En la semana del nacimiento del Señor Jesús, y más precisamente en la Solemnidad de san Juan, Apóstol y Evangelista, el Papa Francisco dedicó su catequesis semanal al significado de la Navidad. En primer lugar dirigió su mirada al pesebre y en particular a la liturgia de estos días, que nos hicieron volver a vivir el día del nacimiento de nuestro Salvador. A partir de allí, y siempre con el corazón y la mente en el significado más profundo del nacimiento de Cristo, el Obispo de Roma reflexionó sobre una realidad de nuestros días, la “desnaturalización”, de la Navidad. Esta desnaturalización de la Navidad que, como observó el Papa, “se da particularmente en Europa”, “en nombre de un falso respeto que no es cristiano”, y que “a menudo esconde la voluntad de marginar la fe”, hace por una parte que sí, sea una fiesta, “pero no es la Navidad”, porque Jesús no está en el centro. Compartimos a continuación, el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me gustaría detenerme con ustedes sobre el significado de la Navidad del Señor Jesús, que en estos días estamos viviendo en la fe y en las celebraciones.

La construcción del pesebre y, sobretodo, la liturgia, con sus Lecturas bíblicas y sus cantos tradicionales, nos hicieron revivir «el hoy» en el cual «ha nacido para nosotros el Salvador, el Cristo Señor» (Lc 2,11).

En nuestros tiempos, especialmente en Europa, asistimos a una especia de “desnaturalización” de la Navidad: en nombre de un falso respeto que no es cristiano, que a menudo esconde la voluntad de marginar la fe, se elimina de la fiesta toda referencia al nacimiento de Jesús. Pero en realidad este hecho es la única verdadera Navidad. Sin Jesús no hay Navidad; es otra fiesta, pero no la Navidad. Y si al centro está Él, entonces también todo el contorno, esto es las luces, los sonidos, las distintas tradiciones locales, incluyendo los alimentos característicos, todo concurre a crear la atmósfera de la fiesta, pero con Jesús al centro. Si lo quitamos, la luz se apaga y todo se convierte en fingido, apariencia.

A través del anuncio de la Iglesia, nosotros, como pastores del Evangelio (cfr Lc 2, 9), somos guiados a buscar la verdadera luz, la de Jesús que, hecho hombre como nosotros, se muestra de manera sorprendente: nace de una pobre joven desconocida, que lo da a luz en un estable, con sólo la ayuda del marido… El mundo no se da cuenta de nada, pero en el cielo los ángeles que saben lo ocurrido, ¡exultan!. Y es así que el Hijo de Dios se presenta también hoy a nosotros: como el don de Dios para la humanidad que está inmersa en la noche y en la somnolencia del sueño (cfr Is 9, 1). Y todavía hoy asistimos al hecho de que a menudo la humanidad prefiere la oscuridad, porque sabe que la luz revelará todas aquellas acciones y pensamientos que los harían sonrojar o remorder la conciencia. Así, se prefiere permanecer en la oscuridad y no alterar los propios hábitos equivocados.

Podríamos preguntarnos ahora qué significa acoger el don de Dios que es Jesús. Como Él mismo nos ha enseñado con su vida, significa convertirse cotidianamente en un don gratuito para aquéllos que encontramos en el propio camino. Es por eso que en Navidad se intercambian regalos. El verdadero regalo para nosotros es Jesús, y como Él queremos ser regalo para los demás. Y, así como nosotros queremos ser don para los demás, intercambiamos regalos, como signo, como señal de esta actitud que nos enseña Jesús: Él, enviado del Padre, es don para nosotros y nosotros somos don para los demás.

El apóstol Pablo nos ofrece una clave de lectura sintética cuando escribe - es bello este pasaje de Pablo -: «Apareció la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres y que nos enseña a vivir en este mundo con sobriedad, con justicia y con piedad» (Tt 2, 11-12). La gracia de Dios “aparece” en Jesús, rostro de Dios, que la Virgen María dio a luz como a todo niño de este mundo, pero que no ha venido “de la tierra”, ha venido “del Cielo”, de Dios. De este modo, com la encarnación del Hijo, Dios nos ha abierto el camino de la vida nueva, fundada no en el egoísmo sino en el amor. El nacimiento de Jesús es el gesto de amor más grande de nuestro Padre del Cielo.

Y, finalmente, un último aspecto importante: en la Navidad podemos ver cómo la historia humana, movida por los poderosos de este mundo, es visitada por la historia de Dios. Y Dios involucra a aquellos que, confinados a los márgenes de la sociedad, son los primeros destinatarios de su don, esto es - el don - la salvación que trae Jesús. Con los pequeños y los despreciados Jesús establece una amistad que continúa en el tiempo y que nutre la esperanza por un futuro mejor. A estas personas, representadas por los pastores de Belén, «se apareció una gran luz» (Lc 2, 9-12). Ellos eran marginados, eran mal vistos, despreciados y a ellos se les da la noticia primero. Con estas personas, con los pequeños y los despreciados, Jesús establece una amistad que continúa en el tiempo y que nutre la esperanza por un futuro mejor. A estas personas, representadas por los pastores de Belén, se les aparece una gran luz, que los conduce directamente a Jesús. Con ellos, en todo tiempo, Dios quiere construir un mundo nuevo, un mundo en que no sean más personas rechazadas, maltratadas e indigentes.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días abramos la mente y el corazón para acoger esta gracia. Jesús es el don de Dios para nosotros y, si lo acogemos, también nosotros podemos convertirnos para los demás - ser don de Dios para los demás - antes que nada para aquéllos que no han experimentado jamás atención y ternura. Cuánta gente en su vida nunca ha experimentado una caricia, una atención de amor, un gesto de ternura… La Navidad nos impulsa a hacerlo. Así Jesús viene a nacer de nuevo en la vida de cada uno de nosotros y, a través nuestro, continúa siendo don de salvación para los pequeños y los excluidos.