Tras visitar Alessano, El Papa Francisco se desplazó hasta Molfetta, ciudad donde el P. Tonino fue Obispo, para celebrar la Santa Misa. Durante su homilía de este 20 de abril, el Papa habló de los dos aspectos centrales para la vida cristiana: el pan y la palabra. “El pan es la comida esencial para vivir y Jesús en el Evangelio se ofrece a nosotros como Pan de Vida” dijo el Santo Padre. “Es una expresión fuerte – continuó – coman mi carne y beban mi sangre”, pero ¿qué significa? Preguntó. “Significa que para nuestra vida es esencial entrar en una relación vital y personal con Él” y aseguró que la Eucaristía “no es un bonito rito, sino la comunión más íntima, concreta y sorprendente que se pueda imaginar con Dios”. El Papa Francisco durante su homilía recordó que no debemos debatir las palabras de Jesús sino acoger el cambio de vida que Él nos pide “pasando de las palabras a los hechos” como dijo el P. Tonino Bello. Compartimos a continuación, el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Las Lecturas que hemos escuchado presentan dos elementos centrales para la vida cristiana: el Pan y la Palabra.

El Pan. El pan es el alimento esencial para vivir y Jesús en el Evangelio se ofrece a nosotros como Pan de Vida, como nos dice “sin mi no pueden hacer nada” (cf Jn 6, 53). ¿Qué significa? Que para nuestra vida es esencial entrar en una relación vital, personal con Él. Carne y sangre. La Eucaristía es esto: no un bello rito, sino la comunión más íntima, más concreta, más sorprendente que se pueda imaginar con Dios: una comunión de amor tan real que toma la forma de comer. La vida cristiana parte nuevamente cada vez de aquí, de esta mesa, donde Dios nos sacia de amor. Sin Él, Pan de Vida, todo esfuerzo de la Iglesia es vano, como recordaba el P. Tonino Bello: «No bastan las obras de caridad, si falta la caridad de las obras. Si falta el amor del que parten las obras, si falta la fuente, si falta el punto de partida que es la Eucaristía, todo compromiso pastoral resulta solo en un remolino de cosas»[1].

Jesús en el Evangelio agrega: «Aquél que me come vivirá para mí» (v. 57). Como si dijera: quien se nutre de la Eucaristía asimila la misma mentalidad del Señor. Él es Pan partido por nosotros y quien lo recibe se convierte a su vez en pan partido, que no se llena de orgullo, sino que se entrega a los demás: deja de vivir para sí mismo, para el propio éxito, para tener cosas para convertirse en alguien, sino que vive para Jesús y como Jesús, esto es para los demás. Vivir para, es la contraseña de quien como este Pan, la “marca de fábrica” del cristiano. Vivir para. Se podría exponer como aviso afuera de cada iglesia: “Después de la misa no se vive más para sí mismo, sino para los demás”. Sería hermoso que en esta diócesis del P. Tonino Bello se pusiera este aviso, en la puerta de las iglesias, para que sea leído por todos: “Después de la misa no se vive más para sí mismo, sino para los demás”. El P. Tonino vivió así: entre ustedes fue un Obispo-servidor, un Pastor hecho pueblo, que frente al Tabernáculo aprendía a hacerse comer por la gente. Soñaba con una Iglesia hambrienta de Jesús e intolerante a toda mundanidad, una Iglesia que «sabe cómo ver el cuerpo de Cristo en los tabernáculos incómodos de la miseria, del sufrimiento, de la soledad»[2]. Porque, decía, «la Eucaristía no soporta la sedentariedad» y sin levantarse de la mesa queda como «un sacramento incompleto»[3]. Podríamos decirnos: en mí, ¿se realiza este Sacramento?. Más concretamente: ¿me gusta ser servido en la mesa del Señor o me levanto para servir como el Señor? ¿Entrego en la vida lo que recibo en la Misa? Y como Iglesia podríamos preguntarnos: después de tantas Comuniones. ¿nos hemos convertido en gente de comunión?

El Pan de Vida, el Pan partido es de hecho también Pan de paz. El P. Tonino sostenía que «la paz no viene cuando uno toma solo su pan y va a comérselo por su cuenta. […] La paz es otra cosa: es convivencia». Es «comer el pan junto con los demás, sin separarse, sentarse a la mesa con personas distintas», donde «el otro es un rostro por descubrir, para contemplar, para acariciar»[4]. Porque los conflictos y todas las guerras «encuentran su raíz en disolver los rostros»[5]. Y nosotros, que compartimos este Pan de unidad y de paz, estamos llamados a amar todo rostro, a coser cada ruptura; a ser, siempre y en cualquier parte, constructores de paz.

Junto con el Pan, la Palabra. El Evangelio nos cuenta ásperas discusiones en torno a las palabras de Jesús: «¿Cómo puede darnos su carne de comer? » (v. 52). Hay un aire de derrotismo en estas palabras. Muchas de nuestras palabras se asemejan a estas: ¿cómo puede el Evangelio resolver los problemas del mundo? ¿De qué sirve hacer el bien en medio de tanto mal? Y así caemos en el error de esa gente, paralizada en discutir sobre las palabras de Jesús, en lugar de acoger con prontitud el cambio de vida que Él pide. No entendían que la Palabra de Jesús es para caminar en la vida, no para sentarse a hablar de lo que va o no va. El P. Tonino, justamente en el tiempo de Pascua, anunciaba el acoger esta novedad de vida, pasando finalmente de las palabras a los hechos. Por ello exhortaba cordialmente a quien no tenía la valentía de cambiar: «los especialistas de la perplejidad. Los contadores pedantes de los pros y los contras. Los calculadores cautelosos hasta el espasmo antes de moverse»[6]. A Jesús no se le responde según los cálculos y las conveniencias del momento; se le responde con el “sí” de toda la vida. Él no busca nuestras reflexiones, sino nuestra conversión. Apunta al corazón.

Y la misma Palabra de Dios lo sugiere: En la primera Lectura, Jesús resucitado se dirige a Saulo y no le propone sutiles razonamientos, sino le pide poner en juego la vida. Le dice: «Levántate y entra en la ciudad y se te dirá qué debes hacer» (Hch 9, 6). Ante todo: «Levántate». La primer cosa que hay que evitar es quedarse tirado, sufrir la vida, quedarse atrapado por el miedo. Cuántas veces el P. Tonino repetía: “¡De pie!”, porque «frente al Resucitado no es lícito estar más que de pie»[7]. Volver a levantarse siempre, mirar a lo alto, porque el apóstol de Jesús no puede vivir de pequeñas satisfacciones.

El Señor después le dice a Saulo: «Entra en la ciudad». También a cada uno de nosotros nos dice: “Ve, no te quedes encerrado en tus espacios seguros, ¡arriesga!” “¡Arriesga!” La vida cristiana se invierte para Jesús y se gasta para los demás. Después de haber encontrado al Resucitado no se puede esperar, no se puede posponer; se necesita ir, salir, no obstante todos los problemas y las incertidumbres. Veamos por ejemplo a Saulo que, después de haber hablado con Jesús, aunque está ciego, se levanta y va a la ciudad. Veamos a Ananías que, aunque está temeroso y titubeante, dice: «¡Aquí estoy, Señor!» (v. 10) y de inmediato va con Saulo. Estamos llamados todos, en cualquier situación que nos encontremos, a ser portadores de esperanza pascual, “cireneos de la alegría”, como decía el P. Tonino; servidores del mundo, pero por ser resucitados, no por ser empleados. Sin nunca molestarnos, sin nunca resignarnos. Es hermoso ser “carteros de esperanza”, distribuidores simples y alegres del aleluya pascual

Al final Jesús le dice a Saulo: «Se te dirá qué debes hacer». Saulo, hombre decidido, guarda silencio y va, dócil a la Palabra de Jesús. Acepta obedecer, se hace paciente, entiende que su vida no depende más de él. Aprende la humildad. Porque humilde no quiere decir tímido o resignado, sino dócil a Dios y vacío de sí mismo. Entonces también las humillaciones, como la probada por Saulo al caer a tierra en el camino de Damasco, se hacen providenciales, porque despojan de las presunciones y permiten a Dios volver a levantarnos. Y la Palabra de Dios lo hace así: libera, vuelve a levantar, hace ir adelante, humildes y valientes al mismo tiempo. No hace de nosotros protagonistas y campeones del propio valor, no, sino testigos genuinos de Jesús, muerto y resucitado, en el mundo.

Pan y Palabra. Queridos hermanos y hermanas, en cada Misa nos nutrimos del Pan de Vida y de la Palabra que salva: ¡vivamos lo que celebramos! Así, como el P. Tonino, seremos fuente de esperanza, de alegría y de paz.


[1] «Configurados a Cristo, cabeza y sacerdote», Cireneos de la alegría, 2004, 54-55.

[2] «¿Son creíbles nuestras Eucaristías?», Artículos, correspondencia, cartas, 2003, 236.

[3] « Servidores en la Iglesia para el mundo », ibid, 103-104.

[4] «La no violencia en una sociedad violenta», Escritos de paz, 1997, 66-67.

[5] «La paz como búsqueda del rostro», Homilías y escritos cuaresmales, 1994, 317.

[6] «Levadura vieja y pasta nueva», Velar en la noche, 1995, 91.

[7] Último saludo al término de la Misa Crismal, 8 abril 1993.