En la Misa no leemos el Evangelio para saber cómo han sido las cosas, sino para tomar conciencia que lo que hizo y dijo Jesús, sigue diciéndolo y cumpliéndolo ahora, también para nosotros. Con estas palabras el Papa Francisco dejó clara la cercanía de Cristo a su Iglesia, en la continuación de su ciclo de catequesis sobre la Santa Misa. En la reflexión de este 7 de febrero, el Obispo de Roma abordó dos momentos de la Santa Misa: la lectura del Evangelio y la Homilía. El Papa Francisco explicó que el Evangelio constituye la luz para comprender el sentido de los textos que preceden la Liturgia de la Palabra, ya sea del Antiguo que del Nuevo Testamento, y que, por ese motivo, la liturgia rodea al Evangelio de un particular honor y veneración.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya – o, en Cuaresma, otra aclamación – con el cual “la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor quién le hablará en el Evangelio”[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio constituye la luz para comprender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente “Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura como de toda celebración litúrgica”[2]. Siempre al centro está Jesucristo, siempre.

Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular[3]. En efecto, su lectura está reservada al ministro ordenado, que termina besando el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; los ciriales y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la “buena noticia” que convierte y transforma. Es un discurso directo el que ocurre, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, “Gloria a Ti, Señor”, o “Alabado seas, Cristo”. Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo quien nos habla, allí. Y por esto estamos atentos, porque es un coloquio directo. Es el Señor quien nos habla.

Por tanto, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo fueron las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por esto escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. San Agustín escribe que “la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra” [4]. Si es verdad que en la liturgia “Cristo sigue anunciando el Evangelio” [5], se deduce que, participando en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y debemos dar una respuesta con nuestra vida.

Para hacer llegar su mensaje, Cristo se sirve también de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía[6]. Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancias, – ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora- ni una conferencia, ni tampoco  una lección, la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es “un retomar ese diálogo que ya está abierto entre el Señor y su pueblo”[8], para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su recorrido haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Recuerden lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.

Ya he tratado el tema de la homilía en la Exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico “exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, hacia una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida”. [9]

El que pronuncia la homilía deben cumplir bien su ministerio – el que predica, el sacerdote o el diácono o el obispo- ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la misa, pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. Ante todo, prestando la debida atención, asumiendo la justa disposición interior, sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene  sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga o no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está  predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve! Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: “¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde se dice misa sin homilía”. Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros chismean o salen a fumarse un cigarrillo… Por eso, por favor, que la homilía sea breve, pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor. En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con  su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo  reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, nos ponemos en escucha de la “buena noticia”, por ella seremos convertidos y transformados, por tanto seremos capaces de cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.


[1] Ordenamiento General del Misal Romano, 62.

[2] Introducción al Leccionario, 5.

[3] Cfr. Ordenamiento General del Misal Romano, 60 y 134.

[4] Sermón 85, 1: PL 38, 520; cf. también Tratado sobre el evangelio de Juan, XXX, I: PL 35, 1632; CCL 36, 289.

[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 33.

[6] Cfr Ordenamiento General del Misal Romano, 65-66; Introducción al Leccionario, 24-27.

[7] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 52.

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 137.

[9] Ibid., 138.