El Acto Penitencial que realizamos en el inicio de la Santa Misa fue el tema de la catequesis del Papa Francisco este 3 de enero, al retomar las enseñanzas sobre la Eucaristía. El pontífice repasó paso a paso la fórmula penitencial a partir de la necesidad de escuchar la voz de nuestra conciencia para prepararnos al encuentro con Dios, y explicó, de este modo, el sentido de la confesión comunitaria, el del gesto de golpearse el pecho, la súplica a la Virgen María, a los ángeles y  los santos. También recordó el ejemplo de penitentes que nos han precedido, y que han abierto sus corazones a la gracia de Dios. El acto introductorio que cumplimos comunitariamente, dijo primeramente, en el que el sacerdote nos invita a reconocer nuestros pecados guardando un momento de silencio “favorece la actitud con la cual disponernos a celebrar dignamente los santos misterios, al reconocer ante Dios y ante nuestros hermanos nuestros pecados”. El Papa Francisco se detuvo en las omisiones, para subrayar que no es suficiente no hacer mal a nadie, sino que es necesario hacer el bien, y nosotros, debemos aprovechar las ocasiones que se nos presentan para dar testimonio – un buen testimonio - de que somos discípulos del Maestro. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando las catequesis sobre la celebración eucarística, consideramos hoy, en el contexto de los ritos introductorios, el acto penitencial. En su sobriedad, favorece la actitud con la cual disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, reconociendo frente a Dios y a los hermanos nuestros pecados, reconociendo que somos pecadores. La invitación del sacerdote de hecho está dirigida a toda la comunidad en oración, porque todos somos pecadores. ¿Qué puede dar el Señor a quien ya tiene el corazón lleno de sí mismo, del propio éxito? Nada, porque el presuntuoso es incapaz de recibir perdón, saciado de su presunta justicia. Pensemos en la parábola del fariseo y del publicano, donde solamente el segundo - el publicano - vuelve a casa justificado, esto es perdonado (cfr Lc 18, 9-14). Quien es consciente de las propias miserias y baja los ojos con humildad, siente posarse sobre sí la mirada misericordiosa de Dios. Sabemos por experiencia que sólo quien sabe reconocer los errores y pide perdón recibe la comprensión y el perdón de los otros.

Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos están lejos de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son todavía mundanas, guiadas por elecciones contrarias al Evangelio. Por ello, al inicio de la Misa, cumplimos comunitariamente el acto penitencial mediante al fórmula de confesión general, pronunciada en primera persona del singular. Cada uno confiesa a Dios y a los hermanos “que ha pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Sí, también de omisión, esto es haber olvidad hacer el bien que habría podido hacer. A menudo nos sentimos bien porque - decimos - “no he hecho ningún mal”. En realidad, no basta no hacer el mal al prójimo, se requiere escoger hacer el bien tomando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús. Es bueno subrayar que confesamos tanto a Dios y a los hermanos que somos pecadores: esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que, mientras nos separa de Dios, nos divide también de nuestros hermanos y viceversa. El pecado quita: quita la relación con Dios y quita la relación con los hermanos, la relación en la familia, en la sociedad, en la comunidad. El pecado quita siempre, separa, divide.

Las palabras que decimos con la boca son acompañadas por el gesto de golpearse el pecho, reconociendo que he pecado justamente por culpa mía y no de los demás. A menudo sucede que, por miedo o vergüenza, apuntamos con el dedo para acusar a otros. Cuesta admitir ser culpables, pero nos hace bien confesarlo con sinceridad. Confesar los propios pecados. Recuerdo una anécdota, que contaba un viejo misionero, de una mujer que iba a confesarse y comenzó a decir los errores del marido; después pasaba a contar los errores de la suegra y después los pecados de los vecinos. En cierto punto, el confesor le dijo: “Señora, dígame, ¿ya terminó? Muy bien, ya terminó con los pecados de los demás. Ahora comience a decir los suyos”. ¡Decir los propios pecados!

Después de la confesión del pecado, suplicamos a la Santa Virgen María, a los Ángeles y a los Santos que oren al Señor por nosotros. También en esto es preciosa la comunión de los Santos: esto es, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» (Prefacio del 1° de noviembre) nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado será definitivamente aniquilado.

Además del “Yo confieso”, se puede hacer el acto penitencial con otras fórmulas, por ejemplo: «Ten piedad de nosotros, Señor / Porque hemos pecado contra ti. /Muéstranos, Señor, tu misericordia. / Y danos tu salvación» (cfr Sal 123, 3; 85, 8; Jer 14,20). Especialmente el domingo se puede realizar la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo (cfr OGMR, 51), que cancela todos los pecados. También es posible, como parte del acto penitencial, cantar el Kyrie eléison: con esta antigua expresión griega, aclamamos al Señor - Kyrios - e imploramos su misericordia (ibid., 52).

La Sagrada Escritura nos ofrece luminosos ejemplos de figuras “penitentes” que, entrando en sí mismos después de haber cometido el pecado, tienen el coraje de quitarse la máscara y abrirse a la gracias que renueva el corazón. Pensemos en el rey David y en las palabras que se le atribuyen en el Salmo: «Piedad de mí, oh Dios, en tu amor; en tu grande misericordia cancela mi iniquidad» (51, 3). Pensemos en el hijo pródigo que regresa al padre; o en la invocación del publicano: «Oh Dios, ten piedad de mi, pecador» (Lc 18, 13). Pensemos también en San Pedro, en Zaqueo, en la mujer samaritana. Medirse con la fragilidad de la arcilla de la que somos hechos es una experiencia que nos fortalece: mientras nos hace lidiar con nuestra debilidad, nos abre el corazón para invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es lo que hacemos en el acto penitencial al inicio de la Misa.