En el Ángelus de este 1º. de julio, el Papa Francisco expresó que “Jesús es la fuente de vida, que devuelve la vida a aquellos que confían plenamente en Él”. Y para ello, comentó el Evangelio correspondiente según San Marcos, en el cual, el evangelista narra “dos milagros realizados por Jesús” – dijo Su Santidad – los cuales describe casi como una especie de “marcha triunfal hacia la vida”. Se trata del milagro realizado a la hija de Jairo, uno de los líderes de la sinagoga, quien acude a Jesús y le ruega que vaya a su casa porque su hija de doce años está muriendo. Jesús acepta y va con él; pero, a lo largo del camino, llega la noticia de que la niña está muerta. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Mc 5, 21-43) presenta dos prodigios realizados por Jesús, describiéndolos casi como una especie de marcha triunfal hacia la vida.

Primero el evangelista habla de un cierto Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, que viene a Jesús y le suplica ir a su casa porque su hija de doce años está muriendo. Jesús acepta y va con él; pero, a lo largo del camino, llega la noticia de que la niña está muerta. Podemos imaginar la reacción de aquel papá. Jesús sin embargo le dice: «¡No temas, solo ten fe!» (v. 36). Llegado a la casa de Jairo, Jesús hace salir a la gente que lloraba – también había mujeres dolientes que gritaban fuerte – y entra a la habitación solo con los padres y tres discípulos, y dirigiéndose a la difunta dice: «Muchacha, yo te digo: ¡levántate!» (v.41). Y de inmediato, la muchacha se levanta, como despertándose de un sueño profundo (cf. v. 42).

Dentro del relato de este milagro, Marcos inserta otro: la curación de una mujer que sufría de hemorragias y es sanada apenas toca el manto de Jesús (cf. v. 27). Aquí impacta el hecho de que la fe de esta mujer atraiga – me dan ganas de decir “roba” – el poder salvífico divino que hay en Cristo, quien, sintiendo que una fuerza «había salido de él», busca entender quién ha sido. Y cuando la mujer, con mucha vergüenza, se adelanta y confiesa todo, Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado» (v. 34).

Se trata de dos relatos entrelazados, con un único centro: la fe; y muestran a Jesús como fuente de vida, como Aquel que restaura la vida a quien confía plenamente en Él. Los dos protagonistas, es decir el padre de la muchacha y la mujer enferma, no son discípulos de Jesús sin embargo son escuchados por su fe. Tienen fe en aquel hombre. De esto comprendemos que en el camino del Señor todos están admitidos: ninguno debe sentirse un intruso, un abusivo o alguien que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús, hay sólo un requisito: sentirse necesitado de curación y confiar en Él. Les pregunto: ¿alguno de ustedes se siente necesitado de curación? ¿De alguna cosa, de algún pecado, de algún problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son los dos requisitos para ser curados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitado de curación  y confiar en Él. Jesús va a descubrir a estas personas entre la multitud y los saca del anonimato, los libera del miedo a vivir y ser osados. Lo hace con una mirada y con una palabra que vuelve a ponerlos en camino después de tantos sufrimientos y humillaciones. Nosotros también estamos llamados a aprender e imitar estas palabras que liberan y estas miradas que restituyen, a los que no lo tienen, el deseo de vivir.

En esta página evangélica se entrelazan los temas de la fe y de la nueva vida que Jesús vino a ofrecer a todos. Al entrar en la casa donde yace muerta la muchacha, Él expulsa a aquellos que se agitan y se lamentan (v. 40) y dice: «La niña no está muerta, duerme» (v. 39). Jesús es el Señor, y ante Él la muerte física es como un sueño: no hay motivo para desesperarse. Otra es la muerte a la cual tener miedo: ¡la del corazón endurecido por el mal! De esa sí, ¡debemos tener miedo! Cuando sentimos tener el corazón endurecido, el corazón que se endurece y, me permito la palabra, el corazón momificado, debemos tener miedo de esto. Esta es la muerte del corazón. Pero incluso el pecado, incluso el corazón momificado, para Jesús nunca es la última palabra, porque Él nos ha traído la infinita misericordia del Padre. E incluso si hemos caído muy bajo, su voz tierna y fuerte nos alcanza: «Yo te digo: ¡levántate!». Es bello escuchar esta palabra de Jesús dirigida a cada uno de nosotros: “Yo te digo, ¡levántate!” Vamos, ¡levántate! Vamos. ¡Levántate, valor, levántate!” Y Jesús devuelve la vida a la muchacha y devuelve la vida a la mujer curada: vida y fe juntas.

Pidamos a la Virgen María acompañar nuestro camino de fe y de amor concreto, especialmente hacia quién está en la necesidad. E invoquemos su materna intercesión por nuestros hermanos que sufren en el cuerpo y en el espíritu.