En la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, tras haber celebrado la Santa Misa en la Plaza de San Pedro este 29 de junio, con la bendición de los palios para los nuevos arzobispos Metropolitanos, como es tradición, el Papa Francisco subió al palacio apostólico para rezar desde allí la oración mariana del Ángelus, junto a los fieles del mundo presentes en la plaza. En su alocución previa a la oración mariana el Romano Pontífice hizo presente que en esta Solemnidad, la Iglesia peregrina “va a las raíces de su fe”, celebrando a los Apóstoles Pedro y Pablo. Deteniéndose en el Evangelio que la liturgia ofrece en esta solemnidad en el que Jesús interroga a los discípulos acerca de su propia identidad, “¿qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ; “¿quién dicen que soy Yo?”, el Papa explicó que con estas dos preguntas Jesús “parece decir” que “una cosa es seguir la opinión corriente, y otra es encontrarlo a Él y abrirse a su misterio”, en donde se descubre “la Verdad”. Reproducimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la Iglesia, peregrina en Roma y en el mundo entero, va a las raíces de su fe y celebra a los Apóstoles Pedro y Pablo. Sus restos mortales, custodiados en las dos Basílicas a ellos dedicadas, son muy queridos por los romanos y por los numerosos peregrinos que de todas partes del mundo vienen a venerarlos.

Me gustaría detenerme en el Evangelio (cf Mt 16, 13-19) que la liturgia nos propone en esta fiesta. En él se relata un episodio que es fundamental para nuestro camino de fe. Se trata del diálogo en que Jesús hace a sus discípulos la pregunta sobre su identidad. El primero pregunta: «La gente, ¿quién dice que es el Hijo del hombre? » (v. 13). Y después los interpela directamente: «Ustedes, ¿quién dicen que yo soy? » (v. 15). Con estas dos preguntas, Jesús parece decir que una cosa es seguir la opinión común, y otra es encontrarlo a Él y abrirse a su misterio: ahí se descubre la verdad. La opinión común contiene una respuesta verdadera pero parcial; Pedro, y con el la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, responde, por gracia de Dios, la verdad: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (v. 16).

En el curso de los siglos, el mundo ha definido a Jesús de diferentes maneras: un gran profeta de la justicia y del amor; un sabio maestro de vida; un revolucionario; un soñador de los sueños de Dios… y así sucesivamente. Muchas cosas hermosas. En la Babel de estas y otras hipótesis  permanece hasta hoy, simple y clara, la confesión de Simón llamado Pedro, hombre humilde y lleno de fe: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Jesús es el Hijo de Dios: por tanto está perennemente vivo como está eternamente vivo su Padre. Es esta la novedad que la gracia enciende en el corazón de quien se abre al misterio de Jesús: la certeza no matemática, pero cada vez más fuerte, interior, de haber encontrado la Fuente de la Vida, la Vida misma hecha carne, visible y tangible en medio de nosotros. Esta es la experiencia del cristiano, y no es merito suyo, de nosotros los cristianos, y no es mérito nuestro, sino viene de Dios, es una gracia de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Todo eso está contenido en germen en la respuesta de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”.

Y después, la respuesta de Jesús está llena de luz: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (v. 18) Es la primera vez que Jesús pronuncia la palabra “Iglesia”: y lo hace expresando todo el amor hacia ella, que define como «mi Iglesia». Es la nueva comunidad de la Alianza, ya no basada en la descendencia y en la Ley, sino en la fe en Él, Jesús, Rostro de Dios. Una fe que el Beato Pablo VI, cuando aún era Arzobispo de Milán, expresaba con esta maravillosa oración:

«Oh Cristo, nuestro único mediador, Tú nos eres necesario:
para vivir en Comunión con Dios Padre;
para convertirnos contigo, que eres Hijo único y Señor nuestro,
en sus hijos adoptivos;
para ser regenerados en el Espíritu Santo» (Carta pastoral, 1955)

Por intercesión de la Virgen María, Reina de los Apóstoles, el Señor conceda a la Iglesia, en Roma y en el mundo entero, ser siempre fieles al Evangelio, a cuyo servicio los Santos Pedro y Pablo consagraron su vida.