obispos y sus sucesores, a quienes finalmente se les dieron como colaboradores a los presbíteros, quienes, unidos a ellos en el ministerio sacerdotal, son llamados al servicio del Pueblo de Dios.

Después de una madura reflexión, ahora estamos por elevar al orden de los presbíteros a estos nuestros hermanos, para que al servicio de Cristo, Maestro, Sacerdote, Pastor, cooperen para edificar el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en Pueblo de Dios y Templo Santo del Espíritu.

Ellos serán, de hecho, configurados a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, es decir serán consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento y, con este título, que los une en el sacerdocio a su Obispo, serán Predicadores del Evangelio, Pastores del Pueblo de Dios y presidirán los actos de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor.

En cuanto a ustedes, muy queridos hijos y hermanos, que están por ser promovidos al orden del presbiterado, consideren que ejercitando el ministerio de la Doctrina Sagrada, serán partícipes de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensen a todos esa Palabra de Dios que ustedes mismos han recibido con alegría. Lean y mediten asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que han leído, enseñar lo que han aprendido en la fe, vivir lo que han enseñado.

Que su doctrina sea entonces, alimento para el Pueblo de Dios y que el perfume de su vida sea alegría y apoyo de los fieles de Cristo. Y que con la palabra y el ejemplo puedan edificar la Casa de Dios que es la Iglesia. Ustedes continuarán la obra santificadora de Cristo. A través de su ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque se asocia al sacrificio de Cristo que, a través de sus manos, en nombre de toda la Iglesia, se ofrece de manera incruenta sobre el altar en la celebración de los Santos Misterios.

Reconozcan entonces lo que hacen. Imiten lo que celebran porque participando en el misterio de la muerte y resurrección del Señor traigan la muerte de Cristo a sus miembros y caminen con Él en novedad de vida.

Con el Bautismo agregarán nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el sacramento de la Penitencia, perdonarán los pecados en el nombre de Cristo y de la Iglesia. Y aquí me detengo para pedirles: por favor, no se cansen de ser misericordiosos. Piensen en sus propios pecados, en sus miserias que Jesús perdona. Sean misericordiosos. Con el óleo santo darán alivio a los enfermos. Celebrando los santos ritos y elevando en las distintas horas del día la oración de alabanza y súplica, se convertirán en voz del Pueblo de Dios y de la humanidad entera.

Conscientes de haber sido elegidos de entre los hombres y constituidos en su favor para ocuparse de las cosas de Dios, ejerciten en alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, buscando solo agradar a Dios y no a ustedes mismos o a los hombres, por otros intereses. Solo el servicio a Dios, por el bien del santo pueblo fiel de Dios. Finalmente, participando en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, en comunión filial con su Obispo, comprométanse a unir a los fieles en una sola familia para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Y tengan siempre frente a sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir y para buscar y salvar lo que estaba perdido.