Los discípulos sabían que Jesús había resucitado, pero aun así, dudaban. Y dudaban precisamente porque “esa verdad no les había entrado en el corazón”. El Papa Francisco comentó la tarde de este 15 de abril, el Evangelio según San Lucas durante su homilía en la Parroquia romana San Pablo de la Cruz para explicar a la comunidad que le acogió, que lo que le sucedió a los discípulos “nos sucede también a nosotros cuando nos dan una buena noticia”, pues antes de acogerla en el corazón, tenemos la necesidad de asegurarnos que es verdad, así, planteamos una serie de preguntas del tipo: ¿Pero es verdad? ¿Y cómo lo sabes? ¿Dónde lo has escuchado? Para estar seguros, porque “es menos peligroso tener una verdad en la mente que tenerla en el corazón” aseguró el Papa, porque si es verdad, “es una alegría muy grande”. Homilía en la que también explicó que “el pecado envejece el corazón” y te hace tener un corazón “duro, viejo y cansado” incluso perder un poco la fe en Cristo Resucitado. Pensamos que “está vivo pero en el Cielo con sus asuntos”, pero sus asuntos “somos nosotros” afirmo el Papa, puntualizando que “no somos capaces de hacer esta conexión”. Compartimos a continuación el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Los discípulos sabían que Jesús había resucitado porque lo había dicho María Magdalena en la mañana, después Pedro lo había visto, después los discípulos que habían regresado de Emaús habían contado el encuentro con Jesús Resucitado. Sabían. Ha resucitado y vive. Pero esa verdad no había entrado en el corazón. Esa verdad… sí, sabían pero dudaban. Y preferían tener esa verdad en la mente, quizás. Es menos peligroso tener una verdad en la mente que tenerla en el corazón. Es menos peligroso. Y estaban todos reunidos y se aparece el Señor. Y ellos primero se asustaron y preguntaban si sería un fantasma. Pero Jesús mismo les dice: “No, miren, tóquenme, vean las llagas. Un fantasma no tiene cuerpo. Vean, soy Yo”. Pero, ¿por qué no creían? ¿Por qué dudaban?

Hay una palabra en el Evangelio que nos da la explicación: “… sino que por la alegría no creían todavía y estaban llenos de estupor”. Por la alegría no podían creer. ¡Era tanta esa alegría! Si esto es verdad, era una alegría inmensa. “¡Yo no te creo, no puedo!” No podían creer que tuvieran tanta alegría. La alegría que trae Cristo. Y nos pasa a nosotros cuando nos dan una verdadera noticia, antes de recibirla en el corazón decimos: “¿Pero es verdad? ¿Cómo lo sabes? ¿Dónde lo escuchaste?” Y tratamos de asegurarnos porque, si esto es verdadero, es una alegría grande. Esto que nos pasa a nosotros en lo pequeño, imagínense a los discípulos. Era tanta la alegría que era mejor decir: “No, yo no te creo”. ¡Pero estaba ahí! Sí, pero no podían. No podían aceptar… no aceptar… no podían dejar pasar esa verdad que veían, al corazón. Al final, obviamente han creído.

Y esta es la renovada juventud que nos trae el Señor. En la Oración Colecta lo hemos dicho, la renovada juventud. Que no está habituada a envejecer con el pecado. El pecado envejece al corazón, siempre, ¿no? Te hace el corazón duro, viejo, cansado. El pecado cansa al corazón y perdemos un poco la fe en Cristo Resucitado. “No, no”, pienso. “Sería tanta alegría eso. Sí, sí, está vivo pero en el Cielo, con sus asuntos”. Pero “sus asuntos” soy yo, cada uno de nosotros. Pero esta conexión no somos capaces de hacerla.

Y el apóstol Juan, en la Segunda Lectura, dice: “Si alguno ha pecado tenemos un abogado frente al Padre”. No tengan miedo, Él perdona. Él nos renueva. El pecado te envejece, pero Jesús Resucitado, vivo, nos renueva. Esta es la fuerza de Jesús Resucitado. Cuando nos acercamos al Sacramento de la Penitencia es para ser renovados, para rejuvenecer. Y esto lo hace Jesús Resucitado. Es Jesús Resucitado quien hoy está en medio de nosotros. Aquí, estará en el altar y en la Palabra. Y en el altar estará así, Resucitado. Es el Cristo que quiere defendernos, el abogado, cuando hemos pecado, que quiere rejuvenecernos.

Hermanos y hermanas, pidamos la gracia de creer que Cristo está vivo, ha resucitado. Esta es nuestra fe. Y si creemos esto, las demás cosas son secundarias. Esta es nuestra vida, esta es nuestra verdadera juventud. La victoria de Cristo sobre la muerte, la victoria de Cristo sobre el pecado. ¡Cristo está vivo! “Sí, sí, ahora voy a comulgar”. Pero cuando comulgas, ¿estás seguro que Cristo está vivo ahí, resucitado? “Bueno sí, un poco de pan bendito”… ¡No, es Jesús! Cristo está vivo, resucitado en medio de nosotros y si nosotros no creemos esto nunca seremos buenos cristianos. No podremos serlo.

“… sino que por la alegría no creían todavía y estaban llenos de estupor”. Pidamos al Señor la gracia de que la alegría no nos impida creer. La gracia de tocar a Jesús Resucitado. Tocarlo en el encuentro con la oración, en el encuentro en los Sacramentos, en el encuentro con su perdón que es la renovada juventud de la Iglesia, en el encuentro con los enfermos cuando vamos a verlos, con los encarcelados, con aquellos que están más necesitados, con los niños, con los ancianos. Si nosotros sentimos el deseo de hacer algo bueno es Jesús resucitado que nos impulsa a eso. Y siempre, la alegría. La alegría que nos hace jóvenes. Pidamos la gracia de ser una comunidad gozosa porque cada uno de nosotros está seguro, tiene fe, ha encontrado a Cristo Resucitado.